16 de diciembre de 2017     Número 123

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Suplemento Informativo de La Jornada

Los bordes que estas celebraciones conforman manifiestan los otros mundos que deseamos sean parte del nuestro, asomo de cuán grande es la vida en estos pueblos. Los presuntos mortales lo saben y, en su saber hacer, construyen fiesta para darles cabida, halagar y aliar a lo más indómito del cosmos bajo el rastro de la danza, del compartir, del hacer comunidad

La Huasteca indígena

Más allá de la muerte:
el carnaval

Mauricio González González  ENAH / CORASON

Los límites de la vida en lo vernáculo subvierten las funciones fisiológicas. La vida, al estar determinada por instancias anímicas inmateriales -como el yolotl [corazón] o el tonalij [sombra] entre nahuas- tiene alcances que supera la corrupción del cuerpo, haciendo de los muertos parte de la comunidad, es decir, vivos sin cuerpo que cohabitan entre un nosotros muy amplio. Ello es evidente en la Huasteca meridional a través de un complejo carnavalesco compuesto por dos festividades signadas por la presencia de muertos, cuyas mascaradas y danzas denotan diferencias e, incluso, el lugar que aún guardan en la sociedad.

Una distinción fundamental de la muerte en la Huasteca radica en la forma del deceso, sea esta trágica, “en desgracia”, o aquella que acontece al cumplir el ciclo de vida. Sus dos componentes son la fiesta de Todos Santos, donde la visita de muertos en gracia es la parte medular de la celebración y, el Carnaval, irrupción en la que muertos en desgracia toman por asalto la localidad junto a su patrón, el Diablo. Y no ha de pensarse el complejo como meras “creencias” de los pueblos, pues este sistema no se restringe a muertos y fiestas, sino que está íntimamente ligado con el quehacer agrario, pues es en primavera y otoño cuando se celebran, temporadas en las que en esta región la cosecha se levanta y la tierra se prepara para volver a ser fuente de bastimentos, ya que la Huasteca es generosa y cuenta con dos ciclos de temporal anualmente.


El carnaval de la Huasteca, esencia de la ritualidad indígena
Fotos: José Carlo González / La Jornada

En este complejo es característica la tensión que está en juego: lo vivo es contradicción de la muerte que hegemoniza lo cotidiano. Con ello no queremos decir que el resto del año nos libremos de su influencia, pero es lo carnavalesco lo que permite hacer patente el orden que opera bajo normas que rigen veladamente, uno atravesado por diablos, ancestros, dueños y seres del monte, cuya normatividad sostiene subrepticiamente, de forma legítima, las leyes que los terrenales intentan seguir y que suelen convocar bajo la voz de la tradición.

Heterogeneidad en acto, heteropraxis festiva que pone en circulación una enorme cantidad de elementos cuya mixtura no guarda equilibrios entre la raigambre indiana y la colonial. Todo lo contrario: resalta lo abigarrado, lo grotesco, la desproporción e incluso la incertidumbre es toda una apuesta creativa. En el Carnaval aparecen figuras del Miktlan [lugar de los muertos] que bailan con Diablos de infiernos cristianos, sones de huapango se intercalan con música de viento que hacen vibrar xochipitsauas a la par de norteñas bien zapateadas, trajes de plástico con rostros de madera y caras rosadas se mezclan entre comanches cuyo color de piel no puede ser otro que el de la tierra.


Una cuadrilla de mecos (danzantes) en Huautla

Los “muertos en desgracia”, en contraste con los muertos en gracia, no completaron su ciclo vital, por lo que no se les considera del todo humanos, sea por no haber comido maíz, sea por no haber ejercido reproducción y/o por no morir de viejos, cumpliendo sus obligaciones, es decir, por no haber entregado su trabajo a los demás. Estos muertos, al atentar contra la reproducción de la comunidad se unirán a las huestes del Diablo y no podrán aspirar a ser ancestros, al menos en tanto no agoten su energía de vida [chikaualistli], por ello deben bailar, bailar y bailar. Así, el Carnaval es la forma de inclusión comunitaria de aquellos que con su muerte pusieron ese lugar en suspenso. Los muertos de Carnaval, es decir, los muertos en desgracia en la Huasteca son infértiles, mientras que los de Todos Santos son fecundos, pues los primeros participan de una festividad que devela el desenfreno de aquello que no tuvo cauce normado, mientras los segundos lo hicieron, lo que es reconocido por familiares y la comunidad en su conjunto que dan ofrenda y altar.

La importancia de estas celebraciones en el mundo indiano deja rastro en lugares que se pensaría fuera de la costumbre pero que, en tanto son vía privilegiada para ver la compleja sociabilidad de estos pueblos, tienen lugar incluso en leyes como son los estatutos ejidales, como el del ejido Bachajón, donde uno de los artículos considera las excepciones que se hacen en Carnaval.

Los bordes que estas celebraciones conforman manifiestan los otros mundos que deseamos sean parte del nuestro, asomo de cuán grande es la vida en estos pueblos. Los presuntos mortales lo saben y, en su saber hacer, construyen fiesta para darles cabida, halagar y aliar a lo más indómito del cosmos bajo el rastro de la danza, del compartir, del hacer comunidad.

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