Sociedad y Justicia
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Incontrolables, los efectos de liberar transgénicos

El desarrollo se verá eventualmente afectado

Recién galardonada por sus investigaciones, la bióloga de la UNAM habla sobre su labor para corroborar que el maíz genéticamente modificado afecta a los granos nativos. También respecto de los avances de su trabajo científico para entender el cáncer epitelial

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El blindaje de estar en la Universidad Nacional Autónoma de México permite que haya pluralidad, enfatiza Elena ÁlvarezFoto Roberto García Ortiz
Angélica Enciso L.
 
Periódico La Jornada
Miércoles 13 de diciembre de 2017, p. 36

La bióloga Elena Álvarez Buylla, Premio Nacional de Ciencias 2017 en el campo de Ciencias Físico-Matemáticas y Naturales, señala que ha dedicado buena parte de su trabajo científico a corroborar que el maíz transgénico afecta a los granos nativos, porque es una obligación y por ética. Esto lo ha realizado a partir de la base de la investigación básica y la biología del desarrollo, lo cual también le ha permitido entender el cáncer epitelial.

Aunque ha enfrentado intereses económicos y los de corporaciones de la biotecnología, indica que estar en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) ha sido un respaldo por la pluralidad que ahí existe. Al frente del laboratorio de genética molecular, desarrollo y evolución de plantas del Instituto de Ecología de esa casa de estudios, expresa que este es un trabajo colectivo, en el que participan campesinos, organizaciones y científicos.

En entrevista, señala: Nos ha quedado claro que no podemos entender a los seres vivos como máquinas. Los genes están interrelacionados, no se pueden aislar. Por ello, en los organismos no se deben aplicar los principios de la ingeniería genética. Apunta que, sin el esfuerzo de muchos en la investigación, hoy no habría argumentos para la demanda colectiva contra el cultivo de maíz transgénico y el premio para esta investigación es un mensaje para la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

–¿Cómo explica las bases de su investigación?

–El trabajo en la ecología evolutiva del desarrollo en plantas de muchos años, para entender, por ejemplo, cómo se desarrollan y evolucionan las flores, llevó a plantearme que no son los genes aislados los que guían la diferenciación celular en condiciones normales o de enfermedad. Con base en el uso de modelos de redes descubrimos módulos regulatorios de interacción de muchos componentes genéticos y no genéticos para aportar en el entendimiento de los mecanismos de desarrollo en plantas. Es a partir de estos enfoques que quedan claras las insuficiencias y riesgos de los transgénicos.

“Recientemente he usado los mismos modelos de redes complejas y enfoques sistémicos para ayudar a la comprensión de los mecanismos alterados en la emergencia y progresión del cáncer y otras enfermedades complejas. Estos aportes nos dan una base para pensar en el crucial papel de la alimentación y otros aspectos del estilo de vida en la prevención de ese tipo de enfermedades. Se reafirma el papel crucial de la agricultura campesina mesoamericana para producir alimentos sanos y diversos sin destruir el ambiente, la cultura y las comunidades mismas y sus territorios.

A partir de esto vemos que el hecho de generar organismos genéticamente modificados o transgénicos cambiando o insertando genes ajenos a una semilla no quiere decir que debamos hacerlo para producir alimentos o se puedan prever las consecuencias que tendrá el consumirlos o liberarlos al ambiente. Los paradigmas reduccionistas que se usaron y se utilizan en ingeniería genética son obsoletos en biología. Por eso no han dado los resultados esperados e implican riesgos. No es una discusión ideológica.

–En el caso del cáncer epitelial, ¿cuáles son los avances de la investigación?

Nos hemos dado cuenta que integrando datos que hay en la literatura podemos proponer algunas hipótesis sobre cómo los genes actuando en concierto dentro de estas redes regulatorias complejas pueden modular la emergencia y la progresión de transformaciones celulares que eventualmente llevan a neoplasias cancerígenas. En el caso del maíz, lo que hemos visto es que cuando se transforma un gen no sólo es éste, sino que como es parte del conjunto de otros genes actuando en concierto, se alteran redes complejas de interacciones.

–¿Hubo algo en particular que haya detonado su interés en la presencia de los transgénicos en el maíz?

“Estaba interesada en la discusión ética de la ciencia. Una ciencia sin ética puede desembocar en armas de destrucción masiva y en tecnologías que solamente persiguen intereses corporativos y pueden destruir el ambiente y las colectividades sociales. Cuando se alertó por investigadores de la Universidad de Berkeley sobre la contaminación transgénica, el propio gobierno me solicitó corroborar la imposibilidad de poder controlar los organismos transgénicos una vez que se liberan al ambiente. Esto detonó mi interés.

“Algo importante es que en ese momento, en la función pública, había expertos con interés en entender cómo se afectaría el maíz, la base de la alimentación de los mexicanos. Al principio parecían estar comprometidos con la agricultura campesina y la biodiversidad del maíz, y decidí colaborar. Desgraciadamente cambiaron de rumbo. Sol Ortiz y Exequiel Ezcurra, en 2002, en el Instituto Nacional de Ecología, corroboraron la presencia de transgenes, diferencia con las corporaciones que siempre han dicho que se pueden controlar. Pero ellos, en 2005, sacaron un artículo diciendo que no debíamos preocuparnos y se desdijeron de lo que ya habían planteado.

A pesar del esfuerzo, con escasos recursos del gobierno mexicano y pocos colegas dispuestos a entrar de manera colectiva a la investigación, ésta siguió. No se podía dejar así. Hubiera implicado que hoy día no tuviéramos ningún argumento para la demanda colectiva que sigue en pie y representa un gran esfuerzo de organizaciones civiles, campesinos y de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad.

–¿Hubo presiones o ataques a su trabajo?

“En ocasiones se intentaron frenar apoyos a la investigación. Hay intereses que no son los de la ciencia, mucho menos los de la agricultura campesina, las mayorías de este país. Se accionan cuando hay una voz crítica que atenta contra ellos. La verdad es que el blindaje y privilegio de estar en la UNAM permite que exista la pluralidad.

“El haber dedicado tiempo y esfuerzo a esto fue una obligación. No podía no hacerlo. Era claro desde mi enfoque sistémico, la biología del desarrollo, la ecología, que tenía que investigar el tema. Las presiones y costos afortunadamente no fueron suficientes para dejar de hacerlo y no lo serán. No es un mérito personal, es de una gran universidad que nos permite tener libertad de cátedra y que ahora, como premio nacional, se reconozca esta labor. Implica una luz de esperanza en medio de tanta violencia, destrucción e injusticia.

“Lo que más me importa es que se reconoce el resultado de la civilización mesoamericana, un trabajo campesino y un quehacer de defensa de la soberanía, del maíz, resultado de luchas campesinas, de colectivos ciudadanos y científicos. Me sorprendió mucho que se hubiera sometido y ahora se resalte este trabajo. Me produce gran esperanza.

–¿Esto implica un reconocimiento a que sí se da el proceso de contaminación del maíz nativo con transgénicos?

Por supuesto. Estos comités de pares son muy estrictos y de todas las contribuciones resaltan ésta. Y no hubiera sido así si no estuvieran convencidos de que las publicaciones sustentan con todo rigor que no hay lugar a dudas. Cuando se liberan organismos transgénicos al ambiente no se pueden controlar y pueden llegar a dispersarse y contaminar poblaciones de maíces. Esto, eventualmente, afectará el desarrollo, que es el centro de mi investigación.