17 de febrero de 2018     Número 125

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER

Suplemento Informativo de La Jornada

El Grupo Vicente Guerrero:
la lucha por el trabajo compartido

Yolanda Castañeda Zavala, Yolanda Massieu Trigo y Irene Talavera Martínez  yola_massieu@hotmail.com, nadxiieli.talavera@gmail.com


Cultivando nuestro futuro para nuestra seguridad y soberanía alimentaria.
FOTO: Proyecto de Desarrollo Rural Integral Vicente Guerrero A.C.

El Grupo Vicente Guerrero (GVG) de Españita, Tlaxcala, es una organización fundamental para la conservación de variedades nativas de maíz y la agroecología. La participación de las mujeres es parte imprescindible en la organización, pero en su comienzo este aporte se encontraba invisibilizado. Para superar esta situación fue necesario un proceso que incluyó la realización de talleres de género. El grupo fue fundado por diez familias, según Alicia Sarmiento, primera dirigente del GVG: “no nos tomaban en cuenta porque no era la cultura o la costumbre de los compañeros”.

La producción alimentaria campesina se basa en el trabajo familiar, por lo que las relaciones de género y el trabajo de las mujeres es fundamental porque de ellas depende la reproducción de la familia a través del cuidado del traspatio, la elaboración de las tortillas con el maíz cosechado y el cuidado de la milpa. Ellas inciden en las decisiones sobre qué sembrar para el autoconsumo, lo cual se relaciona estrechamente con sus conocimientos culinarios y hasta médicos. Son las mujeres las que guardan saberes respecto a las variedades nativas y sus propiedades alimenticias y curativas. Las campesinas tienen mucho que aportar para cumplir el objetivo del GVG de promover la sustentabilidad.

La investigación sobre el grupo reflexiona en torno a la compasión y el cuidado respecto a la alimentación y el problema ambiental, propuesta teórico-metodológica del libro Volteando la tortilla. Ellas sostienen una relación intensa con los recursos naturales, por ejemplo mediante el abasto de agua y leña, el cultivo y preparación de los alimentos, mientras que crean y recrean la rica cultura culinaria referente al maíz y otros alimentos básicos.

Las mujeres, en su participación en las organizaciones campesinas, se encuentran también en desventaja, pese a que en años recientes se ha dado un cambio radical en estos espacios, en los que cada vez tienen mayor presencia. El problema es que si participan se incrementa su sobrecarga de trabajo. Las mujeres del GVG hacen una lectura propia del feminismo, dado que parten de una labor que se ha hecho en conjunto con los hombres. Lo hacen renombrando sus condiciones desde sus propias herramientas y conceptos, muchos de ellos adquiridos en talleres de género. De esas reflexiones surge en el grupo el concepto de “trabajo compartido”. En la trayectoria del GVG las mujeres reconocen que el proceso de concientización por parte de ambos géneros ha sido difícil de lograr. Las líderes comprenden que se desarrolla un “feminismo de hacerlo con cuidado”, para que los hombres comprendan su reclamo de derechos e inclusión en las decisiones.


Feria Campesina Tepetitla. FOTO: Omar Hernández Sarmiento

La influencia del GVG trasciende a la propia comunidad y es ya regional. En lo relativo al género se encuentra apoyando a organizaciones como Yolia (Corazón de mujer en náhuatl): “somos hijas de Vicente Guerrero, nosotras fuimos formadas por el grupo, no caminamos solas, yo trabajé con ellos como cinco años cuando era muy joven, yo me siento afortunada, contenta con las compañeras, porque cada una tiene su propia decisión. Trabajamos en los huertos familiares. Es una forma de aprender mucho, vendemos y participamos en diferentes actividades y eso nos hace como mujeres no deprimirnos en nuestros hogares, de las labores solamente de la casa, sino a ver un poquito más allá.”, nos dicen en la entrevista.

La experiencia de las mujeres campesinas e indígenas en las organizaciones sociales rurales y en el GVG apuntala la posibilidad de una sociedad más justa y sustentable, en la que el trabajo femenino sea valorado. La labor del GVG y de las mujeres que ahí participan ha practicado alternativas sustentables de producción alimentaria frente al modelo de monocultivo industrial promovido por las corporaciones agrobiotecnológicas, depredador ambiental y socialmente.

El hecho de que las mujeres rurales se reúnan y organicen trastoca relaciones de poder y permite identificar tanto necesidades colectivas, en este caso de campesinos y campesinas, como específicas de género. Algo que faltaba en el colectivo no sólo de mujeres si no del GVG, era su participación más activa, el reconocimiento de esta participación y, como dicen ellas, el trabajo compartido tanto en las tareas del hogar como en las de la organización. Es destacable que en el GVG la participación ha tenido éxito y ellas han llegado a la dirigencia, aunque siguen siendo minoritarias en el grupo básico.

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