La Jornada Semanal, 19 de abril de 1998



UTOPIA Y NOSTALGIA EN PALES MATOS


Edgardo Rodríguez Juliá


Edgardo Rodríguez Juliá, novelista y ensayista, ha dedicado sus muchos talentos y sus mejores esfuerzos a la reflexión sobre los sueños y las pesadillas de la realidad puertorriqueña. Su última obra, Cartagena, viene a completar uno de los ciclos novelísticos más intensos e inteligentes del Puerto Rico contemporáneo.



Luis Palés Matos es un escritor que considero muy mío; tanto así que la vanidad me sobraría para pensar que su viaje en la poesía fue, idealmente, mi trayectoria en la prosa. Y digo esto, así, más con temblor que con jactancia; entonces rectifico y pienso que su voz -de escritor tan duramente concluso, murió casi veinte años antes de yo publicar mi primera novela- quizá sólo provocó en mí ese pálido eco que Antonio Machado les atribuye a los imitadores de Rubén Darío.

Tampoco se trata de que yo intentara imitarlo. Mi honor no sería tan grande. Más bien reconozco esas huellas calzadas a fuerza de correspondencias sordas, coincidencias de tonos y ambiciones insinuadas en nuestros libros, eso que los actuales sabios al uso que conocen su doctrina llaman intertextualidad. En mi juventud primera, cuando apenas comenzaba a cultivar mi vocación para la escritura, fue el escritor puertorriqueño que más admiré.

Entreví en Palés Matos esa ambición que resulta tan esquiva para los escritores de esta marginalidad caribeña: admiré en su obra aquello que por aquel entonces se reconocía como universalismo, fruto sólo a veces coincidente con cierto cosmopolitismo también señalado por Goethe; de todos modos, me asombró ese genio para lograr, mediante una escritura tan plantada en el solar caribeño, un testimonio elocuente para cualquier humanidad.

Como sabemos, semejante virtud literaria no es fácil de lograr. Pasa por senderos en que la búsqueda de la voz propia se interna en el bosque de una tradición, resultando en homenaje a lo que vino antes y profecía de lo que llegará después. En estos apuntes que son mi homenaje al gran poeta de Puerto Rico, en este su centenario, pretendo trazar esa trayectoria que considero, como ya dije, también muy mía.

El joven escritor siempre comienza por hacer un calco. En Azaleas, Palés Matos no se priva de asumir aquellos tópicos que el modernismo volvió aún más pueriles. Su neurastenia tropical -la insatisfacción con la espesura municipal de estas tierras, bovarismo en busca de consuelo- lo llevaría a concebir esos sitios de la ensoñación donde sí está la vida, aunque allá nos transportemos, más que mediante la morfina y el opio -tan convencionales en aquella poesía proveniente de Baudelaire-, por medio de la imaginación más potente y profunda que ha conocido la poesía puertorriqueña. Y esa juvenil virtud literaria que es la imaginación coincide con la búsqueda de una voz que al fin capture lo específico e irreductible de nuestra condición antillana.

Palés Matos fue un poeta de nuestra particular insatisfacción; le tocó nacer en aquel año conflictivo del 1898 en que intentaríamos el recomienzo -¡otra vez!- de nuestra esperanza y humillación colonial. Había que escapar, a como diera lugar, a ese sitio donde somos sin la mediación de nadie.

Pienso que en el poema ``Esta noche he pasado'', de El palacio en sombras, Palés Matos entrevé, por vez primera, la madurez de una visión, también el sesgo de una escritura para expresar estas tierras de paisajes bonancibles e historias terribles, tan asoladas lo mismo por el huracán que por la codicia de los imperios. El Caribe es una tierra donde la memoria nos nace degradada, donde nos esforzamos por recordar lo que una vez fuimos, donde las señas de la identidad se nutren en la nostalgia. En este originario poema de tema afroantillano la visión aún es truculenta; no tardará Palés en descubrir un tono, una voz más compleja.

De todos modos, Palés concibe la posibilidad de una poesía en que la celebración de estas tierras siempre estará cercana a cierta inquietud: será una poesía en cuyo trasfondo se testimonia el pecado original cometido en estas latitudes, la esclavitud, esa expoliación que nos ha llegado como un sordo coraje, ``bermellón de cólera'', según las palabras del poeta, una herencia cruel. La madurez de esta visión volverá contradictoria y a la vez trágica esa antillanía fácil y rumbera, grandilocuente y a veces trivial, que anima algunos de los más retóricos versos de su casi coetáneo, Luis Lloréns Torres.

Y la búsqueda de esa voz será también la búsqueda de una autenticidad centrada en la ironía. Ya está cifrado ese recorrido en que la voz del poeta encontrará disfraces, sutiles parodias, en que la celebración de la propia voz es la admisión de un carnaval de voces. Palés Matos será el poeta de las muchas voces. La ironía, concebida como la capacidad para sostener en íntima oposición la burla y la exaltación, será la semilla de este inestable espacio dialógico.

Esta cosmovisión compleja de la antillanía pasará por esas casi juveniles Canciones de la vida media, poesía en que un ennui tropical testimonia, más que un hastío con la tradición -al modo de Baudelaire-, una insuficiencia respecto de la propia intrahistoria, las nostalgias de pueblos a medio hacer. En ``Topografía'' -``Esta es la tierra estéril y madrastra en donde brota el cacto''- y ``Pueblo'' -``¡Piedad, Señor, piedad para mi pobre pueblo donde mi pobre gente se morirá de nada!''-, la voz acata fatalmente un paisaje de tierra baldía y un paisanaje amodorrado por la condición colonial, a la vez que añora esa improbable redención que el nacionalismo albizuista encarnó durante los años treinta. Hijo del 1898, el hastío palesiano siempre dialoga con la impotencia política, aquella otra humillación originaria.

Tún Tún de pasa y grifería es el espacio de la utopía y la ucronía, la fuga hacia una visión donde se pretende restaurar la memoria mediatizada de lo afroantillano. La robusta imaginación palesiana encuentra aquí voces llegadas de muy lejos, voces encantadas. Esta imaginación busca sus límites, y los encuentra en esa región tan escamoteada por una literatura casi obligada a testimoniar los difíciles tiempos sociales y políticos de los años treinta. Palés se remonta hacia regiones contenidas en palabras como Kalahari, lugares de una ansiosa ensoñación donde la memoria apenas alcanza. Se trata -como en el Romancero Gitano de Lorca- de una poesía que no rehúye lo convencional justo en la búsqueda de una visión única, auténtica. Después de todo, el ángel de la inautenticidad, de la memoria intervenida, siempre revolotea sobre estas tierras.

La poesía de tema negro de Palés utiliza un exotismo que por complejo no resulta meramente pintoresco; y es que todo intento de regreso a cualquier africanía, desde estas tierras, está lastrado por un salto oceánico donde prevaleció la crueldad de la esclavitud, donde el olvido fue asediando, donde el anhelo de una visión contendría también el prejuicio racial. Ningún libro, ninguna antropología sobre el hombre africano, sería capaz de remediar esa herida. Palés Matos abraza esta lastrada imaginación como una suma de voces sincréticas que resultan, a la larga, elocuentes y veraces en su historicidad nada evidente. ``Canción festiva para ser llorada'' es la conversión de esa visión en epíteto, la forma más depurada y arriesgada de la descripción. La ironía como reconciliación de voces llega aquí a una desgarradora culminación. Palés es incapaz de celebrar sin las señas de la sátira.

Se ha dicho que la poesía tardía de Palés Matos es una especie de gran suma, variación de un sorprendente eclecticismo, ello así desde el uso de formas antiguas de la poesía española -como la silva- hasta cierto conceptismo nada ajeno a lo visionario del surrealismo. En la lectura de ``El llamado'', ``Búsqueda asesina'' y ``Puerta al tiempo en tres voces'' deberíamos reconocer otros elementos definitorios, y me refiero a una apropiación que de por sí también es el resultado de la nostalgia. Se trata de una poesía depurada en la modernidad y que a la vez añora los códices del anticuario; de nuevo se evidencia el disfraz dialógico; asoma y acecha nuestra particular voracidad caribeña, la tragonería de los marginales, aquellos que miramos la confitería desde la calle. Y es desde esta mirada voraz que logramos nuestra particular genialidad; ese es el secreto milagro, lo mismo en Palés Matos que en Lezama Lima. Podríamos hablar de las visitas de Pedro Salinas y Juan Ramón Jiménez al Caribe. Pero esas anécdotas no bastarían para explicar el asombro de los nuestros ante esa cornucopia que es la tradición. Prefiero pensar que se trata de un afán arcaizante que es también una validación, la nostalgia de una tradición propia y a la vez ajena, como todo lo nuestro.

Aunque Palés Matos huyó de una voz perfectamente única, irreductible en la singularidad, su búsqueda resultó ejemplar. Porque ¿qué poeta puertorriqueño ha llegado más lejos que él en ese esfuerzo? Decía Federico de Onís sobre esta poesía: ``Para Luis Palés Matos la poesía no sólo es independiente de toda realidad, sino que es la única realidad, la que da sentido a su alma y al mundo. Toda ella se mueve entre extremos: entre el barroquismo y el prosaísmo, la emoción y la ironía, lo espiritual y lo físico, lo soñado y lo real, lo exótico y lo local, lo pasajero y lo eterno, lo abstracto y lo concreto, todo lo cual es en él

lo mismo. En esta capacidad de unidad de lo diverso y lo contrario, radica su valor y originalidad. Puerto Rico, y más concretamente la infancia guayamesa de Palés, están por todas partes en su obra como fondo y raíz de sus transfiguraciones poéticas sobrerrealistas.''

Su comparsa de voces, de tonos, quizá sea el único modo posible de expresar este mundo que es como una congregación de culturas enriquecidas por lo nuevo y a la vez degradadas por el olvido, de reconocer el anhelo, sí, de ser elocuentes para la humanidad toda; pero justo desde estas tierras excéntricas por marginales y musarañeras por hábito del consuelo, tan a mitad de camino entre lo pintoresco y una tristeza indefinible.




LUIS PALES MATOS Y EL CARIBE


Hugo Gutiérrez Vega


Hugo Gutiérrez Vega, escritor de poesía y de ensayo, periodista, actor, cocinero y viajante, se asoma en este trabajo al mundo negro antillano redescubierto por la lírica de Luis Palés Matos.

Nuestro mare nostrum, las grandes joyas de las Antillas Mayores y el serpenteante juego geológico de las Antillas Menores; la poderosa presencia de la cultura de la madre çfrica metamorfoseada por las verdes y azules realidades del profundo Caribe, parte del padre Atlántico, pero parte separada por fronteras invisibles, como el Egeo se separa y sigue perteneciendo al otro mare nostrum, el del sueño romano, son el fondo y la forma, la esencia misma de una de las vertientes principales de la obra de Luis Palés Matos, poeta mayor de la lengua castellana.

Entender plenamente que la negritud (pido permiso a Senghor para usar su palabra castellanizada) en la poesía de Palés no tiene ninguna intención folclorizante, ni asomo alguno de paternalismo ni, mucho menos, contenido ideológico inmediatista, es condición imprescindible para acercarnos a sus construcciones poéticas celebratorias de las características intransferibles de la cultura antillana. Palés canta y celebra la estética corporal y artística de los pueblos marcados por el signo del Caribe, como Homero lo hizo con los seres del mundo helénico; Virgilio con los huidos del incendio troyano y llegados a las costas soñadas durante el largo viaje, para inventarse las primeras formas de lo que sería el mayor imperio del mundo conocido; Cam›es con los alucinados navegantes que partían de su patria cercada y estrecha para, venciendo océanos y tormentas, ensanchar la visión de la tierra de los hombres; Darío con la América mestiza, sus raíces y su lengua común; Whitman con los industriosos americanos del norte y sus sueños de democracia y tolerancia; Cavafis reconstruyendo las imágenes y los cuerpos helénicos en la ciudad capital del rescoldo helenístico; Vallejo con los descendientes desposeídos del Imperio Inca; García Lorca con la raza de la verde luna, perseguida, pero dueña de su mismidad irreductible; López Velarde con sus mitologías sollozantes y sus ídolos a nado.. y otros más, muy pocos, capaces de reunir las características señaladas por Eliot para definir a los poetas nacionales.

Palés, como lo hacen los otros poetas mencionados, en sus lenguas y giros particulares, habla con la voz de las islas (voz plural, hecha por las mezclas y las hermosas indeterminaciones) y al mismo tiempo con su propio e intransferible sentido del lenguaje. Exprime a las palabras sus jugos más recónditos, y cuando lo necesita recurre a neologismos, da a los vocablos una amplia gama de significados o, en homenaje a la madre çfrica, recurre al ritmo puro y a la repetición que con frecuencia enriquece y, junto con los silencios y las pausas, destila la substancia misma de un poema en el cual la forma es el fondo y lo permanente son las palabras y los mundos que evocan y convocan en el mágico momento de la lectura en voz alta o en el silencio del lector comulgante.

Su mar Caribe corresponde a la realidad y, al mismo tiempo, es un producto de su imaginación. Es un Caribe principalmente femenino y, por lo tanto, tiene el profundo sentido de la tierra, la gracia intacta del primer día de la creación, el ondular de las aguas en la playa, el movimiento acompasado de un ``caderamen'' rotundo como la comba del cielo. Los hombres ocupan un lugar discreto en las islas del matriarcado, que en ese tiempo estaba lleno de deberes y pobre de derechos. Son ellos los que tocan el tambor en la noche de la fiesta para que la mujer ondule y señale los rumbos del frenesí. Como lo afirma Mercedes López Baralt, el cantor logra un aliento bíblico para describir a su ``Mulata Antilla'':

Con voces del Cantar de los Cantares,
eres morena porque el sol te mira.
Debajo de tu lengua hay miel y leche
y ungüento derramado en tus pupilas.
Como la torre de David tu cuello,
y tus pechos gemelas cervatillas.
Flor de Sarón y lirio de los valles
yegua de faraón ¡Oh Sulamita!

El rey Salomón y el poeta del Caribe se unen para celebrar el milagro del cuerpo femenino, y la mulata de Palés se convierte en el ser emblemático del mundo antillano. Su cuerpo y su balanceo, su sensibilidad y su inteligencia unidas al misterio de esa gracia que brota de todos los caminos de su piel, son la metáfora de las islas, sus idiomas, sus formas de ser, de esperar, de gozar y de morir, así como el lenguaje de su alma hecha de mezclas, júbilos y vejámenes. Alguna vez, hablando con los poetas Edwin Reyes, Hjalmar Flax y José Luis Vega, comprendí que las islas eran la mulata que era, a su vez, ``el tibio mar de las Antillas'' al que Palés se acogía:

Eres ahora, mulata,
todo el mar y la tierra de mis islas.

Palés usa la palabra todo en su total extensión. La tierra está representada por la mulata y su cósmico caderamen que oscila en el amor, y es también la cuna del hijo.

A sus tierras llegan las banderas de los blancos y la isla mulata entrega sus armas:

El pabellón francés entra en el puerto
abrid vuestros prostíbulos, rameras,
la bandera británica ha llegado,
limpiad de vagos las tabernas.
El oriflama yanqui...
preparad el negrito y la palmera.

Violadas y vírgenes (la Magdalena es siempre virgen al final), las islas mantienen vivas sus formas de ser y de expresarse y, como en la ``Plena del menéalo'', se balancean en el desafío para hacer rabiar al Tío Sam.

Los tambores clavaron en Luis Palés ``su aguijón de música'' y le dieron la facultad para cantar el ritmo novísimo de las islas caribeñas. Dice Mercedes López Baralt que en ``Canción festiva para ser llorada'' Palés Matos recorre las islas, -como los otoños de Saint- John Perse y José Carlos Becerra-, para entablar con ellas un diálogo erótico pautado por un entusiasmo mayor y una despierta, casi ditirámbica celebración: ``Buen calalú Martinica, que Guadalupe me aguarda, ¡Hola viejo Curazao! Yo ya te he visto la cara. ¡Mira que te coge el ñañigo, niña no salgas de casa!'' En este diálogo erótico las proposiciones son francamente indecorosas y, por lo mismo, gozosas: ``¿En qué lorito aprendiste ese patuá de melaza, Guadalupe de mis trópicos, mi suculenta tinaja? A la francesa resbalo sobre tu carne mulata, que a falta de pan tu torta es prieta gloria antillana.'' Hablando en patuá; en papiamento, esperanto cimarrón; en español suavizado por los aires isleños, o en inglés montado en el vaivén del calypso, las islas cumplen sus ritos nocturnos, se mueven gozosas en los instantes dorados e imperecederos del amor sexual, disfrutan sus ``alimentos terrenales'' y luchan por alcanzar sus libertades y mantenerse fieles a los signos y los modos de sus culturas.

Palés Matos es el pionero de esta visión del Caribe mulato y, por lo mismo, mucho le deben Nicolás Guillén, Ballagas, Carpentier, Marinello, Ortiz, Urrutia, Césaire y Walcott, entre otros. Con él se inicia la poesía antillana que por su negritud se relacionó con las obras de Claude McKay, Vachel Lindsay y Langston Hugues. Recuerdo el poema ``The Congo'', de Lindsay, que tal vez contagió a Palés algunos aspectos del ritmo de los tambores selváticos:

Mumbo-Yumbo, God of the Congo,
and all the others Gods of the Congo,
Mumbo-Yumbo will hoodoo you
Mumbo-Yumbo will hoodoo you...

Luis Palés tuvo que esperar para que se reconociera el valor de sus propuestas, y se vio obligado a enfrentar tanto la incomprensión de los críticos como el racismo de la sociedad blanca. Por otra parte, gracias a Tomás Blanco, Margot Arce, Federico de Onís, Valbuena Prat y Nilita Vientós, se inició el estudio riguroso de su poesía, que han llevado a extremos de excelencia Mayra Santos Febres, José Luis Vega, Rodríguez Vecchini, Barradas, Bajeux, Habibe, Díaz Quiñones, Pedreira, Forastieri, Gelpí, Ríos çvila, Julio Marzán y mi maestra Mercedes López Baralt.

No podríamos, por otra parte, explicarnos claramente las obras de Luis Rafael Sánchez, Ana Lydia Vega, José Luis Gónzalez, Ramos Otero, José Luis Vega, Edwin Reyes, Hjamar Flax, Edgardo Rodríguez Juliá y otros escritores antillanos, sin la luz palesiana que fue capaz de iluminar los más recónditos y desdeñados aspectos del alma caribeña. Me refiero sobre todo a los actos rituales acompasados por el tambor que lleva el ritmo de los latidos del corazón: ``Por la encendida calle antillana va Tembandumba de la Quimbamba, rumba, macumba, candombe, bámbula, entre dos filas de negras caras'', decimos casi bailando los puertorriqueños, los isleños todos, los latinoamericanos y hasta los mismos europeos que con tan poca gracia se atreven a menearse en la danza ritual.

Lo mismo sucede con todos los poemas del ``Tuntún de pasa y grifería'' en los cuales presiden la ceremonia el gran Cocoroco diciendo Tu-cu-tú, y la gran Cocoroca diciendo To-co-tó. En ellos una grave alegría se une a una liviana tristeza, y los años de esclavitud miran de frente y con lucidez a los años de libertad precaria, constantemente conculcada: ``Hombre negro triste se ve desde Habana hasta Zimbambué.'' La grave alegría brota del solo hecho de nombrar las cosas, los paisajes, los seres:


Cuba, Santo Domingo, Puerto Rico,
fogosas y sensuales tierras mías
¡Oh los rones calientes de Jamaica!
¡Oh fiero calalú de Martinica!
¡Oh noche fermentada de tambores
del Haití impenetrable y voduista!
Dominica, Tortola, Guadalupe,
¡Antillas, mis Antillas!
Sobre el mar de Colón aupadas todas
sobre el Caribe mar, todas unidas,
Soñando, padeciendo y forcejeando
contra pestes, ciclones y codicias,
y muriéndose un poco por la noche,
y otra vez a la aurora redivivas,
porque eres tú, mulata de los trópicos,
la libertad cantando en las Antillas.

Es la ``Mulata-Antilla'', las islas mujeres, el amor que libera, la premonición de Filí-Melé y el amor que exalta, subyuga y aniquila: ``Yo te maté, Filí-Melé: tan leve tu esencia, tan aérea tu pisada, que apenas ibas nube ya eras nieve, apenas ibas nieve ya eras nada.''

En toda esta imaginería se conjugan el amor y la muerte, la danza, el rito, los fieros bebedizos de ron con pimienta, la ardiente cachaza de esa interminable isla antillana de alma que se llama Brasil, las transparentes aguas a veces ferozmente enturbiadas por el ciclón, que siguen y siguen hasta llegar a Cozumel y rodear con un brazo de marinero la cintura mínima de Isla Mujeres, ahí frente a las costas de la península de Yucatán, en lo que llamamos, con deseo de unión, el Caribe mexicano.

Se conjugan también dos momentos de la mujer-isla: la osada juventud como un desafiante paradigma de la sensualidad:

En el raudo movimiento
se despliega tu faldón
como una vela en el viento;
tus nalgas son el timón
y tu pecho el tajamar;
vamos, velera del mar
a correr este ciclón
que de tu diestro marear
depende tu salvación.
¡A bailar!

Y el amor en la atardecida, exaltado también, pero pensativo, esperando, aunque lo acompañe una sorda desesperanza:


Perdida y ya por siempre conquistada
fiel fugada Filí-Melé abolida.

Así nos habla desde el alma de un poema de amor y despedida que es sin duda uno de los más fuertes y originales de la poesía universal:


Un mar hueco, sin peces,
agua vacía y negra
sin vena de fulgor que la penetre
ni pisada de brisa que la mueva.
Fondo inmóvil de sombra,
límite gris de piedra...
¡Oh soledad que a fuerza de andar sola
se siente de sí misma compañera!

El poeta va hacia su muerte y el último amor le entrega para el viaje un perfume a la vez pálido y poderoso. La cercanía de un final presentido concitó las memorias de los días dorados y gracias a estos fantasmas no desapareció del todo la esperanza. Sabía Palés que la poesía -arte de las artes en la realidad americana- no cambia nada, pero cuando es verdadera y cumple las obligaciones de sinceridad y de belleza formal de las que habla Darío, tiene una acción y una función que se fijan en el tiempo, producen gozo a quienes la escuchan, y dejan su impronta en las conciencias individuales y en lo que con cierta cautela hemos dado en llamar ``conciencia colectiva''.

Por las calles antillanas y por las calles del mundo todo, la mulata de Palés Matos pasa bailando las plenas y las danzas rituales del Caribe, mare nostrum de las inacabables mezclas. Su danza libertaria tiene todas las formas de la vida: el deseo, la búsqueda del propio ser, la soledad, las humillaciones, los dolores, el amor y el desencuentro. La contemplamos con los ojos abiertos y el aliento entrecortado, pues con ella pasan la juventud, la libertad y la poesía que nos devuelve a la casa del padre y nos dice una palabra que nada significa y lo dice todo:

¿Por qué ahora la palabra
Kalahari?