El impulso a salud y educación, clave para remontar la adversidad

Cuando la canícula cede, los niños y las niñas salen de la escuela y se lanzan a la aventura más allá de la jaima (tienda) familiar. Las casas nunca cierran las puertas y cualquiera entra y sale, aunque no conozca a sus dueños. Los chicos llegan, se acomodan en las alfombras entre los adultos y platican lo suyo. En el Sahara Occidental, que se reivindica como el único país hispanohablante del mundo árabe, sólo una minoría habla castellano. Aquí, la lengua del Quijote toma forma de un singular mosaico de acentos: el cubano y el canario se confunden; se distingue el andaluz del madrileño. Hay quienes hablan catalán de Valencia y otros que saludan como si anduvieran en un barrio de Bilbao: ¡Caixo!

Pero la lengua cotidiana es el hasania, un dialecto del árabe clásico que no admite en sus acepciones giros extranjeros o insultos.

Sidi y Hadija, primos de la misma edad, son pequeños a sus siete años y no les ha tocado aún participar en el programa "Vacaciones en paz", que cada año lleva a 10 mil niños a pasar el verano a distintos puntos de España y a otros mil a Italia. En cambio Abdalá, tres años mayor y trilingüe (español, árabe y hasaní, su dialecto), enseña como trofeo el álbum de fotos de su viaje a España: en calzoncillos con sus padres postizos, ensimismado frente al inmenso mar el día en que lo llevaron a la playa, abrazando a sus hermanos rubios, arrellanado en el regazo de su "otra" abuela, sentado a la mesa devorando un exótico yogurt de fresa, gesticulando frente a los videojuegos, saltando obstáculos en la bicicleta. Abdalá en el primer mundo.

Las madres y tías sacan las esteras al patio arenoso para la oración vespertina, cuando a lo lejos llama el muecín. Después aprovechan el fresco para la tertulia. Disponen el brasero y el juego de té: los vasitos decorados, la tetera cincelada, la joya de cada casa. Y proceden. La infusión se trasvasa lentamente, varias veces, hasta dejar un fondo espumoso. El primer té debe ser dulce, como el amor. El segundo amargo, como la vida. El tercero suave, como la muerte. Pueden fluir muchos más conforme se teje la tuiza, que significa solidaridad entre mujeres. El rescoldo de las brasas se aprovecha para el incienso. Aroman así sus velos y los turbantes de los parientes masculinos que empiezan a llegar a esa hora a disfrutar de la noche.

Comentan entusiasmadas que ya están en marcha los trámites para el grupo que este año irá a Europa y recuerdan el fin del verano pasado, cuando regresaron a los campamentos los niños que viajaron a la península ibérica en un puente aéreo para el cual la línea argelina renta sus naves en rutas nocturnas: ''En promedio regresan con cinco kilos de más. ¡Comen alimentos frescos!'', dice una. Otra, ingeniera electrónica, explica: "Es un gran paso en su educación".

La educación es la gran obsesión de las madres saharauis. A pesar de la precariedad, todos los niños refugiados asisten al colegio. Una minoría opta por la escuela coránica. Además, la república ha instalado en cada comunidad una guardería, una escuela de educación especial para discapacitados y planteles braille para chicos ciegos. El proyecto de vacaciones es muy criticado por gobiernos donantes que piensan que su alto costo debe ser invertido en áreas más "productivas", pero defendido con pasión por los saharauis. ''Una sonrisa de nuestros niños vale todo el oro'', responden los organizadores. Estos viajes son financiados por los ayuntamientos del Estado español que se han ''hermanado'' con las wilayas y dairas (provincias y pueblos) saharauis y por la red de organizaciones solidarias hispanas con el Frente Polisario, un fenómeno que conforma el mayor movimiento de solidaridad en el mundo en términos de activistas e infraestructura.

Las dirigentes de la Unión de Mujeres debatieron recientemente las luces y sombras de este programa. ''¿Riesgos? Sí los hay. Estos niños viven en la pobreza, en una sociedad con fuertes valores comunitarios y de solidaridad, y de pronto están en un medio totalmente diferente, de abundancia, pero también de competencia e individualismo. Además, con otra religión. Pero también es una gran ventana al mundo, una oportunidad de educación y desarrollo que aquí no podemos darles. Hasta ahora el experimento ha sido exitoso. La prueba más tangible es que cuando se acerca el fin del verano, todos los niños preparan su mochila y esperan con ansias el regreso".

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Texto y fotografías: Blanche Petrich