El hambre amenaza con agotar la paciencia del pueblo saharaui

En la mínima cocina hecha de adobe, a pocos pasos de su jaima, Minetu se queja, dándole vuelta al guisado con la cuchara por enésima vez: "Estas lentejas no hay quien las cueza." Tiene que alimentar a sus tres hijos, que ya regresaron de la escuela, y a sus hermanos, que pronto llegarán del trabajo, y la comida no está lista. La queja ya es un clamor indignado en los campamentos de refugiados saharauis, que habitan el inhóspito extremo occidental de Argelia, a 800 kilómetros de la ciudad más cercana; a mil kilómetros de Argel, la capital: la lenteja que forma parte de la ayuda humanitaria que entregan a cuentagotas los donantes -Programa Mundial de Alimentos, el Alto Comisionado de la Organización de las Naciones Unidas para los Refugiados y la Unión Europea- no es para el consumo humano.

Los países donantes, cada vez más estrictos en la vigilancia de la gestión de la ayuda internacional, han reducido la cantidad de las raciones alimenticias. En los campamentos, donde vive la mitad del pueblo saharaui, han reaparecido los problemas de malnutrición crónica (10 por ciento entre niños menores de cinco años) y anemia entre 45 por ciento de las mujeres embarazadas.

"Tenemos reservas para junio, máximo. Si para entonces no ha llegado más ayuda habrá una crisis", advierte el presidente de la Media Luna Roja Saharaui, Buhubeini Yahia. Y como en la explosiva coyuntura del Sáhara occidental todo se politiza, el hambre sobre todo, agrega:

"Si esto no se soluciona en el corto plazo, el proceso saharaui puede escapar de las manos de la dirección política del Frente Polisario. No podemos descartar que aparezcan organizaciones radicales. De hecho, en los territorios ocupados ya hay indicios de estos brotes; grupos que piensan que sólo retomando las armas se logrará una solución."

Arrojados hace 30 años de sus tierras por los bombardeos genocidas de Marruecos y Mauritania, unos 200 mil refugiados lograron sobrevivir en las peores condiciones climáticas imaginables. Y no sólo sobrevivir: construir una organización social que hoy convierte a este pueblo sin territorio en uno de los estados africanos con mayor índice de alfabetización, educación y cobertura sanitaria, pese a todo.

Porque vivir en un punto perdido de un desierto de 9 millones de kilómetros, en las tierras de mayor salinidad del mundo, sin posibilidades de ningún tipo de agricultura y con un nivel de desarrollo económico que en las estadísticas aparece simplemente como cero, ha requerido de toda una cultura de resistencia para aprovechar al máximo lo poco que se tiene.

Así lo entienden Sidi y Hadija, primos de la misma edad -siete años-, sobrinos de Minetu. Mientras ella cocina, ellos buscan por las calles de arena de su barrio todos los desperdicios a la vista: algún cartón, un pedazo de papel, cáscaras de alguna fruta que alguien consiguió, para echarlas en una pequeña cubeta. Los restos se humedecen y ese será el alimento de las cabras de la familia, que al mediodía se pegan inmóviles a los muros de adobe de las casas, guareciéndose del sol brutal.

Descendientes de una cultura cuyo eje económico era la ganadería (cabras y camellos), en la que la importancia y prosperidad de una tribu se contaba por el tamaño de sus rebaños, hoy las familias saharauis tienen que conformarse, si acaso, con media docena de cabritos escuálidos.

En las orillas de los poblados, a alguna distancia de las casas, la gente hace pequeños corrales redondos con láminas y alambres. De vez en cuando hay un huésped de lujo en el corral, algún ca-mello viejo, o una madre con su cría.

Por esa capacidad de convertir las sobras en recursos y de levantar cabeza en medio de una precariedad extrema, a las autoridades de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) les re-sulta inaceptable el afán escrutador de los organismos donantes. Lo interpretan como una "presión política" para doblegar su resistencia.

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Texto y fotografías: Blanche Petrich