Opinión
Ver día anteriorJueves 23 de noviembre de 2017Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
La Muestra

Dulces sueños

A

poco más de 50 años de haber realizado su primer largometraje, Con los puños en los bolsillos (1965), una virulenta denuncia de la tiranía familiar, ¿qué queda hoy del formidable espíritu de revuelta que caracterizó entonces a Marco Bellocchio, el cineasta italiano que luego arremetería contra el oscurantismo religioso en En nombre del padre (1971) y el despotismo militar en La marcha triunfal (1976)? Posiblemente un ímpetu iconoclasta algo apaciguado. Persiste en él, sin embargo, la idea de la indignación como deber cívico y moral frente a los abusos de los poderes establecidos, también la denuncia de una sociedad crecientemente deshumanizada. Los personajes de sus cintas recientes son, a menudo, víctimas de injusticias sociales o seres neuróticos incapaces de encontrar sosiego en el mundo que les rodea.

El caso de Massimo (Valerio Mastandrea), hombre de 40 años, sucesivamente periodista de deportes y corresponsal de guerra, revela, al respecto, una patología límite. A pesar de una sólida formación profesional, todavía es incapaz, tres décadas después del suceso, de superar la pérdida de su madre. Sus episódicos ataques de depresión y pánico rayan en lo patético y lo inexplicable. En las primeras escenas, muy afortunadas, Bellocchio muestra la época feliz de la infancia de Massimo al lado de su madre y el vínculo edípico que los mantiene inseparables, muy al margen de una figura paterna insustancial, prácticamente ausente. La muerte súbita y misteriosa de esta madre deja al niño de nueve años totalmente desamparado, y el trauma de esa pérdida le complica a la postre su vida sentimental y su equilibrio anímico.

El realizador analiza, mediante saltos temporales, flash backs continuos y un apunte de thriller sicológico, la deriva del personaje hacia el aislamiento y la neurosis. Captura primero, con acierto, los momentos más emotivos de la relación filial, en los años 60, con la madre enseñando a bailar el twist a su hijo embelesado. Los ecos del Bertolucci de La luna (1979) son evidentes, aunque la magia es aquí efímera. El resto del relato, basado en la novela Fai bei sogni (2012), de Massimo Gramellini, languidece en un sicodrama por momentos excesivo e inverosímil. Es El incomprendido (1967), de Mauro Bolognini, con la poesía de aquel conmovedor duelo infantil gradualmente convertida en el lánguido y agobiante estrés postraumático de un adulto pasmado en el dolor. La experiencia del duelo filial es en el cine un asunto delicado. Basta considerar la manera en que un Nanni Moretti logra evitar, de manera muy sobria, la tentación del naufragio en la neurosis narcisista, tanto en La habitación del hijo (2001) como en Mi madre (2015), para valorar hasta qué punto Bellocchio se va alejando en Dulces sueños de la sensualidad y rigor expresivo que tal vez formaron parte de sus mejores intenciones artísticas.

Se exhibe en la sala 10 de la Cineteca Nacional a las 15 y 21 horas.

Twitter: Carlos.Bonfil1