2014-04-13

María Félix

–¿Es cierto que tiene voz de sargento?

–Creo que hablo como mi tío Miguel, pero me he acostumbrado tanto a mi voz que ya no me oigo. De cualquier modo, es mucho mejor tener una voz así que una de pito.

–¿Quién es su tío Miguel?

–Dije mi tío Miguel como pude haber dicho mi tío Bernardo o mi tío Juan, cualquier tío.

–¿Es cierto que es usted muy hombruna?

–Eso lo juzgará por sí misma y lo dirá usted al describirme. Véame, ¿le parezco hombruna? Sí, sí lo sé, traigo pantalones, me encantan los pantalones, pero los traigo por fuera, no por dentro.

Allí está, blanca y negra, negra y blanca, como reina de baraja, con sus pantalones de Cifonelli (pronúnciese Chifonelli), “es el sastre de mi marido”, y su casaca de Dior, una chaqueta negra espléndidamente bien cortada, abierta a los lados. Su pelo largo –“ahora me lo dejé crecer”–, ébano, ala de cuervo, brilla con reflejos azul profundo. “Cuando tiene una la suerte de tener bonito pelo, ¿por qué ponerse postizos o pelucas?” Y sus mejillas, manzanas lisas, también brillan. Camina como las fieras desplazando a su derredor ondas misteriosas. A veces se encabrita sobre sus botitas de charol, y uno la sabe peligrosa, rebelde, fogosa, con un aplomo de amazona que ha franqueado todos los obstáculos. Nunca se sienta. Erguida enseña sus cuadros uno a uno: Leonora Carrington, Leonor Fini, Diego Rivera, Sofía Bassi, Remedios Varo, pero sobre todo Leonora Carrington, de quien María habla mucho porque la quiere. “Es mágica, yo amo la magia. Por ella, por Leonora, pondría mi mano en el fuego. Sería capaz de cualquier cosa”. Sobre su pecho lanza destellos una joya flexible y le pregunto si será una pantera.

–Es un puma –responde María Félix–. Álex, mi marido, me llama “puma”, seguramente por lo buena gente que soy y lo fácil que resulta mi carácter.

Los aretes, grandes hojas de diamantes y esmeraldas, también son de Cartier. Unas mancuernas: dos ojitos azules, surrealistas y una camisa blanca con cuello de jockey. “Le pedí a mi jockey que me prestara su camisa y se la copié, pero sólo el cuello, ¿eh?” Se quita los aretes de las orejas que se ven muy pequeñas, delicadas, pegadas a la cabeza: “Sí, tengo orejas muy bonitas y están muy limpias. A mí me gusta lo limpio. Si de algo tuviera yo que presumir sería de mis orejas, aunque ya sé que tengo un físico agradable”.

Lo más llamativo de La Doña es su manera de moverse, de ir hacia un cuadro en la pared y señalar otro, buscar la mirada del interlocutor, rescatarla, demandarla imperiosa, y atornillar sus ojos en los de uno. Mientras habla y hace ademanes, que los campesinos llaman “del corazón”, relampaguea un enorme diamante. “¿Verdad? ¿Qué le parece, Elenita? ¿No lo cree usted así?”, inquiere a cada respuesta y el diamante corta el aire con sus mil aristas.

Dicen que su rostro es duro e inexpresivo, que lo único que sabe hacer es levantar la ceja; me fijo en la ceja, no la levanta una sola vez; trato de recapacitar: “¿Es este un rostro inexpresivo?”, no, ni de chiste, quizá es un rostro agresivo por vital, por enérgico, por bien dibujado, porque la perfección siempre aturde; un rostro limpio. No, no señoras y señoritas, María Félix no se pinta, no trae pan-cake ni maquillaje; sólo los labios muy rojos, las pestañas muy negras, los ojos muy brillantes, los dientes muy blancos. No, no señoras y señoritas, ni una sola arruga, ni un solo pliegue amargo en la comisura de los labios, nada se va a pique. Vehemente, gira como un carrusel, gira sobre sí misma, gira dentro de su casa de 500 metros en la calle de Hegel, amplificada por un espejo –de pared a pared– que la agranda y la refleja hasta al fondo del jardín: “El espejo fue idea de mi marido. Qué bien distribuida es esta casa, ¿verdad?” Gira sobre sus botitas, expectante, retadora, invierte mucha energía en contestar las preguntas de la entrevista, demanda el diálogo, la comunicación, y yo, aplastada en uno de sus sillones como un flan de sémola, la miro ir y venir boquiabierta ante este espectáculo inesperado y sólo para mí. “¿Qué opina, Elenita? ¿Le gusta? ¿Cómo ha estado? Dígame, ¿ha estado bien?” Luego se sienta muy derecha en un sofá, junto al sillón en que aguardo patidifusa, y se mantiene erguida muy tiesa como soldado a punto de blandir su fusil.

–Mi mamá desde la infancia nos enseñó a sentarnos derechos y nos ponía tirantes para que nuestros hombros no se cayeran hacia delante. Y en el colegio, las monjas verificaban si en efecto traíamos los tirantes. A mí me corrieron de muchos colegios, por indisciplinada, por bárbara; del Sagrado Corazón, de otros, pero eso sí, nunca me rebelé contra los tirantes. Mi mamá se iba a meter de monja, pero en vez de hacerlo mejor tuvo 12 hijos. Oiga, ¿está usted cómoda? ¿No quiere tomar nada? ¿Ni un café? Hoy se me hizo un poquito tarde porque Álex, que está en Europa y tiene “telefonitis” aguda –me habla tres o cuatro veces al día–, me pidió que lo alcanzara mañana en Nueva York. Le dije: “Espérate a ver si puedo conseguir boleto”. Y allí me tiene colgada del teléfono tratando de arreglar este viaje inesperado. No, no me gusta el avión; lo utilizo mucho, pero me sigue dando miedo. Me persigno en mi asiento y rezo; soy creyente, absolutamente católica, apostólica y romana. Y en las noches rezo mucho.

–¿Qué reza usted?

–Unas oraciones que me enseñó mi mamá de niña y se me han quedado. Sabe usted, lo que más nos marca en el curso de toda la vida es la infancia.

–¿Cuáles son esas oraciones?

“Santa Mónica bendita,
acomoda mi camita
que ya me voy a dormir.”
O si no, rezo esta otra:
“San Jorge bendito,
ata tu animalito,
para que no me pique.”

Entre tantos cuadros surrealistas, porcelanas de Sevres, manitas de porcelana sobre cojines, damascos y terciopelos, el gran cuadro en el que Diego Rivera cubre a María Félix de transparencias es como una ventana por donde entran luz y aire. En él, María Félix tiene un rebozo en la cabeza y un niño en los brazos.

–Me gusta mucho. El niño es el nieto de Diego, el hijo de Picos. Es bonita esta maternidad, ¿verdad? Diego la hizo así al carbón, desde lejos, el carbón sobre un largo “fuseau”, y yo estaba fascinada viéndolo (María Félix imita a Diego). Después me regaló el dibujo y me mandó hacer este marco blanco con un ebanista de Coyoacán. Dijo que el marco iría bien con el estilo de la casa.

Tengo el ojito nuevo

–¿Qué es lo que cree usted haberle dado a la gente, a su público, además de sus películas?

–Le he dado la imagen del éxito. Yo soy la imagen de la salud, de alguien que se mueve bien en su piel y está de acuerdo consigo misma. Soy la imagen del gusto por la vida, del ojito nuevo. Sí, sí, tengo el ojo nuevo, todo me interesa, todo me llama la atención: los conciertos de Vivaldi que se dan los sábados en el convento de Tepotzotlán, como los toros que todos saben que me encantan, o… el box. Nomás que al box ya no me lleva mi marido, porque es un público bragado, oiga usted, y además ahora, con la televisión puedo verlo desde mi casa. ¡Me siento bien! Si uno está guapo por dentro naturalmente se refleja y embellece el exterior.

–Greta Garbo “la divina”, representa el misterio; Marlene Dietrich un nuevo tipo de “sex appeal”, ronco y frágil a la vez; Dolores del Río, el triunfo de la belleza morena que se impone en Hollywood a tal grado que la llamaron la Rodolfo Valentino femenina. Usted, ¿qué cree representar?

–A la mexicana triunfadora que no se deja. Yo no soy una dejada. Nunca lo fui. Desde pequeña, mi madre nos enseñó a defendernos. Somos 12 hermanos. Eran 11 en mi contra. Yo siempre tuve una espada invisible. Además, mi madre me decía: “Si tus hermanos hombres te golpean, tú contéstales”. Entonces cuando me daban un trancazo es porque yo ya había dado dos.

–Usted declaró alguna vez en una entrevista que la gente era mala. ¿Sigue creyéndolo?

–Yo no creo haber dicho eso. Al contrario. Para mí, cada gente tiene un interés. Si pensara así, yo estaría amargada, y de amargada no tengo nada.

–Pero usted se defiende muy bien cuando la atacan.

–¡Claro, sé defenderme! Alguna vez un periodista me preguntó con muy mala leche: “Y a usted le gusta mucho hablar de sí misma, ¿verdad?”, y le contesté: “Yo prefiero hablar bien de mí a hablar mal de los demás. Ahora, si usted viene expresamente a entrevistarme supongo que no quiere que le hable del vecino, sino de mí misma”. En México, cuando la quieren insultar a una, le dicen que está vieja. Amparo Rivelles, que es muy mi amiga y me puede decir todo lo que se le antoje, porque no tiene mala uva en la tripa, en una entrevista de televisión me preguntó de plano: “¿Cuántos años tienes?” Mire usted, Elenita, yo no le tengo miedo a ser vieja, le tengo miedo a algo que va mucho más allá y que viene de mucho más lejos que la vejez: al derrumbe de una mujer. No le tengo miedo ni a las canas ni a las arrugas, sino a la falta de interés por la vida; no le tengo miedo a que me caigan encima los años, sino a caerme yo misma. Evitarlo depende de mí, y por eso ando girita como una bicicleta. Un día alguien en la calle me gritó: “Vieja”, y un periodista me preguntó después cuál había sido mi reacción, le dije: “Yo ya fui al infierno y hablé con el diablo”.

Entrevisté primero a María Felix en la calle de Berlín numéro 4, cuando vivía con Jorge Negrete, luego en su casa de Catipoato, en Tlalpan, y finalmente en su casa de Hegel, que Álex Berger diseñó para ella. La casa, más bien pequeña, tenía grandes espejos que la reflejaban, la multiplicaban, la estrellaban, la volvían cielo e infierno a la vez. Recuerdo que me dijo que su belleza había sido una muy buena almohada y que ser feliz costaba un trabajo de la cachetada, pero que ella tenía un natural peleonero. “Es difícil aguantar durante muchos años que le digan a uno que es una diosa, que no hay nadie mejor”. Ahora, más de 20 años después, creo que, a pesar de no ser una buena actriz y ser siempre ella misma, María Felix sigue siendo la mejor.

Su pelo largo, ébano, ala de cuervo, brilla con reflejos azul profundo. “Cuando tiene una la suerte de tener bonito pelo, ¿por qué ponerse postizos o pelucas?” Archivo