Introducción
Como un punto perdido en la inmensidad, aparece una solitaria garita de adobe. Es el puesto fronterizo que marca el fin del camino de Argelia hacia Occidente y el inicio de los territorios liberados de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD). Un puñado de hombres modestamente armados, con la cabeza envuelta en turbantes negros, emergen de la obscuridad e intercambian algunas palabras con el chofer y el guía. Es el límite de la región argelina de Tindouf, una enorme extensión de desierto que entra como una cuña entre Marruecos y Mauritania para tocar al Sáhara Occidental.
Hacia delante se extiende una franja agreste de cerca de 85 kilómetros cuadrados, casi deshabitada, sin carreteras. Los saharauis la llaman territorios liberados. Los mapas de las compañías transnacionales que explotan el fosfato y la pesca de las zonas ocupadas por Marruecos lo consideran “tierra de nadie”. Los registros cartográficos de la ONU lo reconocen como parte del único país de África que falta por acceder a la descolonización y la autodeterminación.
Para internarse no se requiere pasaporte ni visa de la RASD. Basta con los documentos de viaje que expide el gobierno de Argel. Aunque la República Saharaui cuenta con un Estado y más de medio millón de ciudadanos, con el reconocimiento de más de 70 países y con docenas de resoluciones de la ONU que decretan su derecho a existir, aun no es una nación en pleno derecho. Para existir hace falta que se cumplan los ordenamientos del Consejo de Seguridad y un plan de paz y sobretodo la realización de un referéndum (el llamado Plan Baker II, ratificado en la ONU en 2003) para que sean los propios saharauís si desean integrarse a Marruecos o acceder, en un plazo de cinco años, a su independencia. El reino de Marruecos ignoró y boicoteó el plan de paz hasta que el año pasado, finalmente, lo rechazó tajantemente.
Mientras, en los campamentos de refugiados de Tindouf y sobretodo en las regiones militares de los territorios liberados, donde el Frente POLISARIO mantiene desplegadas a sus tropas en alerta máxima permanente, crecen la desesperación y la convicción de que sus dirigentes políticos cayeron en una trampa diplomática tendida por las potencias y por la propia ONU. El año próximo cumplirán 30 años en el exilio.
El Sáhara Occidental es hoy un pueblo desgarrado en tres espacios. Uno es el territorio bajo el régimen marroquí, una larga franja litoral bañada por el Atlántico, con puertos ricos en pesca, ciudades sagradas, centenares de presos políticos, grandes ríos y el famoso “triángulo útil” de Bru Craa, que contiene dos millones de toneladas de fosfatos. Ahí habitan, se calcula, 250 mil saharauis. Otro espacio es el territorio liberado, la franja mutilada por lo que aquí llaman “el muro de la vergüenza”, 1,900 kilómetros de ingeniería bélica. Solo lo habitan tribus nómadas que se mueven constantemente por el mar de arena del Sahara, sin reconocer fronteras, y los militares de las seis regiones militares del ejército POLISARIO. Un tercer espacio son los campamentos de Tindouf, con poco más de 120 mil refugiados que viven de la asistencia internacional, sin posibilidades de desarrollo.
“Lo único que pedimos al mundo es un día, solo 24 horas para nosotros, en estos 30 años”, expresa el presidente de la RASD Mohamed Abdelaziz a La Jornada, que recorrió con una delegación de mexicanos durante 14 días ese pueblo sin tierra propia. “Solo pedimos una jornada para que los saharauíes ejerzan el derecho a decidir si quieren integrarse a Marruecos o si quieren formar una nación”.
A inicios de mayo, un prominente periodista marroquí, Alí Lmrabet, fue condenado por un juez del reino a “10 años sin derecho a publicar”, por haber expresado que, de realizarse el referéndum, la mayoría votaría “sí” a la autodeterminación y “no” a la integración a Marruecos. Es un resultado previsible Rabat no se atreve a enfrentar.
El resto del mundo, sobre todo las potencias pero México también, prefiere olvidar este compromiso con el principio de descolonización y privilegiar alianzas de conveniencia comercial con Marruecos. Para sacudir ese olvido, desde la zona militar II del Ejército de Liberación Popular Saharahuí, en Ajchach, el comandante Brahim Mohamed Mahamud recuerda un antiguo proverbio beduino. “El camello aguanta mucho pero no es eterno. Eso se aplica a nuestra paciencia. Ha sido inagotable. Pero puede caer de nuestra mano”.
En los campamentos, pero sobretodo en las regiones militares, se habla cada vez más de reanudar la guerra que fue suspendida en 1991 cuando ellos la iban ganando.
Texto y fotografías: Blanche Petrich