“Una simple idea, por insignificante que parezca, puede cambiar al mundo”. Con esta frase, Clarissa, de 17 años, concluyó su mensaje. Ella, junto con dos de sus compañeras, Doryan y Julisa, con apenas 16 años de edad, habían logrado su sueño: viajar a la ciudad de México para recibir el reconocimiento por su trabajo científico. Dos años antes, las adolescentes habían iniciado un estudio con la ayuda de una de sus maestras, la bióloga Esthela Olguín Gálvez, del Centro de Estudios Científicos y Tecnológicos (CECT) del estado de Hidalgo, con el fin de evaluar el posible papel del mucílago del nopal (baba), para la obtención de agua potable, investigación con la que ganaron el primer lugar del Premio Nacional Juvenil del Agua, que recibieron la semana pasada en una ceremonia realizada en el Museo de Ciencias Universum de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
“Entre Georges y yo hubo, y sigue habiendo, una amistad amorosa. Una amistad que comenzó en 1980, date cuenta”, me dice Cristina Rubalcava hablando de Georges Moustaki.”
Al poder le encanta espiar, pero espiar casi siempre es delito: lo es, en la mayoría de las legislaciones modernas, cuando se espía a las personas sin orden judicial, y lo es también cuando en un país cualquiera un agente al servicio de un gobierno extranjero intenta escudriñar los secretos de estado del anfitrión. Por eso, la sola existencia de oficinas de “inteligencia” constituye casi una admisión tácita de que el poder está dispuesto a violar las leyes –las propias y las de otros países– en la materia. La seguridad nacional es uno de esos terrenos en los que, se nos dice, el fin justifica cualquier medio.
Desde que fue aprobada la reforma a los artículos tercero y 73 constitucionales, y fue bautizada con el tan desafortunado nombre de “reforma educativa”, el debate no ha logrado encontrar una senda racional y ordenada. Especialmente la escuela primaria y la secundaria han vivido por décadas en un oscurantismo subdesarrollado, y el debate actual lo ha oscurecido más y más, enrarecido notoriamente y crispado de tal modo, que la probabilidad de que la escuela quede hundida en el oscurantismo, es realmente probable.
El encuentro del Grupo de los Ocho países más industrializados (G-8), que tiene lugar en Enniskillen, Irlanda del Norte, de por sí tenso y pleno de desacuerdos, tiene como telón de fondo el creciente escándalo por las revelaciones sobre la dimensión, la extensión y la sistematicidad de las redes de espionaje estadunidenses y occidentales, puestas al descubierto recientemente por el ex empleado de la CIA Edward Snowden.
Las crecientes movilizaciones indígenas en América Latina en defensa de sus territorios están centradas en la reivindicación del derecho a la consulta y al consentimiento previo libre e informado que con ser de naturaleza procedimental, su violación sistemática es hoy por hoy el más fuerte reclamo de cara a las concesiones sobre minería y megaproyectos.
Los empresarios están nerviosos. Su asalto a la educación pública se topó con grandes inconvenientes. No lo esperaban. Centenares de miles de maestros la resisten. Sus argumentos para justificar su ofensiva pierden peso en la opinión pública. La Evaluación Nacional de Logro Académico en Centros Escolares (Enlace) –que ellos publicitan como la panacea que sana todos los males educativos– hace agua.
Hace muchos años, el “Newseum”, descrito como “el más prominente museo de medios de Estados Unidos”, me pidió donar un trozo de metralla que cayó fuera de mi casa en Beirut, durante un brote de combates sectarios en 1983, en lo más intenso de la guerra civil libanesa; supongo que quería mostrar los peligros a los que los reporteros se ven expuestos en su trabajo cotidiano. En esos días en verdad guardaba trozos de metal y viejos cartuchos –entre ellos un pedazo de un proyectil de artillería del navío estadunidense New Jersey que se estrelló en los bosques de las montañas Chouf–, para recordarme que pertenecía a una especie en peligro. Pero tuve la extraña sensación de que algo que se llamara “Newseum” tenía que ser una institución sospechosa. Así que conservé en casa mi pedazo de metralla.
El trayecto que en carro me había tomado menos de media hora, a pie fue otra cosa. Intenté caminar por la playa pero una peñas francamente infranqueables me convencieron de volver a la carretera, que a ratos subía y se internaba en los bajos de la sierra, para descender adelante y entonces asomaba el espejo cálido del mar, casi negro, atravesado por un golpe helado de blancura lunar. Más de dos horas después llegué a la playa donde había dejado a los Pérez en su peculiar celebración. El camión de la caja roja seguía ahí, con su “Puros Pérez” escrito en la defensa trasera. Ya no bailaban, ni tocaban música.