16 de diciembre de 2017     Número 123

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER

Suplemento Informativo de La Jornada

La fiesta grande
y la fiesta chica

Primera parte

La fiesta es una Revuelta en el sentido literal de la palabra […] En la confusión que engendra la sociedad se disuelve, se ahoga en tanto que organismo regido conforme ciertas reglas. Pero se ahoga en sí misma, en su caos o libertad original […]
La fiesta es una operación cósmica: la experiencia del Desorden, la reunión de los elementos y principios contrarios para provocar el renacimiento de la vida […]
En la fiesta rigen reglas especiales […] y con ellas se introduce una lógica, una moral, y hasta una economía que […] contradicen las de todos los días. Todo ocurre en un mundo encantado, el tiempo es otro tiempo…
Octavio Paz. El laberinto de la soledad

Hace diez años fui sometido a una cirugía mayor. Ya en casa y convaleciente decidí cubrir mi cuota diaria de ejercicio caminando hasta la iglesia de San Andrés Totoltepec, pueblo conurbado donde vivo. En el atrio de la pequeña capilla del siglo XVI me encontré con una fiesta.

La Chirindonga, añeja banda de alientos cuya historia se remonta a los tiempos en que su fundador se escondía entre las milpas de las tropas zapatistas o carrancistas que en llegando al pueblo lo obligaban a tocar, y que ahora acompaña ceremonias cívicas pero también bailes, interpretaba una pieza tras otra; en lo alto tronaban los cohetes; pétalos de rosa se extendían sobre las baldosas; un centenar de sanadreseños presumiblemente originarios: de sombreo y botas picudas ellos, de rebozo y delantal ellas, se arremolinaba en torno al cura que peroraba ante a lo que pronto descubrí que era un ataúd. Se trataba de un entierro.

Minutos después el muerto, el cura, la banda, los coheteros, el de las flores y la concurrencia emprendimos la marcha por la calle principal rumbo al panteón. A La Chirindonga se le habían terminado las piezas calmadas y tocaba cumbias a pesar de que la subida al cerro donde se encuentra el camposanto amenazaba con dejar sin aliento a los de la banda y a los que cargaban el ataúd. “Nos hacemos viejos, Ramón. El año pasado, cuando enterramos a Mateo, me costó menos subir”, comentaba un vecino alzándose el sombrero y secándose el sudor con un paliacate.

En el elevado cementerio desde el que se domina todo el sur de la Ciudad, nos esperaba cantando un coro de niñas con cuyas voces pronto se mezclaron los lloros y lamentos de la presunta viuda que, sostenida por dos jovencitas que se le parecían, había decidido que estaba en el lugar adecuado y clamaba: “¡Ay Andrés, por qué te fuiste! ¿Qué voy a hacer ahora sin ti?”.

Luego bajaron el féretro y empuñando sus palas los dos enterradores lo empezaron a cubrir. Los que traían flores o coronas las dejaron junto a la fosa. Ya sin música y en animados corrillos que comentaban el acontecimiento, emprendimos el regreso.

“Esta gente sí sabe morir”, pensé. 

En San Andrés, el acto más ensimismado y personal culmina en una ceremonia quizá apesadumbrada pero festiva. Un sepelio multitudinario que congrega buena parte del pueblo, en este caso a los originarios que nunca antes había visto juntos.
“Esta gente sabe vivir y sabe morir”, seguí cavilando con la envidia del que acaba de librarla y nunca se le ocurrió que morirse pudiera ser una fiesta. “Y es que los cabrones son pueblo”.


Fiestas de San Andrés Totoltepec, Ciudad de México

*

Ese fue un entierro, pero en San Andrés se celebran otras fiestas. Muchas fiestas.

Pueblo tepaneca tributario de los aztecas de Tenochtitlan, Totoltepec, que significa cerro de los guajolotes, fue refundado durante la Colonia con el nombre del apóstol crucificado. En 1560 le reconocen sus tierras del común… que empezaron a perder en el siglo XVII a manos de ranchos y haciendas como la de Xoco. A fines del XVIII con la medición del oaxaqueño Tiburcio Montiel los pueblos de la región logran recuperar por compra parte de su territorio. En agradecimiento el auditorio de San Andrés lleva el nombre de su benefactor. Después han seguido sufriendo dentelladas territoriales: en los cincuenta por la carretera federal a Cuernavaca, en los sesenta por la Autopista, algo más tarde por la construcción del Colegio Militar. Obras que junto con los servicios de pavimentación, agua potable y electricidad aceleraron su urbanización.

Hoy las lomas que a mediados del siglo pasado aún tenían bosques además de plantaciones de duraznos, manzanos, perales e higueras; que estaban tachonadas de milpas en que crecían el maíz, el frijol, la calabaza, las habas… y con las que se entreveraban potreros donde pastaban vacas y borregos, han dejado paso a calles y casas donde viven decenas de miles de invasivos avecindados… como yo.

Hace más de cuarenta años, cuando llegué a San Andrés , todas las mañanas veía pasar frente a mi casa a un viejo tlachiquero que escoltado por un caballo flaco y un perro amarillo, y portando una escopeta de chispa y un acocote, marchaba rumbo sus improbables magueyes. Hoy solo veo pasar coches.

Pero San Andrés sigue tan fiestero como siempre. En noviembre celebra la fiesta grande que es la patronal, mientras que en junio, por las fechas de la eucaristía y de Corpus Christi, celebra la fiesta chica, también dedicada al santo. En febrero o marzo está la peregrinación a Chalma; en mayo, primero la Santa Cruz y luego la subida al Quepil, en el Ajusco, donde se bendicen las semillas; en noviembre, para Todos los Santos, celebra el día de muertos; en diciembre conmemora el día de la Virgen de Guadalupe; en diciembre la navidad…

*

¿Por qué tantas fiestas y tanta gastadera? Tomo los testimonios que siguen de la tesis de maestría de mi vecino y alumno Luis Alberto Colindres, quien investigó a fondo las razones de que aquí, en medio de la imparable urbanización, persista la identidad comunitaria.

“Hay que hacernos la lucha para que no se pierda el modo de saludar, el modo de vestirse, el modo de vivir, el modo de ser feliz en el pueblo”, dice una mujer de 84 años. Y el ancla para que no se haya perdido es San Andrés. Dice una joven de 24: “El santo es parte de nuestra identidad, parte de nuestra historia, parte de nosotros”.


Fiestas de San Andrés Totoltepec, Ciudad de México

A los sanandreseños no nos une la religión católica, nos une el santo, una figura que está por encima de las iglesias.

En el pueblo además de católicos hay muchos luteranos quienes es sabido que rechazan las imágenes religiosas. Pero esto no vale para los protestantes lugareños: “La imagen del santo patrón trasciende, pues aun los que no son católicos tienen la identidad de San Andrés y van a las fiestas”, dice un vecino.

Y el propio catolicismo que se practica en la comunidad es sui generis, pues aquí San Andrés cuenta más que el propio Jesucristo. “Tu pones a San Andrés y podría estar la Eucaristía ahí enfrente, que nadie la pela. De veras, nadie”.

Dice una muchacha de 22 que participa en la danza de los chinelos, tanto en la fiesta grande que es la patronal de noviembre, como en la fiesta chica de junio que formalmente está dedicada a Cristo y la Eucaristía:    

“Para mí es un gusto bailarle al santo en la fiesta grande. En la fiesta chica si lo hago, pero no con esa misma devoción. Porque me siento más identificada con el santo que con el mero mero”.

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