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Cuando los diablos se van de fiesta

Cuajinicuilapa, Gro., 3 de noviembre. En estos días los diablos de la Costa Chica salen del infierno y llegan a la tierra para apoderarse de las calles, danzar, comerse las ofrendas, divertirse y erotizar aún más esta región cultural afromestiza. Antes de retornar al panteón tomarán por tres días las avenidas de los pueblos con bailes, música y su capacidad para el teatro, el humor y el relajo con los mortales.

Símbolo o personificación de los muertos que durante estos días nos visitan, los negros, mulatos y mestizos disfrazados de diablos se aparecen en el camposanto desde el 31 de octubre. Sólo regresarán a ultratumba hasta el 2 de noviembre, cargados de dulce de calabaza, pan de yema, frutas, cerveza, aguardiente y dinero.

Es una comedia colectiva en la que el guión general deja la puerta abierta a la participación del público. En dos columnas ellos van casi siempre con ropajes oscuros y máscaras sofisticadas de carnaza, fieltro, cuernos de chivo y crines de caballo, o sencillas, de cartón y barbas de cinta de casete.

Hay un Diablo Mayor, Tenango, Pancho o jefe, y su mujer, La Minga, madre de los diablos y omnipresente en otras danzas regionales. Ella carga un bebé de plástico y baila con el Tenango, sus hijos diablos o los espectadores, a quienes provoca con sus nalgas exageradas y a veces les endilga al pequeño.

Los descendientes de los esclavos africanos traídos a esta región durante la Colonia que participan en la Danza de los diablos en diversas fechas, sobre todo en Día de Muertos, quizá ya no conozcan el símbolo y el contenido primigenio de estos rituales, pero aún dominan la forma, que puede ser fondo.

O como dice el escritor, periodista y promotor cultural Eduardo Añorve, en la Costa Chica el mito, tal vez, se haya olvidado, pero aún queda el rito, con lo cual los afromexicanos de esta región cultural que comparten Oaxaca y Guerrero tienen suficiente: fiesta, cohesión comunitaria, identidad, vitales en estos tiempos de homogenización mundial.

La Danza de los diablos tiene varias influencias, como los rituales en honor del dios negro Ruja, a quien los esclavos pedían ser liberados. Con el tiempo esos rituales se fueron sustituyendo por la celebración del Día de Muertos, con orígenes en el México antiguo e influencia católica.

Con saludables diferencias en las coreografías, el vestuario, las máscaras de barbas y cuernos, los sones y la manera de interpretarlos, la Danza de los diablos, junto con otras como la de Vaqueros o Toro de Petate, se hicieron presentes esta temporada en pueblos y comunidades como Cuajinicuilapa, El Quizá y Cerro de las Tablas, en Guerrero, y Lo de Soto, San Francisco del Maguey y Tapextla, en Oaxaca.

Los instrumentos son una flauta, como se le llama en la Costa Chica a la harmónica; una charrasca, quijada de burro o de caballo cuyos dientes se raspan con una pata de venado, y un bote o tigra, especie de tambor de origen africano a cuyo cuero se conecta una vara que, untada con cera de Campeche y tallada con la mano, produce un sonido como el de la respiración de un gran felino.

Desde la fonda El Ocaso, mientras por la carretera Panamericana pasan camiones de carga con pintas de ¡Fuera PFP y Ulises Ruiz de Oaxaca!, estado vecino a sólo cinco minutos, comienza un recorrido que durará tres días y que revelará más de una sorpresa sobre las culturas de origen africano en México, cuyos aportes son proporcionales al enorme velo de ignorancia que se ha tendido sobre ellas.

Salen los diablos a danzar sus sones a lo largo de la Costa Chica

Al final del puente del río Barajillas, unos kilómetros antes de llegar a Cuajinicuilapa, capital de la negritud y sede del Museo de las Culturas Afromestizas, una decena de seres extraños vestidos de negro, con cuernos, bigotes y barbas de largos pelos bloquean el paso vehicular y exigen su ofrenda en dinero.

Es martes 31 de octubre, alrededor de las dos de la tarde, y los diablos ya han salido de los panteones para apoderarse de las calles de muchos poblados de la Costa Chica.

En Cuajinicuilapa otro grupo de diablos más numeroso, acompañado de sus tres músicos de flauta, charrasca y bote, recorre la calle principal, que es, además, la carretera que va a Pinotepa Nacional, otra capital de afromexicanos en el vecino y convulsionado estado de Oaxaca.

Mientras decenas de pequeños desfilan disfrazados de diablitos en un jardín de niños, el escritor, periodista, promotor cultural y guía insustituible Eduardo Añorve habla del repunte de las tradiciones de origen africano en la región, de la importancia de la negritud y de la identidad para sus habitantes, así como de la desatención y el desconocimiento de las autoridades municipales, estatales y federales.

La mañana del miércoles primero de noviembre, luego de atravesar un río sin puente para vehículos y personas, se llega a la comunidad de El Quizá. Ahí, los jóvenes danzantes y los músicos adultos no han podido coordinarse para bailar, pese a tener fama de muy buenos.

Y no es para menos, pues ahí vive don Bruno Morga, un moreno venido de Pinotepa Nacional, conocido como uno de los flautistas y conocedores más destacados de los sones de la Costa Chica.

"No es que me la dé de bueno, pero soy de los pocos que se saben los siete sones", dice, y menciona ocho piezas: Tendido, Zamora, Cruzado, El periquito, Los enanos, Segundo tendido, Jarabe y La Minga.

La organización local no fluye, comenta Añorve, por falta de estímulos a músicos y danzantes, y porque, agrega don Bruno, la política partidista ha dividido a la comunidad. "Este barrio era bonito cuando estábamos unidos y todos jalábamos parejo".

El jueves se sabría que la noche del miércoles por fin los diablos quiceños se animaron, bailaron sus sones y recogieron sus ofrendas tomadas de los altares de muertos de las casas.

Pero la tarde del miércoles, el grupo de periodistas enfiló, por terracería, a la comunidad llamada Lo de Soto, ya en Oaxaca. Con música grabada y en medio de un ambiente de relativa sordidez y humores de cerveza y aguardiente, un nutrido grupo de jóvenes bailaba ahí la danza de Vaqueros o de Toro de Petate, ubicada más en la monotonía indígena, pero con elementos afromexicanos.

Los regalos del azar

De regreso a Cuajinicuilapa, y un tanto en el desaliento, de pronto, en un cruce de caminos, y luego de voltear hacia el pequeño municipio de San Francisco del Maguey, el azar regaló una sorpresa: un grupo de diablos se metía al patio de una casa para danzar.

Y, como muestra de un nuevo momento sociocultural en la región, un regalo más: eran muchachas que habían decidido, por primera vez en la historia, disfrazarse de diablos, algo tradicionalmente destinado sólo a los varones.

Se trata de un avance en la conciencia de las mujeres y, a la vez, de una consecuencia de la migración -sobre todo masculina- "al norte" (en México y Estados Unidos, lo que provoca la escasez de hombres), dice Añorve.

Los habitantes de El Maguey serían pródigos en sus obsequios de tamales, pan de yema, frutas y dulces de papaya. Y en sus danzas, pues en un momento coincidieron en una sola calle un par de grupos de Toro de petate y otros dos de Diablos.

Luego de pasar de nuevo por "Cuaji", como abrevia la gente, y de toparse de nuevo con los ya conocidos diablos del puente de Barajillas, se llegó al Cerro de las Tablas casi al anochecer.

Aderezada con cerveza y tamales, la velada de don Juan Tapia, otro maestro de la flauta, con Simón Hernández, conocido como La Mulita y hábil con la charrasca, además del botero Tenerino Morán y familiares y amigos, no podía ser mejor: a la orilla de un río enorme, bajo los árboles y la luna asomada entre ellos.

Pero lo mejor fue ver al segundo grupo de mujeres diablas, todas adolescentes, quienes, por su buen nivel, han viajado ya a lugares cercanos como Marquelia. Se abren con ellas muchas posibilidades, destaca Eduardo Añorve, sabedor de que se han ampliado los caminos para las nuevas generaciones de mujeres.

Las diablas además ofrecieron su alegría a los vecinos y visitantes en la playa del afluente. Y cantaron en verso: "Ya se van los diablos/ y con mucho frío/ porque ya bailaron/ a la orilla del río".

Esa noche, además se reveló como una gran minga el pequeño y tímido Juan Carlos Colón, actor y danzante emergente, que, apenas se puso máscara y vestido, se transformó en una mujer coqueta, bailadora y que correteaba a diablos y niños fuete en mano.

A la media noche, el remate de la jornada fue el paso por la comunidad de Comaltepec, donde unos amigos diablos insistieron en bailar para Añorve y sus acompañantes a la luz de los faros de un coche.

Los valores de Tapextla

No pudo tener mejor comienzo el jueves 2 de noviembre que llegar a Tapextla, Oaxaca, y encontrarse con la alegría y gentileza de doña María Morga Herrera, quien con sus más de 70 años ayudó a romper lo que nunca fue un hielo, pues esa comunidad al parecer suele abrazar a sus visitantes. "Lo mío es el gusto", dice sin más doña María.

Como en otras comunidades, los diablos no sólo permitieron el trabajo, sino que compartieron la ofrenda: tamales, dulces, frutas, agua fresca, aguardiente, cerveza.

En una de las visitas a las casas, para danzar y pedir la consabida ofrenda, doña Leticia Rodríguez, de ascendencia indígena y procedente de la Costa Grande, de plano ofreció su hogar, ubicado en una pequeña loma: "De verdad, esta es su casa; vengan a visitarnos cuando quieran".

En Tapextla, de calles y patios de arena blanca, casas de barro y bajareque, los diablos cuentan con la destacada colaboración del maestro de la flauta Arnulfo Silva, quien se dejó venir desde Tecoyame para apoyar y preparar a su gente.

Y son dirigidos por el férreo y cómico control del Pancho o tenango Rosario Santiago, joven veinteañero ya casado, con tres hijos y con planes -como muchos- de irse a trabajar a Estados Unidos.

"¿Qué le ves a mi vieja", le reclama el tenango con máscara de gorila (nueva alteración a la tradición, que no preocupa a Añorve) a un vecino despistado, mientras le da un fuetazo.

Luego de varias horas de caminata y danza, y de recrear el rito de los diablos del Día de Muertos, los seres oscuros de Tapextla concluyen de manera climática en el panteón ubicado en una colina, y desaparecen entre las tumbas.

Al final, por docenas, visitantes y vecinos y ex diablos regresan al centro del pueblo por una amplia calle de arena, exhaustos. La tarde cae y la luz se vuelve naranja.

Arturo Jiménez (texto) y José Carlo González (fotos)