Sala Etnográfica
El castrado del maguey. Para abrir el corazón de un maguey hay que esperar a que éste comience a adelgazar, entre los 7 y 10 años, y que no sea ni luna nueva, ni luna llena. Primero se cortan las hojas y luego con el “capador” se comienza a ahuecar; después se deja descansar por un tiempo y está listo para colectar el aguamiel. El líquido se sorbe con el ococote dos veces al día y el hueco del corazón se raspa para que fluya bien. Para transportarlo, el aguamiel se deposita en un pellejo de borrego.
La conquista española originó una forzada amalgama que fundió infinidad de expresiones culturales: se entretejió la cosmovisión de los dioses prehispánicos y la de los santos católicos; en la arquitectura, la iconografía católica se plasmó a la manera indígena en templos y conventos, y los guisos se sazonaron con condimentos de orígenes diversos. Así, unas veces como imposición abierta y otras como resistencia velada, el resultado del mestizaje devino en la conformación de una serie de diferentes identidades indígenas, que aun hoy en día, como toda identidad cultural, se siguen modelando y se esfuerzan por ser reconocidas.
En las secciones de esta sala se exhiben objetos de los pueblos indígenas que siguen habitando en el estado; por una parte, los grupos otopames: otomíes, mazahuas, matlatzincas y ocuiltecos, cuyas lenguas provienen de un antiguo tronco común; y por otra, los hablantes de náhuatl, lengua que se habla en la entidad desde por lo menos 300 años antes de la conquista española. El visitante del museo aprecia coloridos textiles, utensilios tradicionales para la extracción del aguamiel y la elaboración del pulque, ruecas y telares de cintura, así como objetos e imágenes en que se muestran sus principales fiestas cívico-religiosas.

