16 de diciembre de 2017     Número 123

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER

Suplemento Informativo de La Jornada


La repartición

Jilotepec, Estado de México

Nadie festeja a solas

Rosa Brambila Paz Profesor investigador de la Dirección de Etnohistoria, INAH

En el mundo occidental contemporáneo parece que las ceremonias ancestrales se están perdiendo. Sin embargo, en medio del individualismo, reacio a concebir la posibilidad de un universalismo diferente a la homogeneización del mundo global, la fiesta retoña como reto y protesta de la imaginación contra el aislamiento. La festividad se convierte en una estrategia para resistir, perdurar y hacer vivible algo que básicamente no lo es. En lo festivo, el orden riguroso y austero de la vida cotidiana es cambiado por un orden imaginado como diferente. Tiene como rasgo distintivo su carácter social: nadie festeja a solas. La fiesta tradicional se abre al otro.

La fiesta patrimonial es memoria viva y actuante. Es una forma de recuperar el pasado, un modo de transmitir al presente experiencias vitales para la supervivencia y afirmar la identidad del grupo y de los individuos frente a los demás. La transmisión oral de generación en generación de estas costumbres, forzosamente implica cambio, pues nunca se repite exactamente y se modifica según las circunstancias que la rodean. No son ceremoniales unívocos: utilizan el mito, la leyenda, el ritual, la fábula, las tradiciones y otros recursos para transmitir algunas ideas a través de lógicas y códigos cuyo conocimiento es necesario para comprender su significado. En fin, ninguna sociedad es totalmente ciega respecto a sí misma.

En la región de Jilotepec, Estado de México, la celebración del carnaval es el tiempo de las visitas. En la actualidad una buena parte de la población se dedica al sector primario, con una producción de maíz y frijol y ganado mayor. Un sector significativo trabaja en la ciudad de México, en el corredor industrial ubicado entre Cuautitlán y San Juan del Río y Querétaro, o bien en las instalaciones industriales del propio municipio de Jilotepec. El asentamiento disperso, el trabajo en las ciudades cercanas y los requerimientos de la agricultura impiden a los miembros de las diferentes comunidades tener relaciones cotidianas. La fiesta rompe los aislamientos. Durante los festejos las imágenes sagradas salen a visitar otras comunidades. Al ser transportadas siempre son precedidas y recibidas por elementos que reproducen lo sacro a su paso. El espacio cotidiano se transmuta a través de elegantes artificios que indican el lugar de adoración y reverencia. Arcos y fronteras se construyen con diversos materiales, siempre vistosos y muy coloridos. Los más comunes y tradicionales se elaboran con cucharilla, flores y frutas; los hay de ramas con aplicaciones florales, pero no faltan los que incluyen materiales novedosos como globos multicolores. Así mismo marcan la frontera entre el espacio sagrado y el profano.


Una ofrenda de maíz y trigo

El martes de carnaval culmina la celebración Xhita. Esta fiesta funde las novedades traídas por los europeos y conserva muchos de los ritos, ceremonias y de la cosmovisión del México prehispánico. Gira alrededor de tres protagonistas: 1) la imagen venerada, referida al santo patrono, 2) el mayordomo o custodio de la imagen y 3) el grupo Xhita. Éste se compone de varios personajes. El Xhita viejo, quien lleva una vestimenta de anciano con un bastón; la madama, con un atuendo femenino a la usanza otomí tradicional: enaguas de lana, fondo blanco de algodón, delantal bordado, quexquémetl, ceñidor, reboso negro y sombrero. Porta una canasta con sahumador, copal, lana en madeja, malacate para hilar lana, una bandera blanca y una alabanza religiosa. El resto, la cuadrilla de toros, porta en la cabeza un enorme tocado hecho con colas de res, que pesan entre 12 y 15 kilos y unos cuernos o astas. Llevan máscaras y antifaces de tela o látex, las cuales han sustituido a las de madera, cartón y barro. Complementa el atuendo un látigo de lechuguilla trenzada y una trompeta de acocote, que antes fue de cuerno de toro y que ahora también puede consistir en una boquilla de plástico o metal. Con ellas emiten sonidos que reproducen el mugido del ganado.

En esta celebración de corte totalmente ganadero, se chicotea la tierra para sacarle el frío y poder sembrar. Ciertamente, varias partes del ceremonial Xhita son una referencia a los rituales de fertilidad agrícola del espacio mesoamericano. El calendario de la fiesta alude al calendario solar, “la repartición de bienes” al final de la celebración conecta directamente con el ciclo del maíz, la planta divina de los antiguos pobladores del territorio. Así, puede ser vista como una gran rogativa hacia las imágenes católicas para que el año traiga buenos resultados, ya no solamente en la actividad agrícola, sino en toda la vida productiva y laboral de la comunidad.

La estructura de la fiesta Xhita tiene como referente un alto grado de ritualidad que le proviene de la cosmovisión comunitaria del presente pero arraigada y fincada en su memoria profunda que se vuelve expresión de solidaridad comunitaria.


El grupo Xhita, en el que participan el Xhita viejo y la cuadrilla, que porta en la cabeza enormes tocados hechos con colas de res

Arcos y fronteras se construyen con materiales
vistosos y coloridos
Fotos: Rosa Brambila Paz
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