21 de abril de 2018     Número 127

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER

Suplemento Informativo de La Jornada

Semillas I

De la “Revolución Verde” a los transgénicos


Los molestos campesinos son los únicos capaces de lidiar exitosamente
con la diversidad y variabilidad agroecológica.

“Si se controla el petróleo, se controla el país; si se controla la comida se controla la población”, dijo Henry Kissinger, uno de los más viejos y astutos halcones de la política estadounidense. Y las trasnacionales agroalimentarias están de acuerdo con Kissinger, pero añaden que para controlar la comida, es decir la población, es decir el mundo… hay que controlar las semillas. De modo que se propusieron adueñarse de ellas, de todas ellas. Primero introdujeron las híbridas que desplazaban a las variedades. Ahora son las transgénicas que amenazan con reducir la diversidad pues erosionan el genoma. “Nuestros mismos esfuerzos para producir cepas de alta productividad tienen el efecto de disminuir la variabilidad de la especie”, reconoce sin empacho Otto Frankel, que está en el negocio.

La “revolución verde”. Después de la segunda Guerra Mundial, algunos gobiernos del “tercer mundo” impulsaron reformas agrarias y fomentaron la pequeña y mediana explotación agropecuaria, pues veían en la producción campesina de alimentos baratos una palanca del desarrollo al servicio de acumulación capitalista urbano industrial. Pero al mismo tiempo que se consecuentaba a los rústicos, los tecnólogos del “primer mundo” se afanaban en diseñar el veneno que debía acabar con los molestos estilos, ideas y prácticas de los campesinos. Y ese veneno era una nueva y revolucionaria tecnología agropecuaria.

Así, los expertos al servicio del gran dinero concebían e incorporaban al campo recursos técnicos cada vez más sofisticados y agresivos, con la esperanza de que algún día podrían prescindir de la topografía, el clima, la fertilidad de los suelos, la lluvia y en general de las diversas, escasas y mal repartidas condiciones naturales, que a su vez dan lugar a la malhadada multiplicidad de los ecosistemas. Y de esta manera podrían también deshacerse de los molestos campesinos, diligentes agricultores que gracias a la “atención personalizada” de sus cultivos, son los únicos capaces de lidiar exitosamente con la diversidad y variabilidad agroecológicas.

Marchando a la vez en dos pistas. Mientras que en lo formal los agentes del capital impulsaban la propiedad social y la producción doméstica, en lo material trabajaban en el sometimiento de los agricultores a la lógica técnica y por tanto económica de la empresa privada. Y es que el sueño dorado del gran dinero es arribar algún día a la anhelada “transformación de la agricultura en una rama más de la industria”, con lo que -¡por fin!- los anacrónicos campesinos y sus promiscuas comunidades saldrán sobrando.

En la pasada centuria, la agricultura vive dos grandes mudanzas tecnológicas que responden al paradigma productivo capitalista. La primera, conocida como Revolución Verde, ocurre a mediados del siglo y representa una ruptura con progreso técnico anterior basado principalmente en la sofisticación que operaban los agrónomos de manejos y prácticas de origen campesino. Drástica conversión por la que el desarrollo técnico tradicional es crecientemente sustituido por una mayor irrigación y mecanización, pero sobre todo por el empleo de semillas híbridas y dosis intensivas de herbicidas, fertilizantes y pesticidas de síntesis química.

El “paquete tecnológico” responde al productivismo empresarial, pero también a las características de la agricultura estadounidense, donde predominan extensas unidades que trabajan en tierras planas y condiciones agroecológicas más o menos homogéneas, mientras que resulta menos adecuado para la pequeña y mediana agricultura familiar que impera en Europa y es francamente contraindicado para la pequeña y muy pequeña agricultura campesina bastante extendidas en el llamado tercer mundo, asentadas sobre ecosistemas heterogéneos de manejo difícil y necesariamente individualizado.

Sin embargo, el modelo gringo se impone a escala global pues es consecuente con el expansionismo estadounidense de la posguerra y está diseñado en función de sus intereses comerciales y agroindustriales. Su esencia es la especialización productivista y la simplificación al máximo de los agroecosistemas, mediante monocultivos intensivos y mecanizados desarrollados sobre tierras planas e irrigadas, donde se suple la progresiva pérdida de fertilidad con dosis crecientes de fertilizantes químicos y se contrarresta el incremento de plagas mediante el empleo masivo de pesticidas. Todo ello basado en semillas híbridas que suponen una dependencia absoluta respecto de empresas agrotecnológicas. Corporaciones que de esta manera inician su expansión y concentración hasta convertirse en gigantes trasnacionales.

Los esfuerzos por crear una naturaleza uniforme y monótona a imagen y semejanza del capital continuarán en las dos últimas décadas del siglo xx a través de los transgénicos, la informática aplicada a los cultivos y la nanotecnología, pero con la “Revolución Verde” se consuma en lo fundamental la subordinación material de la agricultura al capital en lo tocante al trabajador. Veamos por qué.

La separación drástica del hombre respecto de su campo de trabajo que es la naturaleza, tiene su condición formal y económica en el cambio de manos de la propiedad. Sin embargo, su base material es la tecnología y hasta mediados de la pasada centuria los avances productivos agropecuarios se apoyaban en gran medida en las prácticas y saberes de los propios agricultores. Pero cuando la agronomía clásica, cuya clave está en el manejo de los agroecosistemas, es suplantada por la mecanización, los insumos de síntesis química y las semillas de fábrica la tecnología se impone por completo sobre el agricultor y el campesino deja de usar el “paquete tecnológico” para ser usado por él.

Con ello se invierte también su relación con la ciencia que está impresa en la tecnología, pues la química y la genética en que se basan los nuevos recursos no son conocimiento sobre los ecosistemas —como el de los agricultores— sino sobre sus componentes simples. Y cuando el labrador es un campesino, el resultado de esta inversión es que ya no sólo trabaja para el capital, sino que es obligado a trabajar como el capital, en un comportamiento contra natura que con frecuencia lo lleva a la ruina.

Esta misma reducción y simplificación hace que las nuevas ciencias y técnicas agrícolas sean contraproducentes en términos socioambientales y en última instancia insostenibles. Entre otras cosas porque al basarse en semillas manipuladas dan lugar a sistemas de alta homogeneidad genética que por lo mismo son poco resilientes y las plantas de ellos derivadas se hacen más frágiles debido a los fertilizantes y los biocidas. En realidad, aun económicamente el modelo sólo es viable en ciertas condiciones agroecológicas y si se omiten en los costos “externalidades” como erosión, contaminación de suelos y aguas, pérdida de biodiversidad, envenenamiento de los trabajadores rurales y posiblemente de los consumidores, exclusión económico-social de pequeños productores no competitivos, entre otras minucias.

La imposición de la Revolución Verde despierta oposición social, una de cuyas vertientes es la lucha contra el consumismo de agroquímicos dañinos que arranca en los sesenta del pasado siglo. Este movimiento entronca después con la oposición al empleo en alimentos de conservadores, edulcorantes, colorantes y otros aditivos; más tarde con el cuestionamiento de ciertos fármacos y en general con la reivindicación del “principio de precaución”, inscribiéndose así en la histórica confrontación luddita contra una tecnología que no es ocasionalmente lesiva por accidente o enmendable falla científica, sino por su propia naturaleza mercantil y lucrativa antes que socialmente benéfica y ambientalmente pertinente.


El nuevo colonialismo genético.

En los años ochenta de la pasada centuria se modificó por primera vez una planta con técnicas de ingeniería genética, es decir, a través de la manipulación in vitro del genoma. En 1983 se solicitó la primera aplicación de patentes para una planta transgénica y en 1985 se concedió en Estados Unidos la primera patente industrial para una variedad de planta. En los noventa comenzaron a extenderse rápidamente los cultivos transgénicos, que  pasaron de 1.7 hectáreas en 1996 a 27.8 millones en 1998 y a 44.2 millones en el año 2000, la mayor parte en Estados Unidos.

Algunos pensaron que así se cumplía por fin la profecía decimonónica. Al descifrar el genoma, la biotecnología creyó haberse apropiado de las fuerzas productivas de la naturaleza, que ahora podían ser aisladas, reproducidas, y transformadas in vitro. Ya no con la hibridación entre especies de una misma raza o de razas emparentadas, procedimiento que replica lo que la naturaleza  y los agricultores han hecho siempre, sino entre seres de razas y hasta reinos distintos, lo que da lugar a transgénicos, mutantes presuntamente amables pero de comportamiento en gran medida imprevisible, seres vivos originales y de fábrica que, como una  máquina o un material de origen industrial, pueden patentarse para lucrar con ellos.

Pero al igual que la vieja agricultura, la flamante agrobiotecnología tiene una base natural pues el germoplasma es un recurso diverso, finito y abigarrado que forma parte de ecosistemas territoriales los más pródigos de los cuales están en el sur. Como al comienzo lo fueron las tierras bien ubicadas, fértiles, irrigables y con relieves y climas propicios, la biodiversidad, base de la ingeniería genética, es hoy monopolizable. Y esta privatización excluyente de un bien natural o domesticado por los campesinos es, como en el pasado lo fue la propiedad territorial, fuente de especulación y rentas perversas.

Se dirá que lo patentado no es el genoma tal cual sino el modificado, de modo que no se está privatizando un recurso natural sino uno tecnológico. No es así. Si bien los recursos sólo se constituyen como tales, es decir como económicamente rentables, a través de un proceso tecnológico, la materia prima de los procesos de valorización técnica y económica se han ido convirtiendo cada vez más en objeto de disputa, que se reserva por medio de derechos de propiedad exclusivos y sobre todo a través de las patentes.

La Red del Tercer Mundo llama a esto una “nueva clase de colonialismo genético”, y tiene razón. Si la recolección de especies para formar herbarios y jardines botánicos en las metrópolis norteñas puede verse como “acumulación originaria” de recursos genéticos, la formación de bancos de germoplasma que alimentan las manipulaciones de los modernos biotecnólogos sería una suerte de “reproducción ampliada”, pues así no sólo se atesora la vida sino que se la crea in vitro.

Se trata, sin embargo, de una peligrosa ilusión, pues la vida no es el genoma en sí sino los ecosistemas donde los seres vivos se reproducen. Es por ello que las compañías agrobiotecnológicas necesitan de biopiratas clandestinos y biocorsarios “legales” que permanentemente les proporcionen “materia prima”.  De esta ilusión tecnocrática -ser dueños de la vida- nos ocuparemos en un próximo editorial.

Continuará...

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