Cultura
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Mestizaje de formas
César Moheno
H

oy sabemos que los sismos de septiembre del año pasado nos dejaron más de 2 mil 100 monumentos históricos dañados. Entre ellos, centenarios templos y conventos de Hidalgo, Morelos, Tlaxcala, Guerrero, estado de México, Oaxaca y Puebla. Frente a esas noticias nuevas que no cesan, mi pensamiento corrió hacia uno de los hombres más grandes que he conocido. Y para traerlo hacia nosotros he de decirles que sin lugar a dudas Constantino Reyes-Valerio es un sabio.

Nació en 1922 y desde una fecha tan remota para algunos de nosotros, en el año de 1947, hace más de 70 años, con su trabajo de cada día, Constantino Reyes-Valerio forma parte de la prosapia de estudiosos mexicanos que han ido creando nuestra idea de mestizaje.

Su obra es parte de nuestra biografía cultural, esa fecunda rama del árbol genealógico nacional que forman Justino Fernández, Manuel Toussaint y Carlos Chanfón entre muchos otros, quienes sentaron las bases de las horas más fértiles de la historia de la arquitectura y el arte mexicano.

De allí que a casi dos décadas de haber aparecido, celebre la existencia del Arte indocristiano de Constantino Reyes-Valerio, ese escrutador de pasados que comparte la estirpe del pensamiento mexicano que en los siglos XIX y XX fueron formando nuestras ideas de mestizaje cultural como uno de los argumentos para entender la diversidad con la que se construye nuestro concepto de nación. Este libro, ricamente ilustrado, revaloriza dos obras seminales de don Constantino y las vuelve a poner al alcance de la mirada y el estudio de todos: se trata de Arte indeocristiano: escultura del siglo XVI en México y de El pintor de conventos: los murales del siglo XVI en la Nueva España.

En ellas, conducidos por el cuidadoso escrutinio del autor, desentrañamos los hilos finos con los que se creó la urdimbre que tejió –con las manos, los valores y los símbolos del arte prehispánico– la nueva sensibilidad que trajo a nuestras tierras el aprendizaje del evangelio. Ante nuestra mirada se develan, poco a poco, las raíces de una nueva iconografía y las bases de un arte inédito. Ése que hoy podemos admirar en templos y conventos que dan riqueza al paisaje de los caminos del centro de México.

Al abrir nuestros sentidos a las páginas de Arte indocristiano podemos entender que en el firmamento cultural que fue la Nueva España creció la simiente de una sofisticada trama del pensamiento. Así fue como en el siglo XVI la sabiduría de los indígenas creó un sistema de representaciones inconfundible que plasmó trazos en telas y en muros, labró esculturas, sembró los campos y levantó deslumbrantes obras de arquitectura. Los frutos de la sabiduría en esos espacios de piedra novohispanos los encontramos hoy en el centro de nuestro territorio simbólico. En un juego de espejos que refleja el mundo mesoamericano, todos los elementos del universo nuevo se cargaban de un sentido que regía cada instante de la existencia. El prodigio arquitectónico de las portadas, de las capillas abiertas, de las fachadas, de los altares, de los claustros, está hecho para conducir a los hombres y mujeres a estados de gracia con sólo pisar los atrios y las plazas. Las torres que pretenden alcanzar el cielo, las cúpulas que aspiran a representarlo, la pintura expresada en los muros, la escultura, los altares, son los elementos con que la arquitectura compite con la exuberancia del paisaje y otorga a los edificios un carácter que acerca a los hombres a lo divino.

Hay allí una firme apuesta para preservar la memoria plástica. Por la grandeza de la obra de Constantino Reyes-Valerio hoy sabemos que en virtud del trabajo indígena la arquitectura no hace sino ahondar en una singularidad construida al cabo de los siglos y que se encuentra tamizada por un especial estilo espiritual. El discurso de la historia se mezcla con el de las ideas y, a través de majestuosos templos y conventos, nos anuda con maestría a lo diverso, al mestizaje de las formas y de las creencias.

Conocer hoy los detalles de la summa de erudición arquitectónica y de historia del arte de esta obra me parece esencial frente a la enorme tarea de restauración que México ha de emprender con urgencia para rescatar las mil y una formas de expresión que se mantienen en las huellas de ese universo de genio que en los albores novohispanos se grabó con gloria, para siempre, en el paisaje mexicano de piedra, cal y canto.

Gracias a la obra de Constantino Reyes-Valerio las palabras Huejotzingo, Calpan, Tlalmanalco, Acolman, Tepeapulco, Huaquechula, Tlayacapan, Meztitlán, Yautepec, Ixmiquilpan, siempre precedidas por el nombre de un santo, son referencia simbólica de la cultura mexicana. Por tal cúmulo de luz y de visiones lo repito hoy y para siempre, don Constantino Reyes-Valerio es un erudito, un sabio generoso. Es momento de mirarlo para aprender de él.