16 de diciembre de 2017     Número 123

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Suplemento Informativo de La Jornada

Guanajuato

A San Isidro Labrador se le festeja así


La danza de la sonaja es ejecutada por las mujeres de la comunidad Fotos: Beatriz Cervantes


También los caballos que participan en la procesión son adornados


Con las naranjas se hacían collares para adornar el cuello de los bueyes


Tractores, carros y caballos participan en esta celebración

Beatriz Cervantes Profesora investigadora del Centro INAH Guanajuato

San Isidro Labrador es un santo madrileño que se convirtió en patrón de muchas comunidades campesinas mexicanas. Su fiesta se celebra el 15 de mayo, al inicio de la temporada de lluvias, y permanece como figura de gran tradición entre las comunidades indígenas que habitan las inmediaciones de los ríos Laja y San Damián, en el municipio de San Miguel de Allende, Guanajuato. Se trata de una festividad popular, en la que participan los trabajadores del campo que celosamente guardan sus tradiciones adaptándolas a las posibilidades actuales.

Es común observar la imagen de San Isidro en procesiones que anuncian el inicio del ciclo agrícola y la recolección de los frutos de las huertas, así como en otras ceremonias relacionadas con las tareas del campo. Cromos y cuadros antiguos proliferaban en los pequeños poblados de la cuenca de los ríos Laja y San Damián, si bien ahora se trata de imágenes de repuesto, debido a saqueos y al criterio poco sensible del cura en turno, que en muchas ocasiones “renueva” la imagen por otra de poco valor.

Por tradición otomí, en las rancherías con devoción a San Isidro era costumbre iniciar con una ceremonia nocturna llamada velación, en la cual, entre cantos acompañados por la música de las conchas, se adornaban bastones o estructuras llamadas custodias o xúchiles con la hoja nacarada de la cucharilla que una vez terminada se colocaban junto a la imagen y acompañaban -en ciertas ocasiones aún lo hacen- alguna procesión. Esta tradición ahora solamente se realiza en las principales festividades de la región, como la de San Miguel Arcángel.

El señor Ramírez, de la comunidad de Banda, recuerda que, todavía hace unos treinta años, el día de la celebración se reunían las yuntas en un paraje cercano al poblado. Se juntaban unas ochenta, uncidas como para trabajar, pero adornadas. Les colgaban naranjas, limas, piñas, tamales y pan, entre otras cosas. Las “cuelgas” se ensartaban para formar collares que se colocaban en el cuello a los bueyes y en los yugos. Además, se colocaba en la yunta un arco con flores y adornos con papel de china que daban al conjunto un gran colorido. La imagen de San Isidro salía del templo para estar presente cuando llegaran las yuntas. Cada yuntero se acercaba a la imagen a dar gracias y enseguida se hacía una especie de combate en el que los “ladrones” robaban las cuelgas. Una vez reunidas al pie de la imagen, las cuelgas se repartían entre los presentes.

Banda es una de las muchas pequeñas rancherías de tradición otomí asentadas en las inmediaciones de los ríos. De acuerdo con el censo de 2010 tiene 367 habitantes; muchos de ellos se dedican a la agricultura, otros prestan sus servicios en la cabecera municipal.

Actualmente, la fiesta inicia con alguna banda de música, hasta que llegan las danzas, una de apaches y franceses y otra de sonaja, interpretada por mujeres de cierta edad. Las yuntas han sido sustituidas por tractores acompañados por caballos, coches y camionetas, que presididos por un tractor que jala el carro con la imagen adornada, recorren el tramo hacia una comunidad vecina, San Isidro Bandita, hasta un lugar en el campo donde se colocó la imagen de ese lugar, para realizar el encuentro de las dos comunidades.

Al regreso, junto al río, el sacerdote bendice los tractores y después de la misa los asistentes comparten la comida. Posteriormente, en la iglesia, se hace el cambio de mayordomo. Casi al anochecer comienza la representación de la pastorela “El tesoro escondido”, que se prolonga hasta el amanecer y en el que pueden participar hasta sesenta actores del lugar, acompañados por pobladores de todas las edades. Son cuatro las comunidades que por tradición suelen visitarse durante las fiestas.

“Antes todos trabajábamos con yunta, ya ahora nadie quiere, tenemos cuatro tractores en el ejido y un pozo de riego. Los muchachos se van a la secundaria o la preparatoria a San Miguel, ya no es lo mismo. Antes había que caminar dos horas para llegar allá, ahora ya hay camión. Y hay puente, pues durábamos 8 o 15 días incomunicados por el río que viene del Xoconostle y el Laja”, explica el señor Ramírez.

Al esforzarse por continuar la tradición, además de evocar sus vínculos con la divinidad y la naturaleza, los habitantes de Banda y sus vecinos contribuyen a la integración de la propia comunidad por la colaboración de sus habitantes, residentes o no, y fortalecen su relación con las comunidades cercanas.

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