2015-07-05

Las Mañanitas del Faro de Oriente a Carlos Monsiváis

Nada le gustaría más a Carlos Monsiváis que este recordatorio en el Faro de Oriente, en Iztapalapa, la delegación más numerosa del Distrito Federal: 2 millones de personas que tienen ingresos más bajos que en cualquier otra colonia. En Iztapalapa hay reservas de energía social formidables que a todos nos emocionan, aunque en la actualidad 14 mil viviendas y 15 escuelas se han colapsado por la explotación desmesurada de los mantos acuíferos y los pobladores sufren falta de agua, aunque la delegación se las reparte en pipas. Iztapalapa es una delegación pobre (quizá por eso allí cada año resucita Jesucristo), pero también es una delegación en la que brilla la inteligencia en los ojos de muchos jóvenes. Ellos convirtieron la basura, la miseria, la falta de oportunidades, el abandono en un faro. Lo levantaron con sus manos y nos hicieron comprender a todos que, si se lucha, la cultura vence cualquier obstáculo, incluso el de la pobreza.

Desde el cielo donde se encuentra, Monsiváis sabe que Pedro Moctezuma Barragán y Clara Brugada ganaron las elecciones de Iztapalapa el domingo 7 de junio de 2015, y le indigna sobremanera que el triunfo les fuera arrebatado por la compra de votos. El PRD distribuyó de 200 a 500 pesos por cada sufragio. Un observador filmó con un teléfono celular cómo una mujer repartía a la vista de los funcionarios de casilla tarjetas de Coppel y muchos votantes aceptaron dinero a cambio de su voto. Es ya casi una tradición que hombres sin escrúpulos jueguen con la necesidad de los más pobres y compren su voto a cambio de una despensa o un billete. Monsiváis habría estado allí, indignado, y ahora mismo se lo comunicamos a donde esté, porque a él, lo que más le gustó sobre esta tierra, fue analizar fenómenos sociales y ponerse del lado de quienes nada tienen. También admiró siempre la fuerza, la entereza y el tesón de los muchachos de Iztapalapa, capaces de convertir la basura en oro, porque él mismo vivió en una colonia popular, la Portales. Creyó ante todo en la cultura, porque el único oro que finalmente vale es el que nos enseña a salir adelante por nosotros mismos y a amar tanto a Bach como a Ella Fitzgerald.

Carlos no se enojaba fácilmente, pero sí se deprimía con facilidad. Sólo una vez le oí decir una grosería con muchísima razón. Su madre, doña Ester, no se lo permitía, y a él se le hizo una segunda naturaleza. Tampoco se lo permitía su protestantismo. Su lengua, los epítetos que usaba eran mucho más peligrosos que cualquier grosería, porque su ingenio podía destruir al primero que se le enfrentara. Sin embargo, Monsiváis fue ante todo protector de pobres, los grupos minoritarios, las mujeres y los desempleados.

Muchos temían su humor ácido. Finalmente, a él Dios lo había creado inmortal. A los muchachos les decía que lo más peligroso que podía pasarles era volverse indiferentes a los sucesos, no sólo de su patria, sino del mundo. Para él, la indiferencia es una forma de muerte. Doña Ester le enseñó a ser solidario hasta la médula de los huesos. Lo que no le enseñó doña Ester fue a apasionarse por los gatos. La verdad, doña Ester tampoco le habría permitido alojar tantos en su casa de San Simón. Si acaso habría permitido un gato chiquitito y sin permiso de entrar a la casa, porque le habría hecho casa en el patio o en la azotea. Ella ya había muerto cuando Carlos empezó a recogerlos como si fueran gotas de lluvia.

En la Comunidad de San Fernando, Tlalpan, escuela de adolescentes en conflicto con la ley, para no decirle Correccional de Menores, los internos y las autoridades decidieron montar una biblioteca a la que le pusieron Carlos Monsiváis. Además de recitarles completito el Suave Patria, de López Velarde, que Monsi se sabía al derecho y al revés, se preocupó por la suerte de cada interno, los hizo reír, les dijo que regresaría a comer un día con ellos y preguntó si los maltrataba el personal de seguridad. A cada quien le dedicó, si no un libro, al menos una hoja que los chavos le tendían presurosos. Así lo vi en muchas reuniones, exposiciones o presentaciones de libros. Jamás se echaba para atrás. Permanecía de pie durante horas y a una señora que le tendía un papelito del tamaño de un timbre postal: “Por favor, señor Monsiváis, póngame aquí un pensamiento”, le escribía con letra minúscula e infinita paciencia una reflexión. Lejos de él la irritación que sí sentía frente a diputados y senadores, lejos de él la altanería o el fastidio, Monsi tenía para sus lectores y sus fans una paciencia que todavía hoy nos conmueve. Muchos de los jóvenes no tenían ni idea de lo que significaba encontrarse con uno de los grandes ejemplos de la crítica social y política mexicana. Quizás el más grande de todos.

Hoy, Monsiváis hace más falta que nunca y yo no sé que daría por escuchar su carcajada, primero aguda, como la de un pájaro, y luego más grave, hasta caer en la ronquera total. Gurú antidogmas como lo llamó Juan Villoro, su ironía es ya parte esencial de nuestro acervo y de nuestras tradiciones. “¡No me llores!” –gritó Frida Kahlo, quien jamás adivinó que un día el mundo entero la ponderaría. Después de más de 30 operaciones, Frida Kahlo, pintora, escritora e icono de México, escribió cuando el doctor Eloesser decidió cortarle la pierna izquierda, ya gangrenada: “Espero alegre la salida y espero no volver jamás”. “Sí te lloramos” –repetimos a Monsiváis. “Te lloramos, porque llorarte es parte de nuestra causa y el punto de partida de nuestra lucha.”

Imposible entender a México sin Monsiváis. Brújula, guía moral, conciencia social, profeta, los lectores miraban hacia él y lo seguían para entender no sólo a México, sino a sí mismos. ¿El movimiento estudiantil del 68? Busca a Monsiváis. ¿El estallido de gas en San Juanico? Monsiváis. ¿El terremoto del 85? Monsiváis. ¿La sociedad que se organiza? Monsiváis te la explica. ¿Los Contemporáneos? Monsiváis los analiza. ¿López Obrador? Monsiváis lo enjuicia y AMLO, ¡oh, milagro!, lo escucha. ¿La poesía? No hay mejor antología que su Poesía mexicana del siglo XX según Octavio Paz. ¿La trivia? Monsiváis le da sentido, la eleva, la consagra. ¿La conciencia? Mírate en el espejo de Monsiváis. Enciclopedia viviente, los lectores se le entregaron sin condiciones. A eso se le llama amor del bueno. Su rating fue altísimo y, si se hace una tasación del producto, la calificación fue óptima. Con razón Álvaro Mutis declaró que Monsiváis era el más necesario de los intelectuales, porque sabía decir y escribir la verdad de lo que vive nuestro país.

Alguna vez en Guadalajara, en la Feria del Libro de 1993, Adolfo Aguilar Zínzer nos informó que Monsiváis presentaba a 90 por ciento de todos los libros que se publican en nuestro país, daba 77 por ciento de todas las conferencias en las universidades de México y de Estados Unidos, aparecía simultáneamente el mismo día en un encuentro en Sonora y otro en Yucatán. Miembro de 68 por ciento de todos los consejos culturales, de 99 por ciento de las asociaciones de derechos humanos, juez de todas las becas de literatura y bellas artes, Monsiváis era parte esencial de los tratados de libre comercio y las reuniones de acuerdos en las secretarías de estado. Hoy, más ubicuo que nunca, Monsiváis, a quien le recontrachocaba que nosotras las mujeres lo abrazáramos, se encuentra en todo lugar y esperamos que en todo cerebro, ya que si 75 por ciento de los mexicanos leyeron Por mi madre bohemos, Monsiváis es hoy por hoy no sólo parte de nuestra geografía, sino puntal y sustento de nuestra ideología sobre todo si nos mantenemos bien informados y caminamos muy derechito.

Elena Poniatowska y el cronista Carlos Monsiváis, en una imagen cortesía de la escritora