Opinión
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Imagen y temor
Luis Linares Zapata
A

unos cuantos días de la votación del primero de julio los temores se acrecientan entre los que piensan que serán afectados por el inminente cambio. La élite del oficialismo, actualmente en el poder, no discierne bien entre sus intereses –muchos de ellos espurios–, su muy posible expulsión del cuarto de las decisiones y los castigos adicionales que habrán de padecer. Han auxiliado a sus intelectuales orgánicos, sus muchos columneros y demás repetidores de consigna, a levantar una imagen por completo deformada de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y, ahora, ya no distinguen ni sus simples contornos, menos todavía la sustancia que, en efecto, le da sustento y la que, andando el mañana, orientará al gobierno. Tanto han predicado la catástrofe en caso de que López Obrador gane la Presidencia que ya se piensan víctimas indebidas. No atinan a entender lo que en verdad habrá de suceder con el país bajo un liderazgo distinto y, por derivada, para con ellos mismos. Lo cierto es que se verán obligados a separar las incontables mentiras y exageraciones que tanto propalaron o ayudaron a deformar antes de lograr su nuevo acomodo. Deberán ahora experimentar la sencillez, la simpleza y la hondura de un cambio efectivo, prudente, distintivo con el que, mañana, se habrá de gobernar.

El meollo de esta elección es su carácter plebiscitario. Se trata de votar entre la continuidad de un estado de cosas bien conocido y el rescate de la dignidad e independencia de una República que ha sido ferozmente capturada. Aceptar, aunque sea a regañadientes, que las ya varias camadas de élites perdieron el rumbo: la corrupción y el intenso trafique de influencias los definieron. Se ocuparon, eso con diligencia, de ir condicionando instituciones, normas, leyes, presupuestos, órganos para procurar justicia, medios de comunicación, árbitros de competencia y todo lo que pudiera contravenir sus privilegios. Seguir, al pie de la letra, las lecciones de un modelo expoliador de las mayorías se contrapone con la opción para definir las reglas del juego mirando hacia abajo. No es sólo un asunto de preservar los fundamentos de la economía como vara de toda decisión, sino de adjuntarle ingredientes políticos y, en especial, la indispensable ética justiciera, ausente por ahora entre los de arriba. ¿Cómo se puede enfrentar semejante desafío? AMLO lo responde con una certeza: calidad moral. De inmediato se alzan entonces las voces críticas de lo estructural diciendo que es simplista tal posición y que está condenada al fracaso. Hay que completar tan severa afirmación del abanderado de Morena con el respaldo que, a él y a su partido-movimiento, darán los millones de ciudadanos con su voto. La voluntad que expresarán el primero de julio será, ya no se duda, avasalladora. Bien puede decirse que, el próximo, será el primer gobierno no sólo de la alternancia efectiva, sino del deseado cambio transformador.

Los políticos a la usanza oficial se distinguían por su espíritu negociador a ultranza: es el meollo de la política que se afirma como paradigma. Por esta ruta se llegó a la parálisis, a las costumbres hechas ritual, al pánico hacia el cambio brusco, abjurar del pleito y la disidencia para, finalmente, caer en la completa ineficacia. Esta es, fue y trata de volver a renovarse, de continuar como esencia del quehacer público. No tener miedo al volcán es visto como prohibitivo, digno de revoltosos, destructores de instituciones y, al final, enemigos del bienestar popular. Una escalera de consecuencias predicha por elogiados académicos pero, ahora, rechazada con pasión por los mexicanos (cerca de 80 por ciento)

Pero la fractura de las certezas actuales no coexistirá sin tensiones. Los consensos fraguados durante décadas no serán fáciles de erradicar. La inercia misma los apoyará y causará malestares e incomodidades múltiples. Frente a este panorama se impone el afán de estabilizar esas contradicciones que habrán de surgir desde el mero interior del gobierno de nuevo cuño y que se esparcirán por buena parte de la sociedad afectada. AMLO no puede olvidar, empero, la ruta de justicia marcada de manera indeleble en Morena. Los nuevos añadidos a su grupo directivo, muchos de uso apaciguador, deberán ser neutralizados en sus factibles tentaciones restauradoras de usos y costumbres. Las presiones y alarmas ya se dibujan claramente en el horizonte: respetar los mercados, alegan con suficiencia de enterados. La izquierda no tiene un hacendista que sea reconocido por los centros mundiales del capital, afirman. Se debe buscar alguien con esa característica, ahora faltante en la propuesta de gabinete de AMLO. El neoliberalismo hegemónico endereza sus dictados sobre la secretaría que les preocupa: la de Hacienda. Ahí moran y se agazapan las fuerzas que han manejado al gobierno durante los decenios anteriores y ahí quieren, hasta con saña, continuar. Son esos tecnócratas respetados por los mercados, los que han sostenido a la plutocracia que los incubó. Forman un dúo temible y pueden obligar a recapitular al triunfador del primero de julio. Sería grave error ceder al respecto. No puede aceptarse la sugerencia de inscribir a personajes como Santiago Levy o Guillermo Ortiz en posiciones de tal influencia. Serían, sin duda, bien vistos por los mercados, pero en extremo disolventes para el núcleo y la extensa base de Morena. Correr el riesgo de ofender pruritos del gran capital es indispensable para darle viabilidad al nuevo modelo. Recordar siempre la fundamental legitimidad que dan los millones de votantes efectivos.