Usted está aquí: Portada Reportajes Celebración de la Semana Santa en la sierra Tarahumara

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Ardió el Judas mestizo para sacar al malo que traen los rarámuris

Norogachi, Chihuahua. En la culminación de los festejos de Semana Santa en la sierra Tarahumara, el Judas mestizo arde entre las llamas, ha sido humillado por los pintos, apedreado por los pascolas y atravesado por las lanzas de los matachines, se le dio muerte en la hoguera a esta representación del chabochi u hombre blanco, "para sacar al malo que todos los rarámuris traemos dentro", y al ritmo acompasado del tambor y la flauta se danzó desde el Jueves Santo por más de 48 horas, de manera casi continua, bajo los rayos del sol calcinante y a la luz de la luna llena en las frías noches serranas.

La larga "batalla del bien contra el mal" comienza desde el ocaso del miércoles, cuando se encienden fogatas en la punta de los cerros que rodean a Norogachi. Los tambores tradicionales, hechos de cuero de chivo y pino, suenan en lo alto desde los cuatro puntos cardinales, la celebración de los días santos ha comenzado, esa noche hay que descansar temprano, para preparar el cuerpo y el espíritu para las largas jornadas que se avecinan.

Norogachi está rodeado de 69 rancherías, desde donde acuden grupos de danzantes, algunos caminaron alrededor de siete horas, como los habitantes de Sitarachi, quienes cruzaron los cerros para cumplir con su cita anual.

El Jueves Santo, se reúnen temprano en las casas de los abanderados, donde los pintos, haciendo honor a su nombre, dibujan en todo el cuerpo manchas blancas con piedra de cal disuelta en agua, que secan al sol o al calor de las hogueras en espera de la señal para salir a patear las calles terregosas con sus huaraches de suela de llanta y cuero, algunos cargan un penacho de plumas de gallina o de pájaros.

En la casa del gobernador tradicional o siriame, José Antonio Sandoval, se desgrana maíz para preparar el tesgüino, bebida tradicional a base del grano hervido y fermentado con triguillo silvestre o semilla de avena, bebida tradicional fermentada con sabor a cerveza sin gas, con una textura ligeramente espesa, que durante un par de días se deja a la sombra. Las mujeres se afanan para tener listo alrededor de 500 litros del elíxir que será ofrecido el sábado, momento que se llevará a cabo la fiesta de patio o awilachi.

Afuera de su casa, Tonino, como también se conoce al siriame, acuerda con las demás autoridades tradicionales el reglamento para los visitantes y periodistas, que entre otras condicionantes pide no interferir en el desarrollo de las fiestas, no tomar fotografías dentro de la iglesia y pagar una cuota por cada cámara que se traiga, los recursos, dicen, se destinarán a la manutención de los participantes, que es el gasto más fuerte, ya que se da una "botana" tres veces al día durante los festejos.

Cuando llega la hora, los dirigentes salen, los espera Juan Sotelo, quien es el polis (policía) responsable del orden, porta una espada, su cara está cubierta con un paliacate y lleva de sombrero un cono con tiras de papel de colores, como para provocar temor. Juntos caminan por la orilla del pueblo hacia el atrio de la iglesia, los pintos comienzan a bajar de los cerros, los acompañan dos músicos con tambor y flauta, los dirige el abanderado, quien indica las vueltas y los desplazamientos, movimientos que se repetirán a lo largo del día en el atrio de la iglesia y en el acompañamiento de las diferentes peregrinaciones por las calles del pueblo con la imagen de un Cristo con túnica morada, cargada por hombres, y la virgen de Los Dolores, la cual va ataviada con un traje tradicional rarámuri y cargada sólo por mujeres.

La agenda que parece definirse por el calendario litúrgico cristiano "tiene, sin embargo, un sentido profundamente rarámuri", afirma la antropóloga Ana Paula Pintado en su ensayo Tarahumaras.

Pintado menciona que "el rarámuri tiene muy claro que al mundo hay que cuidarlo siempre, no hay que permitir que se muera, que lleguen las aguas otra vez y se inunde la tierra; por eso debe hacerse la fiesta, pisando fuerte y manteniendo todo lo malo abajo." Durante la Semana Santa, explica "es el año nuevo, cuando tiene lugar la lucha entre las cosas relacionadas con riablo (el mal) y la cosas que tienen que ver con riosi (el bien)".

El jueves al anochecer ya se han juntado 14 grupos provenientes de diversos pueblos. Los más grandes, con 80 participantes y los más reducidos, con 25; en total son cerca de 800 que levantan el polvo en el atrio de la iglesia y el patio del internado de niños de Nuestra Señora de Guadalupe.

El siriame, acompañado de las autoridades tradicionales dirige un mensaje en rarámuri, que es escuchado con atención; más tarde y por Juan Sotelo se sabe que pidieron de diferentes maneras que no se dispersaran los grupos y, sobre todo, que no se bebiera en exceso "porque se pierden y no se puede llevar la fiesta como era antes".

Las mujeres, muchas con sus hijos en el regazo, se agrupan en una esquina junto al edificio del internado, donde dormirán al aire libre; los pintos han apilado leña en diferentes puntos, esperaran a la madrugada para encenderla, cuando arrecia el frío.

Viernes Santo

Al despuntar el alba los bríos no han menguado, los músicos tocan aún bajo la luna que no termina de irse, parece una prueba de resistencia, en que las diferentes comunidades compiten para permanecer danzando.

Más tarde hay un pequeño receso, hora de comer y renovar la pintura corporal, así como dormir un poco. Cada grupo se dirige a la casa de su abanderado, quien es el responsable de alimentarlos y correr con los gastos. Según el siriame Tonino, este es el mayor problema que enfrentan: la manutención de los danzantes. "Es una chinga darle de comer a tantos", implica un costo "de entre los 8 y los 15 mil pesos", de acuerdo con el tamaño de cada grupo.

Cerca de mediodía los grupos de pintos bajan de nueva cuenta al atrio de la iglesia y se alistan para escoltar a las diversas peregrinaciones del vía crucis alrededor del pueblo, siempre acompañadas de las autoridades tradicionales, se repiten las imágenes del día anterior, sólo que ahora ha aumentado el número de participantes.

La diferencia la hace la salida de la iglesia del Santo Entierro, por la tarde, que es una figura de Cristo envuelta en una cobija amarrada a un tronco, la cual es cargada en hombros por dos hombres en cada turno, se dirigen al panteón y en el camino cruzan por los campos de cultivo, llevan el cuerpo del Redentor a su morada temporal, para regresarlo de nueva cuenta a su lugar original.

Pintada de pascolas

Bautista Olivas, el abanderado fiestero, representa dentro de la organización social el que indica cómo y quien debe hacer las cosas durante la Semana Santa, en su casa se lleva a cabo la ceremonia donde se pinta el cuerpo de los pascolas, que son los danzantes que tienen el encargo "acabar con el mal".

En la cultura rarámuri hay que ser invitado para poder entrar a un lugar, pero por la ocasión se permite el acceso a algunos curiosos, alrededor de 20 hombres se encuentran en círculo alrededor de una fogata, hay silencio, un hombre se encarga de repartir a todos los demás el tesgüino o batari en una weja (que es la mitad de una guaje.

Los pascolas llegan al lugar sólo ataviados con su calzón blanco conocido como wisiburka, se hincan en un pequeño banquillo de madera donde los pintores decoran sus cuerpos.

Ya pintados de blanco, se da un primer ofrecimiento a una pequeña cruz forrada con hojas de pino, se baila en círculos a los cuatro puntos cardinales acompañados de un par de músicos con violín y tambor. Después, cuatro hombres decoraran hasta la madrugada todo el cuerpo de los pascolas, ahora con líneas y puntos, negros y rojos, así como cruces en pecho, espalda, y articulaciones.

Los pascolas bailan descalzos hasta el amanecer del Sábado de Gloria, a esa hora la charla es mas bulliciosa, cuatro rarámuris los escoltan gritando y corriendo círculos alrededor de la cruz y se dirigen a la iglesia. Por su parte, los pintos cargan al Judas-mestizo, representado por un muñeco de tamaño natural relleno de pasto seco, vestido con ropa occidental, botas vaqueras puntiagudas y sombrero blanco.

Los rarámuris exhiben a Judas, bromean con su imagen, lo dejan a un costado de la entrada principal de la iglesia, hasta donde llegan los pascolas, un pinto pretende defenderlo, pero es superado y le arrojan piedras a Judas, lo atraviesan con sus lanzas en medio de la algarabía generalizada, el mal ha muerto y es llevado a la hoguera, donde arde.

El festejo religioso ha terminado, se da paso entonces a las fiestas de patio, donde se comparte de manera ceremonial el batari, espacio para el encuentro entre las familias que están dispersas en las diferentes rancherías o que han emigrado a las ciudades por falta de oportunidades, lugar donde se da solución a los problemas de grupo, donde se encuentra pareja, donde se reproduce su mundo ancestral.

José Carlo González (texto y fotos)