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Angel@ de la Independencia, una renovación física de lo imaginado

En mayo pasado el gobierno capitalino comenzó la restauración de la Columna del Angel de la Independencia. Los trabajos dieron oportunidad al fotógrafo José Carlo González de acercarse a ese monumento, uno de los símbolos más importantes de la ciudad de México. La reinauguración fue el pasado 15 de septiembre y estuvo a cargo del jefe de Gobierno capitalino. Se amplía, así, una larga historia. Este monumento de 45 metros de altura fue inaugurado en 1910 por Porfirio Díaz para conmemorar los cien años del inicio de la lucha independentista. En 1957 se cayó y dañó debido a un terremoto. En el ángel@ se conjugan el arte de Enrique Alciati en la escultura principal y las que la acompañan (héroes, leones, niños, símbolos); la arquitectura de Antonio Rivas Mercado en el diseño general de la columna y sus cuatro niveles, y la ingeniería de Roberto Gayol en su estructura de más de 3 mil 500 pilotes de acero y madera. El texto es una elucubración a partir de esas fotos, del Angel mismo y de lo que simboliza.

Presides la ciudad desde las alturas, la simbolizas. Ella era ya antes de ti, pero se ha relaborado a partir de tu imagen y de las alas de la historia. Tú mism@ eres la representación imaginada, artística y arquitectónica, de algo intangible. Posees una identidad potenciada en la androginia, pese a la tonta negación de género que te quisieron imponer: no eres ella sino él, creyeron clasificarte, pero ahora eres ambos: ángel y ángela.

Victoria alada de la lucha independentista, te dicen, y otros te llaman ángel protector, aunque quizá no te interese ese papel. Tal vez sólo deseas ser lo que eres y continuar tu existencia más allá de la realidad material de los humanos.

Para conocer de ti no es acertado hurgar en tu estructura de acero, cantera y bronce, ni en tu cubierta de laminilla de oro recién restaurada. Dice más tu imagen: en la apariencia te llenas de contenidos, de dudas, de visiones. Sin embargo, tu naturaleza puede intuirse todavía más sin necesidad de la representación material. Eres, sobre todo, a partir de como no te vemos.

Es por eso que tu apología lleva, o puede llevar, a verdades, como si fueras más para la poesía que para la historia artrítica de documentos, como si imaginarte fuera mejor que razonarte. Poesía y filosofía se parecen, pero en un momento dado se bifurcan.

Al final de cuentas, nada eres en la forma como te representan, como la situación límite de las piedras de Teotihuacán o de Chichén Itzá: son tanto y a la vez nada, albergaron culturas pero también provienen solamente de diversos momentos geológicos.

La ciencia nada diría del alma humana sin la metafísica, pero casi nadie quiere aceptarlo. Domina, así, la obsesión y la soberbia positivista de querer clasificar, conocer y dominar los misterios del universo más allá de lo pertinente: ese ha sido el destino trágico de la humanidad moderna.

Por eso tú mejor te quedas suspendid@ allá arriba, en tu magia salvadora contra la razón, la lógica y lo comprobable. Por eso es que eres lo que eres, por eso tus alas, tu mito y tu leyenda. Por eso sólo seres como Wim Wenders pueden verte y ver a los tuyos entre nosotros, los frágiles, quejosos y engreídos mortales. Por eso tú y los tuyos, en esencia, han sido desde siempre: mucho antes incluso del principio del tiempo que se mide.

El asunto no es tanto que te hayan restaurado, lo físico importa muy poco para la metarrealidad. La fantasía que alimenta tu representación es lo verdaderamente real y valioso. Y si no existieras allá arriba, trepad@ en esa columna, de todos modos las miserias humanas seguirían desatándose bajo tus pies.

Arturo Jiménez (texto) y José Carlo González (fotos)