Tabarnia / León Bendesky

La expresión apareció hace apenas unos días, el 26 de diciembre, en el que se festeja a San Esteban, en las redes sociales y se define como “el independentismo dentro del independentismo”.


ene 01 09:09


Una bandera catalana pende en el edificio de gobierno de Girona, España. Foto Ap/Archivo

Barcelona . Por ahora Tabarnia no existe. La expresión apareció hace apenas unos días, el 26 de diciembre, en el que se festeja a San Esteban, en las redes sociales y se define como “el independentismo dentro del independentismo”.

Propone, a modo de broma según se dice, crear una comunidad autónoma dentro de Cataluña. Es, pues, la reproducción de la propuesta de independencia en la zona donde los partidos llamados constitucionalistas recibieron más votos en las elecciones del pasado 21 de diciembre.

En efecto, en la provincia de Barcelona los partidos constitucionalistas obtuvieron 45.9 por ciento de los votos y los independentistas 43.5. En Tarragona la división fue 49.5 y 43.6 por ciento respectivamente. En Lleida, en cambio, las cifras se invierten: los primeros recibieron 30.5 y los segundos 64.2 por ciento y en Girona 30.9 y 63.7 por ciento.

Tabarnia se concibe, específicamente, como un territorio anti-independentista en un área restringida que abarca apenas 250 por 60 kms cuadrados y que es la más rica y urbanizada de toda Cataluña.

Los promotores, que dicen contar con un grupo nutrido de seguidores: individuos, instituciones y empresas, se proponen tres objetivos con la creación de una nueva comunidad autónoma (la número 18) para: administrar más eficientemente los recursos que genera Barcelona (con una ampliación posible a algunas zonas de Tarragona), mantener la permanencia en España y recuperar la soberanía de la ciudad Condal como territorio autónomo.

Una cuestión que se desprende de esta inusual propuesta, tiene que ver con la forma en que se ha conducido el “procés” por la independencia y de modo cada vez más afirmativo desde 2013 hasta el reciente conflcito político que llevó a la intervención del gobierno central por medio de la aplicación del artículo 155 de la Constitución tomando el control político de la Comunidad Autónoma.

Se disolvió el “govern”, se encarceló al vicepresidente, y algunos diputados, además de los líderes de asociaciones catalinista, el “president” Puigdemont y un grupo de otros diputados de la Generalitat huyeron a Bélgica.

Esto ha representado un fenómeno que podría caracterizarse como el de la “política elástica”. Tiene que ver con el sentido que en un sistema democrático se da al concepto de la representatividad de los ciudadanos y el sentido del mandato que los partidos políticos reciben por medio de los votos.

De una parte, por ejemplo, la actual encargada del partido Esquerra Republicana, Marta Rovira (pues Junqueras está preso), ha declarado que luego de las elecciones del 21D los ciudadanos han reafirmado el mandato para declarar la independencia de manera unilateral.

Pero si tiene apenas poco más del 47 por ciento de esos votos, vale la pena, entonces, desde la perspectiva ciudadana cuestionarse, insisto, sobre la representatividad y el mandato a los partidos. Cuarenta y siete por ciento no es una mayoría y en el caso de una acción tan trascendental como la independencia no es muy claro, a priori, cual debía ser la mayoría legítima y en qué circunstancias queda la otra parte.

El caso de Quebec es una referencia interesante al respecto, donde quedaron plasmados legalmente los requerimientos para alcanzar la independencia de una región del resto del país.

Del lado del gobierno central, también hay condiciones de una política elástica. En este caso tiene que ver con el trabajo político en un conflicto de la envergadura del que existe en Cataluña.

Han sido años de ninguneo y desatención hasta que se provocó el enfrentamiento abierto y se llegó a intervenir las instituciones autónomas, deshacer el gobierno establecido y encarcelar a los promotores de la independencia. Todo ello sustentado en una aplicación rigorista de la ley. Y si la ley y la Constitución son normas básicas de un acuerdo político-institucional, es un recurso que requiere de imaginación, templanza y de un proyecto político claro para una nación.

En el editorial del día de hoy del diario barcelonés La Vanguardia se destaca el asunto de Tabarnia. Lo ubica como una ridiculización de los argumentos que más repite el soberanismo, o sea, el expolio fiscal por parte del gobierno central y el derecho a decidir.

Lo califica como un simple ejercicio de sarcasmo, pero apunta a un fenómeno que es relevante y se trata del “poder emergente de las ciudades globales”. Propone que en tanto que los Estados se sumen en una crisis de tipo existencial, las grandes urbes están interconectadas y adquieren mayor protagonismo como entidades sociales y políticas.

Como ocurrió en Estados Unidos el año pasado en la elección de Trump, se advierte una separación del comportamiento de los votantes de las ciudades grandes y de las zonas urbanas más pequeñas o de de tipo rural.

Cita a Manuel Castells, que ha señalado que “el poder social, económico y cultural se concentra cada vez más en las urbes mayores con la consiguiente exclusión de las más pequeñas y las zonas periferiféricas que tienden a desconectarse de las redes globales”.

Este es un proceso que amerita mayor atención por sus repercusiones en la cohesión social de las naciones tal y como se las piensa convencionalmente. Me parece que un aspecto tiene que ver, como indica el problema catalán, con la diferencia entre la identidad misma y el sentimiento propiamente de lo nacional.