Combatientes saharauis descreen de las promesas de Naciones Unidas
El muro de contención que el ejército marroquí construyó a partir de 1981 -diseño israelí, financiamiento saudita, tecnología estadunidense y francesa- se perfila a 800 metros de distancia. Pequeñas siluetas se distinguen en la parte más alta. Con binoculares y un potente zoom se puede precisar que son dos, al inicio. Después de varios minutos se asoman más: hasta 11, que se mueven nerviosos. Portan armas. Desde allá arriba también ellos observan. Son los soldados del reino de Marruecos, que desde hace 30 años ocupan ilegalmente el territorio más fértil y productivo del Sáhara Occidental.
Entre los militares y un grupo de mexicanos guiados por un pastor de cabras que vive cerca de este olvidado polvorín de una guerra latente, serpentea un río. O lo que se entiende por río en la vasta hamada del Sáhara: un rastro de matorrales en un cauce seco que resisten los largos periodos que median entre una lluvia y otra. Aquí cayó agua durante dos o tres días hace dos años.
Excelente sitio para tomar el té, decide Muley Mohamed Fadel, el joven anfitrión. El atardecer es tibio y poco le preocupa a este dinámico beduino -que vivió sus primeros seis años la vida nómada de su familia, siempre persiguiendo pastos para sus camellos- que a menos de un kilómetro se extienda la ominosa sombra del muro fortificado y las siluetas del enemigo. Vista por muy pocos extranjeros, esta enorme obra de ingeniería militar tiene casi 2 mil 500 kilómetros de largo sembrados con más de 4 millones de minas. Se levantó para contener los acertados embates de los combatientes del Frente Polisario a principios de los 80. Divide en dos la patria de los saharauis.
Mientras Muley enciende algunas ramas secas para preparar el té, los visitantes nos dispersamos entre la fascinante vegetación desértica. De pronto se escucha un grito de alarma de Víctor, el camarógrafo. A flor de tierra, a pocos metros del improvisado picnic, aparece una mina antipersonal, de ésas que en El Salvador, en los años de guerra, llamaban la quitapata.
El pastor, Ahmed Selk Hamadi Busoula se llama, procede con rapidez. Rodea el explosivo con montículos de piedra y saca del bolsillo del pantalón un aparato parecido a un teléfono celular. Es un Sistema de Posición Global, que le permite determinar la ubicación exacta del lugar. Apunta las coordenadas en un trozo de papel. Por la noche irá al cuartel de los cascos azules de la Misión de Naciones Unidas para el Referéndum en el Sáhara Occidental (Minurso), la fuerza de paz de la ONU, para reportar la mina. Ellos se encargarán de desactivarla.
Supone que el artefacto llegó hasta el lecho del río arrastrado por las últimas aguas desde las estribaciones del muro. Suele suceder. Apenas el año pasado se documentan cerca de 10 víctimas de estas minas en ambos lados del muro, la mayoría beduinos, muchos de ellos niños. Estas son algunas de las penurias que ocasiona la barrera militarizada. También ha dividido a miles de familias, ha cortado rutas de caravanas de camellos que dejaron su huella milenaria en los caminos de roca. Y ha cercenado a los saharauis de la parte más rica y fértil de su territorio.
La mina, pequeño artefacto apenas del tamaño de una lata de atún, hace pensar en el latente conflicto del Sáhara; una mina explosiva que puede reventar en cualquier momento y desestabilizar el Magreb, zona vecina a Medio Oriente (donde arden Palestina, Israel e Irak) y a tiro de piedra de Europa.
Texto y fotografías: Blanche Petrich