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Lomas Salinas y otros c(r)uentos

dom, 23 mar 2014 10:14

 

1.- Salvador de la patria, ¡presente!

Cargos Limas simuló una vez más el clic de un disparo mientras sostenía con la mano siniestra aquella pistolita de juguete que apuntaba contra el espejo frente al que estaba parado en su doméstico cuarto de vapor.

Y, viendo que el reflejo al que teóricamente había disparado no se resquebrajaba ni estallaba en sangre, volvió a declararse sobrecogido de que, a pesar de la propiciatoria neblina ardiente que todo empañaba y ocultaba (¡oh, mexitli asomado a su trágico espejo humeante!), tampoco en esta ocasión hubiesen triunfado las fuerzas tradicionalmente conjuradas en contra suya. Fuerzas malévolas que eran capaces de hacerle a él mismo atentar en su contra con aquel revólver de plástico, imitación Taurus 94, que así, humedecido por el vapor casero, ni siquiera tenía capacidad de detonar los inocuos petardos de juego infantil con los que ahora el buen licenciado Limas continuaba arriesgándose, en una imposible ruleta rusa, para demostrarse, tantas veces como ¡pum! debía hacer con la boca para suplir a la pistolita que nomás no tronaba, que él estaba genuinamente destinado a sobrevivir a todo para cumplir con la misión sagrada de salvar a la patria, aún contra la voluntad de ella.

-Éste era un candidato, con los pies de trapo, ¿quieres que te lo mate otra vez? -se arrullaba Limas mientras descansaba en el mismo baño de vapor sobre la banca mosaica, tirado de espaldas sobre blancas toallas que gradual e inexplicablemente acababan teñidas de rojo aunque él corriera a tratar de desmancharlas en el agua de cañerías revolucionarias e institucionales que surtían todos sus lavamanos y no sólo el de ese dorado cuarto individual desde el que lánguidamente observaba cómo se desvanecían el hervor y la nebulosidad que habían reinado apenas un par de minutos atrás (¿minutos o años?, ¿una o muchas décadas?, ¿cuánto hace que el perol nacional, la caldera, el calderón, el vacuo recipiente hecho de peña reformada borbotea, siempre aparentando que está a punto de estallar?) y cómo, a la par que cesaba de golpe la producción de vapor (porque él con sabiduría oportuna la había cancelado, político especializado en el control de riesgos), se iba restableciendo la capacidad de ver más allá de la nariz, de respirar sin quemarse por dentro, de moverse sin el castigo infernal en la piel, de disfrutar sin reparos la calidez maternal de ese que era su Palacio Nacional sustituto, apenas reconstituido con vaho y en cuyas temperaturas cambiantes gustaba tomar algunas de las decisiones que luego, completado en una oficina de nieve el ciclo ritual de los climas extremos, habría de aplicar con la máxima discreción posible a la nación enferma, como si él fuera una especie de médica reencarnación clandestina del santannismo y no el aclamado presidente reelecto que había soñado ser luego de que se hubiera producido el paso coadyuvante de un sonorense de transición sexenal cuyo mayor éxito histórico habría sido reformar la Constitución para preparar el retorno de él, el indiscutido Jefe Máximo que ya a estas alturas del baño de vapor, estacionado el termómetro en una graduación amable, tenía la visión restablecida, y el cuerpo y el alma descansados (los ojillos delatores, las orejas aguzadas y las venas marcadas en el cráneo casi sin pelo).

 

El que da (candidaturas) y quita…

Planteamiento presentado aquí por cortesía del señor licenciado Pero Grillo: el control del entorno del candidato es garantía de éxito de cualquier operación externa a su favor o en contra. Por ello es que Aldo Luis Donoso, quien debía haberse conformado con haber sido un servicial encargado de despacho del segundo reinado carlista a trasmano (una versión moderna de Manuel González, el compadre de don Porfirio que fue presidente para abrir camino al maratón del general Díaz), se resistía por instinto a seguir moviéndose como rehén en medio de algunos carceleros, dizque colaboradores, puestos por el dedo índice elector que ahora jugaba a ser pulgar romano indicador de vida o muerte en el coliseo político donde él, don Aldo, sería el gladiador de manos sujetas y sables intencionalmente mellados.

“Seguir moviéndose”, se escribió líneas arriba pero, ¿ese “seguir moviéndose” no era, en aquel 1994, una ilusión óptica, una apariencia mecánica? ¿No era hacer como que la estructura anestesiada se meneaba, pataleo para quedar donde mismo, atolondramiento en la nada? ¿“Moverse”?, mientras la tragedia se anunciaba con descaro, sin que al candidato en veremos se le permitiera defenderse, sometido a aquel embargo doloroso, indigno, en que el jefe de ambiciones a perpetuidad seguía regateando, a las alturas de aquel marzo rojo, la candidatura presidencial presuntamente dada y confirmada desde el noviembre anterior pero luego un día revalidada y otro retirada, siempre en situación de precariedad concienzudamente promovida desde ese viscoso círculo contradictorio de pasiones que, con el telón de fondo del levantamiento zapatista y de “la campaña contra la campaña”, sostenían el saliente hermano reinante Limas y el gemelo por sí mismo considerado como  heredero indiscutible, el transformista Manuel Karmacho que, a pesar del inicial golpe recibido el día que “los tres sectores del partido” y un solo dedo verdadero habían postulado a Donoso, seguía peleando con habilidad palaciega por el trono sexenal desde una propicia comisión pacificadora chiapaneca.

Karmacho, el eterno incorregible, según interpretación del perfeccionista Néstor Diecillo. Manolete a quien supuestamente la bala que había asesinado a Donoso también lo habría matado políticamente a él aunque, habiéndose dado por muerto en aquellas fechas, vino a resucitar sexenios después de entre las curules y los escaños y a demostrar que las complicidades del pasado, los servicios de sótano y el tramposo papel jugado hasta ¿días, horas, minutos? antes de Lomas Salinas no le habían logrado quitar ni una pluma a ese gallo siempre de mil colores (camaleón de palenque intelectual).

Ayer el salobre amigo Karmacho había estado presente con innegable centralidad en el decurso político trágico; ahora estaba de nuevo en el centro del torbellino, pero esta vez como cerrado combatiente contra el mismo Limas al que habría amado brevemente de por vida si en 1994 lo hubiera hecho presidente (aunque luego el propio MK habría enviado a CL por un buen rato, con agridulce sentido pedagógico, de embajador a las Islas Fidji que así ganarían fama turística como destino propicio para estabilizaciones posteriores a las sucesiones endogámicas del sistema político mexicano que en cada crujir sexenal pare novedades con cola de cochino).

-Ah -se consultaba a sí mismo el místico Limas -, ¿Karmacho sería capaz de poner a funcionar de nuevo para mí sus habilidades analíticas y propositivas?, ¿será posible hablar con él, plantear las cosas como en los viejos tiempos, definir riesgos y posibles ganancias y preparar el golpe que nos devuelva a todos a los tiempos perdidos, los de la familia feliz, de la unidad revolucionaria, del sueño de Solidaridad, de los planes neoliberales para varios sexenios más?

-Oh, Manuel que llegaste a rebautizarte provisionalmente como Andrés Manuel –susurraba Cargos- aunque todos entendemos que siempre serás Marcel(o), sé que estás irremediablemente cargado al bando de mis enemigos porque así es la vida, porque no siempre las obligaciones a que nos lleva la razón de Estado coinciden con las legítimas ambiciones de los amigos o hermanos. Y también sé que si nuevamente nos entendiéramos, si planeáramos otro asalto al poder, al final de esa aventura estarías preguntando (como antes, desolado y confuso, ambicioso y listo para dar un nuevo salto inexplicable hacia cualquier otro lado), qué habrías ganado luego de tus trapecistas artificios de inteligencia, y entonces, como ayer, te tendría qué decir que muy poca cosa, casi nada, simplemente la supervivencia de tu karma en espera de la siguiente reencarnación!

 

 

Los mentados hermanos Limas

-No se puede despreciar a la gente nomás así -aconsejaba Décimo Limas a Donoso, el candidato presidencial que no quería aceptar al Pacho Abregoziel Orellano en la mesa de invitados a una discreta cena de amigos en Monterrey.

Décimo había sido bautizado con ese nombre (y no con el de Mendocino, como una guapa vidente española había sugerido) para honrar el mandamiento bíblico número diez, que “prohíbe la codicia del bien ajeno, que es la raíz del robo, del pillaje y del fraude; prohíbe dejarse llevar de la concupiscencia de los ojos, que lleva a tantos pecados; y prohíbe la avaricia y la envidia, que son enemigas del orden y la concordia entre los individuos, las familias, los pueblos y las naciones” (la visionaria referencia había sido tomada del Catecismo Básico, publicado por la Agencia Católica de Informaciones en América Latina). Pero Décimo, que obviamente no tenía santo, sino porcentaje, sería, al paso del tiempo, buenísimo para el billete, el trago, los toros y otros sacrificios diocesanos.

Las artes adivinatorias de quien ponía nombres a los hermanos Limas quedaron históricamente de manifiesto al momento de clasificar al que más famoso sería, Cargos, a quien con aquellas prefiguraciones bautismales se creía encaminar de manera inevitable a la adquisición de plazas, funciones y cometidos públicos, vaticinio que en ese tópico se cumplió pero que conllevaba otro augurio, negativo, escondido como cookie de Internet, pues al advenimiento deseado de nombramientos gubernamentales se sucedieron también acusaciones, imputaciones y recriminaciones, es decir, los otros cargos (judiciales y éticos) derivados de los primeros (administrativos y políticos).

El apellido tampoco se salvaba del toque irónico: Limas, como los instrumentos de acero clásicamente usados por los presos para desgastar los barrotes carcelarios. Yo limo, tú limas, todos limamos en ese ejercicio estriado con el que pretendemos disimular nuestras imperfecciones o fugarnos de nuestras celdas existenciales. Había, desde luego y como en toda familia expuesta a las habladurías públicas, versiones en el sentido de que el apellido original no era el de los frutos del limero, sino que en maniobras típicas de prestanombres había acabado siendo Limas lo que en realidad era Salim e, incluso, que a éste apellido le habían limado una vocal telefónica, llegando el chismorreo al extremo de sugerir que, en el fondo, esos apellidos eran uno solo en el que se fundían -a veces simulando largas distancias temporales- los poderes político y económico del país, entrelazados como el nombre de una delgada -en inglés, slim- cadena de restaurantes llamada Carlie&Charlos. ¡Felicidades por el primerísimo lugar de Nosotros los Forbes y Ustedes los Carlos!

-Entiéndeme, Décimo. No puedo, no debo y, la verdad, no quiero. Entiéndeme y ayúdame. Dile a tus amigos que me esperen, que no puedo correr riesgos, que más delante platicaremos- decía Aldo Luis a aquel personaje que había sido clave en la construcción de las carreras tanto de su hermano Cargos como del propio Donoso.

-Hay cosas que no se pueden pedir, chino- contestaba con su voz bajita, suave, casi en tono Corleone, el hermano encargado de los asuntos económicos de La Familia, agregando ese elemento de identificación inicial, la referencia al pelo ensortijado que en mata lucía años atrás el sonorense recién llegado del extranjero al que Cargos había presentado como una especie de hijo político a Décimo, el Mister Ten per Cent que entonces había decidido llamar “chino”, con capilar confianza, al joven en tutela.

-Ni tú me puedes pedir que no los invite –continuaba- ni yo puedo pedirles a ellos que no vayan. Sería una grosería extrema de mi parte el transmitir un mensaje así, y sería peligroso el que tú te atrevieras a tratarlos de esa manera. Piénsalo, licenciado Donoso, señor candidato, futuro presidente, y me vas diciendo… -cerró la plática Décimo, ya con un tono distinto en las palabras finales, entre desilusionado y cansado, como si al estar hablando pudiese ver frente a él las estampas sangrientas del futuro que en esos momentos comenzaba a tomar forma.

-No necesito pensar más, Décimo. No quiero ver en estos momentos a ese tipo de gente cerca de mí; ni en la campaña, ni en reuniones privadas. Y te quiero pedir de favor que no me hables así, de "licenciado", "candidato" o "presidente". Sabes bien que hoy y siempre nada más he de ser tu amigo, simplemente tu amigo, tu amigo Aldo Luis -y acompañó las palabras con una sonrisa franca, abierta, que, aún cuando con cierto retraso fue retribuida en términos parecidos por el visitante en retirada, no sería nunca más la misma, rota como allí había quedado una relación básica, literalmente vital.

 

Restaurante D’Tortari prepara Hamburto doble y MacKill Donald

-¿Y qué cree este hijo de la chingada, que el dinero de la campaña lo cagamos? ¿De dónde supone que salieron los millones de dólares que le acabamos de entregar nomás pa' que cubra gastos de estos días? ¿Ahora se va a declarar blanca palomita que no sabe cómo se hace la política en México, ni cómo se ha hecho todo para que yo sea presidente, ni cómo se harían las cosas si él llegara a sucederme? ¿El señorito nacido en Mafialena de a Kilo no quiere saber nada de "esos asuntos"? ¡Dime, Baúl, dime qué chingados sucede! (A veces, en la intimidad, Cargos llamaba Baúl a su hermano Décimo, pues lo consideraba una especie de cofre guardián de los secretos familiares y de otro tipo de riquezas menos espirituales) ¿Ahora ya no hay amigos, y a los que nos han ayudado a hacer política les damos una patada en el culo? ¿Se ha vuelto loco este cabrón, o qué?

Pocas veces perdía Cargos el control de sí como en esa ocasión. Se sentía ofendido como un padre que al final de la carrera profesional impuesta al hijo para que se encargara del negocio familiar se diese cuenta de que el retoño había estudiado a escondidas una deplorable licenciatura opuesta a lo que había hecho creer a ese progenitor ilusionado. Lo peor de todo era que (con dolor en el pecho, sin quererlo así pero al mismo tiempo sin poder impedirlo) el desencuentro y los resentimientos con el hijo (que había aparentado obediencia pero ahora pretendía volverse candidato independiente) iban ingresando sin retorno ni piedad posibles a esa zona rojo oscuro de las cavilaciones crudas, implacables, en las que el interés y el raciocinio estaban por encima de afectos y debilidades personales.

-No sé, Cargos. No sé qué esté pasando. Entiendo que no quiere correr riesgos. Me parece que tiene miedo de que un encuentro así pudiera ser difundido en la prensa, que fuera un cuatro para encontrar un buen pretexto y sacarlo de la pelea. Entendí que…

-¡Un cuatro! ¡¿Un cuatro de quién o para qué, Décimo?! Si yo quisiera quitarle la candidatura se la quitaba en dos patadas, y no soy tan pendejo para meterme en broncas con nuestros amigos y socios, balconeándolos, para deshacerme de un títere que depende de mí, de mis manos, de mis deseos. ¡No puede ser, Décimo, hermano mío! ¡Cuánta inmadurez, cuánta irresponsabilidad, cuánta inseguridad! Y así lo hemos hecho candidato, y así sería presidente seis años, y así llegamos a pensar en confiarle nuestro proyecto de retorno personal al poder…

Décimo sabía encajar los arpones envenenados en el momento exacto en que ofrecía flancos descubiertos la gran bestia de depredación política que era su hermano Cargos. Lo había aprendido a lo largo de una difícil convivencia en la que él, el hermano mayor, el heredero del nombre y de las primeras esperanzas del padre, el que aparentemente estaba destinado a las grandes tareas y los reconocimientos excelsos, había tenido que aceptar con amargura que los vuelcos de la circunstancia política llevaran al primer plano a su hermano menor y le confinaran a él, el diez romano, a una condición secundaria, subordinada, X (aunque de elite), en la que las iras del hermano-jefe todopoderoso podían de un plumazo borrarlo del mapa político (e incluso físico, bien lo sabía) y reducirlo a ejemplar demostración pública de que el gélido Cargos era capaz de sacrificar a quien fuera en aras de sus intereses. Por ello deslizó, con la mayor prudencia, que Donoso le había comentado que planeaba hacer cambios en el equipo de campaña apenas regresara de vacaciones de Semana Santa.

–Dice que va a quitar a Diecillo, y que va a poner a gente de su absoluta confianza personal -recitó en tono neutro, tratando de evadir la posibilidad de que el Presidente clasificara esa información como chisme interesado o como guerra entre facciones internas.

Cargos reaccionó como Baúl, el hermano caja fuerte, calculaba que habría de suceder, con enojo que más se encendía en cuanto menos podía disimularlo, desdeñando en apariencia lo sucedido, despidiendo de inmediato al mensajero molesto al que efímeramente odiaría por haberle hecho saber las rasposas situaciones que sin embargo ya habrían quedado impresas en la entraña vengativa.

-Pues basta de dedicarle tanto tiempo a tamañas tonteras. Suficiente trabajo tenemos por delante como para enredarnos en calenturas infantiles. ¿Qué otros asuntos tenemos pendientes de desahogar? -despedía, ya con la vista perdida, locutor en automático, ese Cargos trágico en quien había comenzado a trabajar el mecanismo inclemente de la valoración y la búsqueda de alternativas, de la confección de planes de relevo (“¡Trabajas un cambio de candidato, con harta lechuga de la buena y catsup a discreción!”, gritaba hacia la cocina, luego de tomarse la orden a sí mismo, el mesero del restaurante D’Tortari, un negocio de gastronomía fusionada que para conmemorar el Tratado de Libre Comer inventaría en ese momento la hamburguesa-torta, una combinación de verde y rojo a la que en español llamarían Hamburto, doble por si la primera parte tuviera que ser sustituida y, en inglés, MacKill Donald).

-Al que trae atravesado es a Karmacho. Está seguro de que le vas a quitar la candidatura a él, Donoso, para finalmente dársela a Manuel. Dice que nunca le tuviste confianza verdadera, que no has podido dejar de dudar desde que le anunciaste que sería el sucesor, que estás jugando con él y que eso no se hace con un hombre leal…-terminó Raúl de empujar la daga.

-¿Asuntos pendientes? -devolvió con altivez el entonces presidente, decidido a no dejar pasar más veneno del que ya había entrado a su exterminador torrente sanguíneo-. Bueno, entonces seguiremos en contacto. Buenas noches, Baúl.

 

Del baño de vapor, a la oficina congelante

Por definición, un hombre de poder no necesita (no debe) hacer los trabajos sucios con sus propias manos. Tiene a su alrededor a oficiosos, allegados y acomedidos que se desviven por aparecer a los ojos del jefe como adivinos del pensamiento o como veloces ejecutores de órdenes nonatas. Caravanas y sonrisas para quienes son entendidos como favoritos en ese mercado de valores cortesanos, desdén y grosería para los mal vistos, para quienes se supone han caído de la gracia divina o no pudieron llegar a ella.

Siempre hay riesgo de catástrofe a partir de la interpretación de ánimos que el séquito puede hacer desde suposiciones que no coincidan con la realidad. Por ello Cargos trataba de salirse del entorno contaminado de la alta burocracia y se refugiaba, cuando la gravedad del caso así lo requería, en esa oficina particular blanca, helada, que le permitía, entre aturdimientos térmicos, tomar decisiones frías, cortantes, inhumanas.

En esos vaivenes de temperaturas estaba Limas en 1994. Del vapor extremo, descrito en las líneas iniciales de este pequeño relato de política ficción, pasaba a las planicies congeladas; del vaho quemante, a ese largo cuarto refrigerador donde la blancura de las pieles abrigadoras con que se cubría el ex Presidente de la República se confundía con las paredes, el piso y el techo de esa habitación glacial donde el estratega, herido por los cuchillos que él mismo afilaba y esparcía por los suelos, había tenido que asumir el desenlace terrible del desencuentro entre los negocios del cartel familiar y el hijo político que había sido habilitado como candidato a la sucesión justamente para que diera continuidad a los negocios oscuros que permitían mantener bien montadas las apariencias de albura política.

Así se recordaba Cargos en 1994, blanco en la blancura nevada, deseoso de más frío en el reino de los grados bajo cero, impávido en la desgracia sabida y prevista, dueño de la situación en medio de ese crimen necesario, en aquel año terrible del derramamiento de sangre y de la catástrofe económica. ¡Ah, cuánto frío!, pero sólo así se puede alguien enterar de que su criatura política, el delfín preparado con delicadeza para continuar el proyecto personal, ha caído bajo balas que sólo pudieron haber sido disparadas, en esa Tijuana cuya ley era y es el narcotráfico, a partir de un acuerdo ejecutivo de máxima altura entre los jefes de bandas ante los cuáles había un comisionado familiar. ¡Brrr!

Personalmente, no…

-No ofendas tu inteligencia ni mis sentimientos aceptando la versión ésa de que yo fui quien mandó matar a Donoso –decía/reclamaba el expresidente a los cercanos con los que podía abordar el tema-. Tú sabes que si a alguien hizo daño lo sucedido en Lomas Salinas fue a mí, que ese 23 de marzo me quedé sin amigo, sin candidato y sin alternativa. Tú me viste aquel día, tú estuviste en Los Sauces -alegaba con pasión-. ¿Cómo se atreven a decir que yo habría ordenado la muerte de Aldo Luis, si el beneficiario de todo no fui yo, sino el gran traidor de Néstor, y con él las ambiciones resentidas de Mario José Córdova, éste sí capaz de tantas cosas? ¿Qué nadie se da cuenta de la campaña de desprestigio que el hipócrita de Diecillo desató contra mí, del encarcelamiento injusto de mi hermano Décimo, del espionaje, la persecución, el exilio?

Siempre le resultaba difícil a Limas recordar a detalle aquel 23 de marzo sin apretar las mandíbulas y sentir la sangre agolparse en las sienes. Desde luego que él sabía que personalmente no era culpable; su conciencia podía presumir de una tranquilidad condicionada y podía jurar por quien fuese necesario que de su boca no había salido jamás una instrucción para que Donoso fuese quitado del camino. Pero también era cierto que él, el jefe máximo, el que entonces era una especie de dios que da y quita la vida en términos políticos y, de vez en cuando, también físicos, sabía que había dejado al sonorense a mitad del arroyo y que había ido creando las condiciones y los escenarios propicios para que voces de su entorno, intereses comunes, sangre de su sangre, decidieran convertir en hechos los inequívocos mensajes que salían de Los Sauces. Desde luego que él no había sido (aunque, ¿alguna vez él había tenido la certeza de ser personalmente culpable de algo malo?, ¿no él mismo solía producir alrededor suyo, en los momentos críticos, una neblina que nunca dejaba saber la verdad? ¿no se daban así esas decisiones terribles, entre el vapor sofocante y el hielo ejecutivo? Claro que él, Cargos, nunca lo había ordenado, pero, ¿nunca?, ¿o nunca en una fecha precisa?, ¿o nunca en esos términos exactos?).

-¡Ah, querido Aldo Luis, si tan sólo hubieses cumplido con las reglas básicas del oficio político en que te fui educando, si hubieses entendido que el mando real debía seguir siendo mío, y que tú podrías seguir con tus discursos de presunta ruptura, valientes y esclarecedores, según eso, como decían de tus palabras aquellas del 6 de marzo, como si no supiéramos tú y yo, y todos los que bailamos estos valses de siempre, que las palabras sólo son eso, y que un discurso público no daña nada de fondo, como sí sucede con las deslealtades privadas, con el desconocimiento ingrato de los amigos y los jefes! ¡Ah, don Aldo: mira dónde quedó todo, dónde quedaste tú y dónde estoy yo, dónde nuestros proyectos de décadas! ¿Qué México es el que ves hoy, Donoso?

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