Opinión
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En los límites de la decepción
Octavio Rodríguez Araujo
I

ntento abstraerme de mi especialidad profesional para digerir lo que está ocurriendo en estas elecciones, pero no lo logro (debo confesar). Para donde quiera que volteé veo personajes de película de terror o de comedia de pastelazos. Simpatizo con Andrés Manuel López Obrador, esto es claro, pero no con todos sus candidatos de acá y de allá. Tampoco, por más que lo intento, con muchos de sus aliados, tanto personales como partidarios.

Me digo, con ánimo de convencerme, que así es la política: turbia, pragmática, carente de ética en muchos aspectos y que, aunque López Obrador fuera un ángel, que no lo es, pues los ángeles no existen, sus pasos hacia la Presidencia de la República, de él y de los otros, van recogiendo en los zapatos, quizá inevitablemente, basura y chicles tirados en la calle por gente poco civilizada. No podía ser de otra manera, en nuestro país hay mucha basura en las vías públicas y es, como todo mundo sabe, casi imposible encontrar un recipiente donde tirarla, igual se trate de una bolsa de chatarra que de un chicle o de una colilla de cigarro. En las calles de la política, por tanto, las cosas no podrían ser muy diferentes, con la salvedad de que los partidos se han encargado de recoger y reciclar lo que otros tiran o que han sido estimados como necesarios para obtener votos. Así de mal están los partidos y, para alguien como yo, que he defendido su existencia contra la opinión de los autogestionarios de toda laya, esto es decepcionante.

Si sólo se tratara de elecciones presidenciales la decisión de por quién votar sería fácil. Pero también tenemos que elegir a senadores y diputados federales y locales (en varios estados), a gobernadores y presidentes municipales (también en algunos estados). Y aquí es donde nos entra una especie de intranquilidad, por lo menos a mí. En los estados, a juzgar por algunos de los debates entre candidatos a gobernador, el problema ya no es de honestidad, si acaso, sino de inteligencia y cultura. Como si se tratara de dos Méxicos no sólo diferentes, sino opuestos. Tan grave es la situación que hasta El Bronco, por comparación, parece inteligente, y vaya que no lo es según hemos podido comprobar oyéndolo.

En un debate que vi el domingo pasado un candidato a gobernador acusó a otro de ser golpeador de mujeres. ¿Y qué hizo el acusado? Sonrió y levantó el puño con el pulgar hacia arriba como orgulloso de ser golpeador de mujeres. ¿Increíble? No, triste y lamentable (cualquiera que tenga Internet puede verlo a todo color y en HD). Igual de preocupante fue ver a un senador (con licencia) que, siendo candidato independiente a gobernador, acusó a uno de sus contendientes de ser extranjero (al mismo orgulloso de golpear mujeres) porque no nació en el estado (pero sí en México, agregó), cuando la Constitución Política de esa entidad establece que para ser gobernador se requiere haber nacido o residir en el estado por un determinado número de años antes de la elección. De este nivel de debate estamos hablando. De pena ajena y, la verdad, alarmante. ¿Votaría usted por cualquiera de ellos? Yo no, mejor anulo mi sufragio o me abstengo, con pesar debo añadir.

El panorama es desolador y todavía faltan más actos de campaña y el debate del martes en Mérida (que no pude ver antes de escribir mi artículo). Si a lo anterior agregamos las posibilidades de un gran fraude, que en opinión de algunos buenos analistas se está gestando, el futuro no se ve promisorio ni alentador. La improvisación y los ataques gratuitos parecen ser la regla, incluso entre candidatos que alardean de sus títulos y de su experiencia. En medio de mentiras y de declaraciones irresponsables, lo que parece que está por ocurrir es un cambio de poderes de la Unión y de algunas entidades federativas que no ofrece certidumbre ni madurez, ni siquiera inteligencia de todos los candidatos, sean del partido que sean.

No estoy diciendo que los candidatos a diputados y senadores de antes fueran mejores en todos los casos que los actuales, pero el reto de los cambios que ha propuesto Andrés Manuel López Obrador (que espero gane) requieren a los mejores hombres y mujeres del país y no a los más populares aunque sean francamente muy limitados e inexpertos. Que esto es lo que hay y ni modo, porque es una realidad que ya no se puede cambiar en estos momentos, no debería conformarnos, sino más bien preocuparnos. Confiemos en que por lo menos los próximos diputados, senadores, gobernadores y demás se sepan rodear de colaboradores y asesores que sí estén a la altura de lo que se necesita para que este país no siga retrocediendo por comparación con otros de condiciones económicas y sociales semejantes.

rodriguezaraujo.unam.mx