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Estas ruinas que ves...
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ueron un día, no hace tanto, la orgullosa realización de un proyecto que no era para ilusos y tampoco para desilusionados, decía Manuel Gómez Morín. El partido que planeó durante años se hizo realidad porque desde su origen la organización tuvo una identidad precisa, que la distinguía de intereses que respondían más a ambiciones personales que a un proyecto político democrático. Buena parte de la fuerza del PAN era esta identidad de oposición –que Efraín González Luna aportó en la forma de lo que llamaron una doctrina– cuyas raíces católicas eran también una columna vertebral que sostenía a una organización que entonces sólo podía compensar a sus militantes con imponderables como el prestigio personal, una reputación irreprochable de honorabilidad, y el reconocimiento de la superioridad moral que suponía defender el voto contra mapaches y otros tramposos que poblaban –y todavía pueblan– nuestro universo político.

Los panistas de ayer creían que los de antier no pensaban en el poder como instrumento de dominación, sino que lo veían como una herramienta de construcción. Los panistas de hoy han sido devorados por la ansiedad del poder.

Una vez superado el coqueteo con el corporativismo católico, lo que ofrecían los panistas de antier era más que un proyecto de país, un sistema político democrático y plural, en el que el voto era la única vía legítima de acceso al poder. Los panistas de ayer, enervados por la urgencia de la victoria pretendieron ofrecernos todo, un país y un sistema político democráticos; pero encontraron que el poder era intratable, y curiosamente, no los dejó gobernar.

Los panistas de hoy, encabezados por Ricardo Anaya, renunciaron a la identidad del partido, que era el verdadero capital del PAN, cuando decidieron formar una coalición con el PRD y con MC. No podía ser de otra manera. Cuando Anaya impulsó el Frente de los ciudadanos tiró por la ventana lo único que realmente poseía Acción Nacional, porque ya hemos visto cómo el poder se le va de las manos, y cómo también se le van los panistas, legisladores y militantes, que repudian a los nuevos aliados a los que no les atribuyen ninguna calidad moral. También se irán priístas que se disfrazaron de panistas –como José Antonio Meade–, pero que ahora recuperan sus verdaderos colores. La verdad es que ya no se entiende nada. ¿Meade era un priísta emboscado en un gobierno panista?¿O es un panista emboscado en el PRI?

No obstante, lo que ha ocurrido con el PAN obliga a reflexionar sobre la fragilidad de las instituciones democráticas, y sobre el sentido de reponsabilidad que debería gobernar el comportamiento de dirigentes partidistas que, como Anaya, tienen el compromiso de garantizar el buen estado de salud de la institución que ha quedado a su resguardo. Sin embargo, en su afán de poder ha visto en esta elección su oportunidad para alcanzar la silla presidencial. Así que pasó por encima del PAN para aumentar sus probabilidades, como si no supiera que uno de los obejtivos de Meade es sustraer a los panistas de una organización semidestruida, y sumarlos a su candidatura. Esta estrategia tiene más probabilidades de éxito que el frentismo de Anaya.

En circunstancias como las actuales, es vital respetar las instituciones y sus reglas, demostrar que sirven, por ejemplo, para resolver conflictos, para responder a contingencias; las agarraderas de las instituciones ayudan a afianzar equilibrios o a recuperarlos. Jesús Silva-Herzog Márquez ha hecho un recuento aterrador de las manipulaciones de Anaya. (Lamento por el PAN, Reforma, 12/12/17) y le reprocha, con razón, que haya destruido un referente de reflexión y de acción democráticas.

El PAN se ha colapsado porque la dirigencia de Anaya ignoró reglas y restricciones. Sin embargo, el partido había resistido a lo largo de más de siete décadas un entorno adverso, se sobrepuso al fraude sistemático, a la incredulidad de sus amigos, a la amargura de un rosario de derrotas y a gobiernos que lo condenaban a la inopia, pero los panistas supieron hacer de la necesidad virtud y defendieron al PAN de reyertas internas, y de ambiciones rivales. Hasta que llegó Anaya y por formar una coalición con el PRD, un partido que se va a pique, y con MC, una asociación privada, se deshizo de la identidad, y le salió carísima la alianza con Alejandra Barrales y con Dante Delgado. Me parece que le tomaron el pelo.

Basta una mirada rápida al programa de gobierno del Frente para confirmar el costo de la pérdida de identidad. El documento parte de un diagnóstico general apresurado y confuso para ofrecer un repertorio de políticas apresurado y confuso, en el que se adocenaron ideas, fórmulas, propuestas de izquierda, derecha y no sé qué, sin importar las contradicciones ni la falta de lógica interna, o las denominaciones erradas y las mezcolanzas incomprensibles. Por ejemplo, se propone Una política fiscal integral orientada al bienestar social de la familia. ¿Qué quiere decir eso? O, como si no se hubieran enterado de los errores del presidente Fox cuando hizo propuestas como ésta: la creación de un Comité Consultivo de Política Exterior para promover la participación ciudadana en los asuntos de política exterior. ¿No aprendieron en 12 años en el poder que el funcionario público no se improvisa, y que ocurrencias como ésta son o caras o una tomadura de pelo?

Manuel Gómez Morín construyó y nos legó una institución a todos los mexicanos y no sólo a los panistas; pero Ricardo Anaya se creyó el dueño, y lo destruyó como si fuera una torre de Lego. Lo propongo para que antes de recibir la candidatura del Frente se le entregue la medalla del Niño dinamitero.