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Coloca el investigador red sismogeodésica en Guerrero

Crear estructuras que no colapsen, el reto científico

Luchamos ininterrumpidamente por conseguir recursos, dice a La Jornada

Los terremotos de 1985 y 2017 fueron dos animales muy diferentes

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Víctor Manuel Cruz Atienza, sismólogo de la Universidad Nacional Autónoma de MéxicoFoto cortesía de la UNAM
José Antonio Román
 
Periódico La Jornada
Viernes 22 de diciembre de 2017, p. 36

Reconocido hace unos días por la revista Nature como uno de los 10 científicos más destacados en 2017, Víctor Manuel Cruz Atienza, sismólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), expresa su deseo de que esta distinción internacional sirva para que el Estado mexicano se dé cuenta con mayor claridad que es necesario invertir todavía más en ciencia y tecnología.

En México hay muchos investigadores y científicos de altísima calidad y nivel en todos los ámbitos, que hacen muy bien las cosas, pero para trascender y contribuir a la sociedad en la aportación de conocimiento científico hacen falta recursos, falta apoyo. Nosotros luchamos ininterrumpidamente para conseguir lo mínimo necesario para nuestros proyectos, dijo.

En entrevista con La Jornada, Cruz Atienza narra también cómo tras el sismo del 19 de septiembre de 1985 surgió en él un fuerte interés y fascinación por el estudio de estos fenómenos naturales.

Yo tenía 11 años, estaba por ir a la escuela con mi madre y mi hermano, en casa, cuando empezó la sacudida que no olvidaré; yo no conocía algo así, fue algo sorprendente para todos. Y cuando nos enteramos de todo lo que supuso horas después fue un trauma que sin duda me marcó, como a muchos mexicanos, profundamente.

Señala que al ingresar a estudiar ingeniería geofísica en la UNAM fue descubriendo lo fascinante que es el estudio de la propagación de las ondas sísmicas. Los terremotos siempre me han despertado una motivación muy instintiva, siempre que ocurre un sismo hay algo que no logro entender, que me fascina, que me despierta un interés muy particular, que luego, claro, mezclo en mi cabeza con lo que uno pretende entender con nuestros modelos sísmicos.

Egresado de la Facultad de Ingeniería y hoy jefe del departamento de sismología del Instituto de Geofísica, el especialista fue designado en el top ten de los científicos del año por la explicación que dio a lo ocurrido en el subsuelo de la Ciudad de México y sus consecuencias en sus estructuras y edificios durante los sismos del 7 y 19 de septiembre, que tuvieron magnitudes de 8.2 y 7.1, con epicentro en las costas de Oaxaca y en los límites de Morelos y Puebla, respectivamente.

En esta explicación, señala que aunque el sismo de 1985 liberó 32 veces más energía sísmica que el del 19 de septiembre de 2017, el epicentro del primero fue muy lejano y bajo las costas del estado de Michoacán, a más de 400 kilómetros de la Ciudad de México, mientras el segundo ocurrió a unos 120 kilómetros de la capital. Esta fue una diferencia muy marcada para determinar el tipo de daños ocasionados.

Estas últimas sacudidas fueron más violentas debido a la cercanía y tipo de suelo lacustre donde se asienta la Ciudad de México, provocando mayores daños en edificios pequeños, de entre tres y siete pisos.

Cruz Atienza señala que esta explicación formulada –junto con sus colegas Shri Krishna Singh, del Instituto de Geofísica, y Mario Ordaz Schroeder, del Instituto de Ingeniería, ambos de la UNAM– se pudo elaborar en unos cuantos días después del sismo debido a la experiencia y el conocimiento que ya se tiene de lo ocurrido en el pasado en la capital del país. Pudimos entender que se trató de dos animales muy diferentes, con características y daños muy particulares, dijo.

Durante la charla, el investigador de la UNAM recordó el sismo de mayor intensidad del que se tenga registro en la historia de la humanidad: el ocurrido el 22 de mayo de 1960 en la población chilena de Valdivia, de magnitud 9.5, que rompió una falla geológica de más de mil kilómetros de largo.

Considera muy poco probable que en México se produzca un sismo de esta magnitud, debido a que aquí no existe una falla geológica de ese tamaño. “Pero –advierte– no hace falta que sea tan grande un sismo en México para que su potencial destructivo sea mayor; basta uno que tenga una magnitud de 8 o más, que eventualmente sí puede producirse”.

Añade que el reto es precisamente avanzar en la protección civil y en no tener ni un solo edificio o estructura colapsada, tal como lo han logrado países como Japón o Chile. Ese es el reto de la ingeniería sísmica, diseñar esa estructura para que no colapsen cuando las sacudidas lleguen.

Desde luego que se puede hacer, si hacemos coches que pueden aguantar aceleraciones de más de dos veces la gravedad, claro que se pueden diseñar estructuras que no sufran daños mayores a pesar de la gran amenaza sísmica.

Destaca que México ha avanzado mucho en este tema, con el actual reglamento de construcción, que es extraordinariamente bueno, y donde especialistas del más alto nivel internacional han desarrollado un reglamento muy robusto que ha sido mejorado con las enseñanzas que dejaron estos nuevos sismos.

Pese a esto, el investigador dijo que es responsabilidad moral de los científicos, después de las grandes tragedias ocurridas en Sumatra, Indonesia, el 26 de diciembre de 2004; en Chile, el 27 de febrero de 2010; en Japón, el 11 de marzo de 2011, y muchos otros ejemplos, pensar en la posibilidad de que puedan ocurrir terremotos muchos más grandes de los que tenemos conocimiento.

Por ello, añadió, es necesario estar alerta, mejorar la capacidad de respuesta y avanzar aún más en la ciencia que nos ayude a entender estos fenómenos y estar prevenidos de manera permanente.

Entre los proyectos que hoy consumen el tiempo del investigador –reconocido por la revista británica Nature, fundada en 1869, una de las publicaciones científicas más reconocidas a escala internacional– está la colocación de la red sismogeodésica en tierra y en el fondo oceánico de las costas de Guerrero, en la llamada brecha sísmica, ubicada entre Acapulco y Zihuatanejo.

El proyecto de cinco años –recién termina el segundo– es realizado con aportaciones del gobierno e instituciones japonesas, junto con la UNAM, y servirá para elaborar mapas de riesgo ante posibles sismos y tsunamis asociados. En esta área existe un particular interés de los científicos, debido a que desde hace más de 100 años no se ha registrado un temblor de magnitud mayor a 7, por lo que estima que existe una gran acumulación de energía que no ha sido liberada.