Opinión
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Madero, el loco
Pedro Salmerón Sanginés
H

ace unos días falleció Hayden White, polémico teórico de la historia que se discutía y se seguía mucho hace unas décadas. White proponía que la forma de tramar, de narrar una historia, reflejaba la ideología o las tendencias del narrador y nos sugería atender esa trama en nuestros análisis de cualquier libro o fuente histórica. Era una forma distinta o una forma más de emprender la labor fundamental, básica, inicial vaya, del oficio de historiar: la crítica y confrontación de fuentes.

White me hizo pensar mucho en la forma de leer los libros de historia, aunque nunca compartí ni hice mío su método. Lo recordé este domingo 18 de marzo (una efeméride, 80 años, que el régimen quiso que pasara desapercibida), cuando tuve el honor de presentar Episodios de la Revolución Mexicana, de Rogelio Fernández Güell, rescatado y editado por Beatriz Gutiérrez Müller.

Ese libro, escrito hace más de un siglo y publicado por primera vez en México gracias al trabajo de Beatriz sobre dos intelectuales-poetas centroamericanos al lado de Madero (el propio Fernández Güell y Solón Argüello), es una tragedia. Beatriz analiza el tono, los personajes, la trama de aquel tempranísimo, íntimo testimonio del trayecto político de Madero, tiene todo el tono de una tragedia: la traición y el martirio marcan el libro. Más de 80 páginas del mismo se refieren a lo que desde otra óptica y casi al mismo tiempo narró otro testigo directo y presencial, Manuel Márquez Sterling, en la versión canónica de aquella tragedia. Porque ni siquiera los más descarados falsificadores de la historia se han atrevido a contar (hasta donde sé) la defenestración y asesinato de Madero, en tono de farsa.

Releer esta versión inmediata de la tragedia, y el acertado y agudo estudio introductorio de Beatriz, como releer a Márquez Sterling sin prejuicios, quizá nos ayudaría a comprender al personaje principal de esa tragedia, que las versiones dominantes se han obstinado en presentar como ingenuo, tonto, loco… quizá porque para un régimen como el priísta, sólo un ingenuo, un tonto, un loco podía creer viable la democracia en este país.

Un ingenuo, un tonto y un loco que se rodeó de traidores, dicen, para provocar su propio fin. Cada vez que doy una conferencia sobre Madero o la democracia tengo que bregar cuesta arriba contra estas creencias, profusamente difundidas. Me gustaría hoy solamente desmontar una: Madero –dicen– dejó intacto el aparato porfirista y gobernó con él.

Quienes así piensan, limitan el análisis del maderismo a los acuerdos de Ciudad Juárez y en lugar de examinar un proceso se quedan con un momento, una foto fija. No se dan cuenta de que antes de que pasara un mes no sólo se habían ido del país Porfirio Díaz, Ramón Corral y sus principales colaboradores, sino que habían sido remplazados todos los gobernadores, y en casi todos los estados de la Unión, por maderistas leales. Antes de que terminara el año, Madero tomó posesión de la Pre­sidencia y designó un gabinete maderista. Antes de que acabara ese año, también se había producido una renovación casi total de los otros dos niveles de gobierno (las jefaturas políticas y las presidencias municipales).

A lo largo de ese año y del siguiente, se renovaron todos los congresos locales y la Cámara de Diputados de la 26 Legislatura, a la que Madero encargó que iniciara la redacción de propuestas de ley que atendieran los problemas candentes del momento, como el agrario.

Finalmente: los altos mandos militares fueron remplazados por militares de carrera (Bernardo Ibarrola prepara un ensayo que será muy contundente sobre ese proceso). Y el sector de las fuerzas armadas que realmente era el encargado del control político, los Rurales de la Federación, fueron casi totalmente remplazados por maderistas armados, mandados por coroneles maderistas: los famosos irregulares.

En brazos de ningún porfirista. En cuanto al traidor, ya lo hemos explicado.

Pd: A propósito de crítica de fuentes, lo segundo que aprendemos sobre ello en la carrera de historia es a analizar quién emite un mensaje. Es muy sencillo: si Victoriano Huerta escribe de democracia; si Aureliano Blanquet escribe de lealtad; si Henry Lane Wilson escribe respeto de la soberanía, no les creo una sola coma. Esto va dirigido a quienes abusan de la llamada “falacia ad hominem”… porque pretenden que no importa quién o de dónde surge una propuesta. Sigan pensando así y votarán por quien mienta con más finura de entre los candidatos del régimen. Ni siquiera vale la pena recordarles que lo suyo es y ha sido la mentira y, por tanto, no me interesan las que emitan en estos tres meses. “Falacia ad hominem”. Por favor, no usen la frasecita en sus debates conmigo.

Twitter: @HistoriaPedro

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