2015-07-26

Isela Vega, símbolo sexual del cine mexicano

-Todos me preguntan que por qué ando en cueros y yo les pregunto que por qué andan vestidos.

–¿Quiénes son todos?

–La gente, Elena, la gente.

–Y, de veras, Isela ¿por qué anda desnuda?

–Porque así me parieron.

–¿Es cierto que usted puede salir con tranquilidad a la calle aun siendo estrella de cine, porque nadie la reconoce vestida?

–¡Ay, qué pregunta tan mamona!

Por lo pronto, Isela Vega está vestida con un pantalón de mezclilla y un suéter de resorte blanco. Me sorprende verla así, porque los fotógrafos aseguran que los recibe con la bata en la mano y “las vergüenzas” al aire. El pelo rojizo le cuelga alrededor de la cara de facciones rotundas y no tiene una gota de maquillaje. Es guapísima y emana sensualidad. Sus ojos color miel tienen una extraña aureola azul que los torna únicos. En la sala donde platicamos, una señora cose a máquina. Isela Vega se ha sentado en el suelo sobre uno de los muchos cojines de todos tamaños y colores dispersos sobre la alfombra. En los muros hay carteles del Che Guevara, uno de Paul McCartney, el más “carita” de los Beatles, y de una alcayata en la pared cuelgan en su gancho varios vestidos. De pronto la Singer deja de sonar. “¿Cómo le hago, Isela?” Isela camina hacia la señora de la máquina, da indicaciones, regresa y me explica:

–Siempre me ha gustado coser y toda esta ropa que ves aquí ya está vendida. De repente me encuentro en la calle a alguien que me grita: “¡Iseeeelaaa, mi vestido! ¿Qué pasa con mi vestido?” Todo el mundo me pide un modelo. Aprendí a diseñar en Estados Unidos, durante tres años, y vine a México a trabajar en la costura, pero como aquí no se hace nada, sino copiar patrones, muy pronto dejé de interesarme.

–¿Por eso ya no quiere saber nada de la ropa? ¡Ya se me hacía un sinsentido que usted se dedicara a coser!

–Mira m’hija, no te me pases de lista, te voy a explicar: yo fui reina del carnaval en Sonora, vine hace 11 años “a conocer” y me quedé. En vez de diseñar, me convertí en modelo. Más tarde fui a la televisión a modelar cosméticos...

–¿A poco los cosméticos se modelan?

–A hacer demostraciones, a que te embarren la cara con todas esas fregaderas; el caso es que terminé cantando en los bares, en los cabarets.

–¿Cantas bien?

–Canto mal, pero fuerte.

–¿Como Lola Beltrán?

–No, yo canto más fuerte.

–Pero ¿qué cantabas?

–Todo lo que estaba de moda: blues, boleros, baladas, lo que fuera. Soy muy buena para el bolero. Cuando necesitaban cantantes para las películas me llamaron. Tomé clases de actuación con Seki Sano y me fueron dando papeles más importantes hasta que ahora Francisco del Villar, Emilio Gómez Muriel, Sam Peckimpah y otros me dan estelares.

–Entonces, ¿nunca quisiste ser actriz?

–No. Quise ser diseñadora de ropa.

–¿Y ahora?

–Ahora ya soy actriz.

–¿Buena?

–Buenísima. He filmado Las pirañas aman en cuaresma, El festín de la loba y La primavera de los escorpiones, en las que tengo no menos de dos o tres amantes y aparezco desnuda en varias escenas. ¡Son muy malas! La primera película internacional que filmé fue con Richard Harris en Durango y Morelos, y se llamó Killbrand. He filmado en España y en Argentina, pero no son cintas de distribución mundial.

(Del cuello de Isela Vega cuelga una cadena con muchos dijes, entre ellos un corazoncito azul marino.)

–Tengo muchos temas de los cuales quisiera yo hablar, Elena, por ejemplo, de moral. Yo soy artista, no tengo moral, no tengo límite.

–¿Qué quieres decir con eso? ¿Por qué no tienes moral?

(El teléfono suena, Isela se levanta y ella misma contesta.)

–Porque me parece una limitación.

–¿En qué te ha limitado a ti que haces lo que te da la gana?

–Si tuviera moral me limitaría en todos mis actos, sobre todo en el trabajo.

Mientras dice todo esto, la sonorense Isela Vega no deja de besar a su hija Shaula. Las dos han sacado una caja llena de retratos y la niña me enseña al actor Jorge Luke, en Guanajuato, filmando El Santo oficio. “Mira, papi”. Isela pregunta a su hija: “¿Sabes lo que es la Inquisición, Shaula? Mi hijo mayor tiene nueve años, Arturo, míralo aquí, está también desnudo, tenía dos años entonces y es hijo de Alberto Vázquez, que no canta ni tan bonito. Mira, esta foto es de cuando hice mi Primera Comunión. Yo quería un vestido de mucho vuelo, ampón y le faltó tela, y me sentí muy defraudada. Lo que más recuerdo de mi Primera Comunión es que no me gustó mi vestido porque siempre quiero verme más bonita.

–¿Más bonita que ninguna?

–Sí. Mi existencia toda ha sido un reto. De niña nadie me callaba, me daban de nalgadas y yo seguía discutiendo. A los ocho años decidí que ya no quería ir a misa. Mi mamá era muy mocha, pero mis tías eran aún más mochas y me rociaron con agua bendita. N’ombre, m’hijita, el día que decidí ya no ir a misa fue un escándalo, nadie lo podía creer, yo discutía acerca de la existencia de Dios y me callaban a bofetadas.

–¿Y ahora haces lo que quieres?

–Sí, gracias a Dios y a María Santísima.

Isela usa la palabra “onda” “chavo”, “maestro”, “patín”, “rollo”. Prende un cigarro para explicarme que lee a Ouspensky, Gurdjieff, Jalil Gibrán y hasta la Biblia. “Así como las buenas familias recurren al Manual de Carreño para saber cómo conducirse en sociedad yo uso para mi esencia espiritual, ondas de otro nivel. De la forma no quiero saber nada, no creo sino en la libertad en el sexo.

–No sé lo que quieres decir por libertad en el sexo.

–Es una actitud ante el sexo. Por ejemplo, en las películas que he filmado, y son bastante malas, pero no por mi culpa, cambio los diálogos para no falsearme a mí misma, le saco la vuelta a la gazmoñería y trato de decir algo que valga la pena, porque me importa que la gente me crea.

–¿Y cómo te ha respondido el público?

–Mis películas son las más taquilleras. Allí tienes la respuesta del público, m’hija.

–¿Y cuál es la película con la que más te identificas?

–Esta que filmo ahora con Sam Peckimpah, Tráiganme la cabeza de Alfredo García, un western violento filmado en el ambiente actual. Es la cinta en la que me he sentido más creativa. Peckimpah es un director extraordinario que sabe de cine todo lo que hay que saber. Se ríe como loco o se pone a llorar. Él es todos los personajes. Nunca en mi vida me había sentido tan bien, ni siquiera con Alejandro Jodorowsky.

–¿Le has cogido cariño?

–Le he cogido de todo.

–Y, ¿qué opinas de los hombres?

–Yo he tenido maridos, amantes y aves de paso, y he sido feliz con todos ellos. Tengo muchos amigos y muy pocas amigas, porque todas son unas frígidas. Y cuando no sabes hacer el amor, te vuelves pendeja.

–¿A poco no te has encontrado una sola mujer valiosa?

–Sí, a Antonia Mora, la del libro Del oficio, un libreto para cine. También la actriz Ofelia Medina, que es un amor de persona, una chava inteligente, muy acá; a Alda Leiter y a Bertha Cuevas. A ellas las considero mis amigas. Claro, tengo muchas amistades epidérmicas, porque mi idea básica es que nadie es más importante que la persona que tengo enfrente. Nunca he tenido dificultad alguna para comunicarme con los demás.

–Dicen que en el teatro tú les contestas a todos...

–Sí, soy muy respondona. Los callo de un grito.

–¿Si te dicen groserías, respondes groserías?

M’hija, la duda ofende. Para eso tengo boca.

***

La entrevista con Isela Vega la hice en dos tandas del mes de noviembre de 1973. Al día siguiente me recibió sentada en el suelo en posición de loto, enfundada en una bata lila bordada de blanco. Me encantó que caminara descalza por toda su casa, que tiene buenas vibras, sus muros cubiertos de reproducciones de Modigliani. Bebía un tecito de manzanilla, la Singer no dejaba de sonar, las macetas de geranios floreaban, el piano cerrado, formaban una atmósfera creativa.

–Me estaba asoleando en la azotea, por eso me ves en bata.

–¿Siempre dices la verdad?

–Siempre, desde niña. Cuando dije que yo podía discutir la existencia de Dios, toda mi familia levantó los brazos al cielo despavorida.

–¿Te consideras equilibrada?

–Sí, vivo en paz conmigo misma.

–Pero, ¿por qué escandalizas?

–Sólo por ser yo ya escandalizo sin proponérmelo, desde que soy niña; la historia de mi vida parece resumirse en un verbo: escandalizar.

–¿Te molesta escandalizar?

–A veces me cansa. Hice Zaratustra porque me lo pidió Alejandro Jodorowsky. Al vernos a Carlos Ancira y a mí desnudos se escandalizaron los que quisieron. De Zaratustra, la primera noche, se salieron ante mis ojos una señora, sus dos hijas y los novios de sus hijas apenas nos empezamos a quitar la ropa. Tuvimos lleno completo todas las noches… A mí, Nietzsche me queda al centavo como me queda al centavo Alejandro Jodorowsky, cuya puesta en escena me pareció perfecta. ¿Cómo podía yo hacerlo si no estando desnuda? Para mí, la vestimenta es la forma y ésta no me dice nada, más bien estorba. ¿Cómo enfrentarse a Zaratustra vestida? No lo concibo.

–¿No crees que la gente iba al teatro sólo para verte desnuda?

–Este es problema de la gente, no mío. Para mí fue una labor artística y espiritual. Mi sueldo era de 250 pesos diarios, así es que no puede hablarse de un espectáculo comercial y en Zaratustra se fue un año de mi vida.

–Eres una mujer muy fuerte, ¿verdad, Isela?

–Sí, soy muy fuerte y no me ha destruido el éxito, porque en este país odian el éxito. Lo que más les complace a los mexicanos es poder decir: “¡Ah pobrecita!”, y yo no soy ninguna pobrecita.

“Si te sucede alguna desgracia, los mexicanos se derriten; si te va bien, te odian, odian el éxito. En este país, el mejor disfraz es el de limosnero. A los hombres les encanta ‘pobrear’ a las mujeres. Si pareces frágil, mansa, mensa y aturdida, los señores se desviven por ti. Pero una mujer que piensa, discute, razona, una triunfadora, eso sí los tarados no lo aguantan. Yo creo mucho en el gran viaje que es la vida, por eso no puedo perderla con un pendejo. Para mí, la vida es un carrusel. Voy montada en uno de los caballitos y al ir dando vueltas me encuentro con gente que tengo que dejar en el camino –aunque no lo desee–, pero la dejo porque tengo que seguir el viaje. No me puedo quedar más que lo que sé para el carrusel, no puedo alterar mi ruta. Lo que te quiero decir es que he aprendido con mucho trabajo a vivir el presente, he logrado que no se me vaya el momento; lo más importante para mí, ahora mismo, es que estemos hablando tú y yo una frente a otra, y trato de vivirlo en su totalidad.”

–¿No piensas en otra cosa? Yo no tengo ese poder de concentración, Isela. Pienso en ti, pero también en qué lata que se me descompuso la licuadora.

–Entonces no estás viviendo el presente y ese es un error gravísimo que pagarás con mucha angustia. De adolescente, fui inconsciente, vivía el futuro, pero nunca el momento, nunca. (Sonríe una sonrisa muy tierna.) Mira, un montón de momentos felices hacen una felicidad. Por no vivir el momento ni pensar que la persona que tienes enfrente es la más importante, todo se vuelve relativo.

–¿No consideras que te has dañado a ti misma?

–No. Creo que para no hacer daño a nadie necesitas empezar por no hacerte daño a ti misma. Los niños tienen muchas más defensas de lo que uno cree. Todos somos changuitos sin pelo y lo primero es conocerse a sí mismo, aunque cueste mucho trabajo. Lo principal es ser capaz de decir “no” a muchas cosas. A la hipocresía, a la malevolencia, a las formas. A mí me han tachado de inmoral porque me desnudo. Yo quisiera preguntar a cada uno qué entiende por moral. Para mí es inmoral la corrupción política, el engaño, el fraude, el robo de urnas, desvestir a una mujer en la imaginación, como hacen los políticos, los empresarios, los banqueros, los tlatoanis y los burócratas que aspiran a jefazos. ¿No te parece a ti corrupta la justicia en nuestro país? ¡No hay peor tugurio que la procuraduría de la nación, ni peores delincuentes que los jueces y sus achichincles!

¿No creen ustedes, queridos lectores, que el Festival de Locarno tiene mucha razón en hacer un homenaje a Isela Vega en su edición 68? Así se lo han rendido desde hace más de 10 años en El Hábito, Jesusa Rodríguez y Liliana Felipe, y en el Zócalo, ante un millón de espectadores, Andrés Manuel López Obrador.

Isela Vega recibirá un homenaje en el Festival de Locarno, en agosto próximo. Aquí, en una entrega de Arieles de 2007 Roberto García Ortiz