Opinión
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Nosotros ya no somos los mismos

Me siento medroso y cobarde

Margarita tiene todos los derechos, pero muy escasos merecimientos

Candidata totalmente Palacio

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Margarita Zavala, candidata independiente a la Presidencia a la República, hace proselitismo, ayer, en la glorieta de Cuauhémoc de la Zona Río, en Tijuana, Baja CaliforniaFoto Notimex
E

l poeta se duele y se queja: Te has vuelto medrosa y cobarde. Eran los años 30.

Más acá, en la década de los 60, otro de la misma estirpe, como un flash back, como un déjà vú, un eco, un homenaje cinematográfico, repitió: Cuando llego a tu altar, me arrodillo medroso y cobarde.

La primera afirmación es un re­clamo que, envuelto en un poe­ma, no da cabida a respuesta alguna. Así fue de zalamero toda su vida El flaco de oro, pues, si no, ¿cómo explicarse las Marías bonitas en su entorno? Por otro lado está la confesión de un sentimiento profundo, inextinguible y la convicción lógica, y del todo irreductible, de que una cosa es una cosa y otra cosa es otra co­sa. O séase, diría mi reciclable abuela: “habrá quien te ofrezca, ¿pero quien te ruegue…?” Cuando llego a tu altar, me arrodillo medroso y cobarde, agregó el siguiente versificador, pero, con la dignísima dialéctica de un oaxaqeño/guerrense, añadió: no voy a negar el calor de tus besos profanos, mas no me verás regresar con la flor del perdón en las manos. Los machines, especie en extinción, aún decimos: presentes.

Para los menores de 90, aclaración indispensable: Poeta uno, Agustín Lara. Canción: Hastío, 1938. Poeta dos, Álvaro Carrillo. Canción: Orgullo.

Bueno, pues resulta que así me siento: medroso y cobarde, al comenzar una saga dedicada a la candidata independiente doña Margarita Zavala de Calderón. ¿Cómo describir a la señora, en qué tono, de qué manera, bajo qué protocolo que no la rasguñe ni con el pétalo de un rosa, sobre todo siendo ella una Margarita? Lo que tan fácil sería con un varón, tratándose de una mujer la cuestión se complica. La perspectiva de género se convierte en un bumerán letal. Un acto delictivo, cuyo presunto culpable es un hombre, implica en automático, una serie de agravantes. Si el sujeto desconocido (sudes), se presume mujer, las excluyentes de responsabilidad brotan ­espontáneas.

Debo confesar de entrada que estas y otras caballerosidades, como las cuotas político-electorales, no me complacen a ­plenitud.

Sin embargo, porque entiendo que al margen, a un ladito de la dura lex está la vida de a devis, reconozco la necesidad de medidas radicales de cuestionable equidad en un momento y de innegables casos en que pagan justos por pecadores. Con frecuencia vemos entre los integrantes de las cámaras legislativas y también, por supuesto, en el gabinete, y en la administración pública en general, a verdaderas Cruelas de Vil, ocupando puestos que podían ser mejor desempeñados por un varón de más amplios saberes y mayores capacidades, pero a los que decapitó una de esas guillotinas que la Constitución, las diversas leyes y tratados rechazan como causas de discriminación: el sexo.

Pero seguramente por mi singularísima infancia: producto de una madre y cuatro abuelas reciclables (más adelante hay que agregar dos hijas), yo ya firmé poder notarial en el que declaro que de entrada, brindo mi apoyo incondicional a toda iniciativa, propuesta y aún acción, que promueva el mejoramiento, la superación de las condiciones de vida y posibilidades de desarrollo de la mitad (más tantito), de esa parte de la población del globo a la que tanto debo y a la que soy tan, digamos lo menos, proclive.

No me fue fácil asimilar el concepto de perspectiva de género y sus reclamos de transformación y trato cotidiano, pero me satisface decir que lo hice antes que la mayoría de los prelados de las más diversas denominaciones, que la mayoría de los políticos de los partidos en contienda, que muchos académicos e intelectuales, que los can­didatos que pregonan en la campaña las consignas libertarias y, en la cotidianidad, practican el Antiguo Testamento y, ya en la modernidad, el catecismo el padre Ripalda. Reconozco, finalmente que mucho miedo me dio la posibilidad que mis hijas, afortunadamente vivas y en pleno uso de sus facultades mentales (seguramente herencia materna), se unieran a mis entrañables compañeras feministas (y archifemeninas de mente y estampa), de los años idos (y ellas también), y me gritaran al unísono (a la manera del asesor Carville): ¡Es la historia, estúpido! Sí, la equidad de género, como cobranza de un pasado (y presente vergonzoso), es una monserga, pero también una reivindicación que en conciencia debe ser saldada con creces.

Aclarado lo anterior, también aclaro lo posterior: si en los meses por venir me topo con hombre, mujer o quimera y se trata de un depredador, de un violador, de un hampón, de un mapache cibernético o un funcionario público que funciona, y con eficacia extrema, pero fuera de la ley, para influir en decisiones que deben ser resultado exclusivamente de la libre conciencia del más vulnerable de los ciudadanos (votar, por ejemplo), lo voy a decir, a denunciar y a increpar. A nadie cause asombro, pálpitos o inflamación del epiplón, que los serios reproches que mi indignación provoque, sean dirigidos a un ciudadano del sexo femenino, masculino o al que voluntariamente, cualquiera de éstos haya decidido incorporarse. Como de puberto me enseñaron: el que se lleva se aguanta y chipote con sangre sea chico o sea grande.

Entiendo que los orígenes, y no me refiero tan sólo al ADN, sino a todas las vivencias que conlleva el ámbito inicial en el que el neonato surge a la vida y que automáticamente comienzan a definir en gran medida (no en la totalidad, ni menos irreversiblemente), su conformación futura, son en verdad importantes. No me formo en la filas del fatalismo histórico, pero no puedo ignorar el animus que impera en el recinto de llegada del nuevo terrícola: júbilo, tristeza, rencor, esperanza, ¿qué tanto influyen estos efluvios en el recién llegado? Podría intentar una profana opinión, si esta entrega fuera el capítulo inicial de una novela de las maravillosas hermanas Brontë (Emily, Anney, Charlotte), pero, hoy, por una vez seamos concretos, hablemos tan sólo de doña Margarita Ester Zavala Gómez del Campo.

Contesto una múltiple pregunta que me han formulado: ¿Tiene derecho doña Margarita, esposa de un ex presidente, a postularse como candidata a la Presidencia de la República? Pues pese a que haya vastas dudas razonables de que su marido haya ejercido el mismo honroso encargo en pleno uso de sus facultades, la contestación es simple: constitucionalmente lo tiene. Lo tiene, pese a que el ex haya sido tan mediocre y pillo como lo fue. Más pequeño que su estatura y su vocecita, más querendón con los Mouriños que con los niños Calderón Zavala.

Margarita tiene todos los derechos, pero muy escasos merecimientos. La fundamentación constitucional, de los primeros la escribí en reciente columneta. No está a discusión. Los merecimientos, obviamente, son muy, pero muy discutibles. La columneta está ávida de dar a conocer diferentes puntos de vista y abre para ello sus renglones. Adelanta, simplemente, algunos datos biográficos que resultan de gran utilidad para un juicio más objetivo.

Margarita nace en Ciudad de México en 1967, entre varios hermanos, uno de los cuales, dicen, desde chiquito se vio en problemas por alterar unos algoritmos para ganar unas canicas a los menores de la colonia Del Valle. Toda su vida, educada bajo la rígida moral cristiana de la época, bajo la severa vigilancia de los licenciados Diego Heriberto Zavala y Mercedes Gómez del Campo, ambos abogados panistas, acudió a una escuela de monjas bien reputada, el Instituto Asunción de México, del cual luego fue maestra. ¿Sabría ella quiénes eran los Timbiriches, las Flans o Michael Jackson? ¿Lograría convencer a los abogados con los que vivía, que los mallones eran un pecado venial frente a las minifaldas de la década anterior? ¿La joven Margarita Ester sufrió un vahído cuando la pérfida Madonna nos espetó: Like a virgin / touched for the very first time.

Todavía tenemos tiempo para conocer lo que en realidad han sido todos los que ahora pretenden presentarse como lo que nunca han sido… ni serán. Ya hablaremos de esto hasta el primero de julio y, por supuesto, mucho más allá.

Por hoy sólo comparto una información de Instituto Nacional Electoral que nos va a ser muy útil para entender el margallate que nos envuelve. Sobre todo para entender conceptos y figuras tan complicadas, como la de las candidaturas independientes. Según un comunicado oficial del INE, los primeros aportadores generosos, desinteresados, ciudadanos libres de toda sospecha fueron los honorables e impolutos Alberto Baillères y su hijo Alejandro, que para los avaros, envidiosos y mezquinos son los dueños de estas modestas tiendas de conveniencia llamadas Palacio de Hierro, pero que olvidan la amplísima extensión del territorio nacional que Felipe de Jesús les entregó durante su mandato, para las explotaciones mineras que tantos beneficios acarrean para miles de trabajadores y, por supuesto, para el país y el ecosistema mundial.

Pero, en fin, ya seguiremos hablando de esta patriota independentista que ya la hizo: Es una candidata totalmente Palacio.

Twitter: @ortiztejeda