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El siglo del poeta

Marie Jo pidió que el acto iniciara con el poema dedicado a su hija

Con un retrato coral en Bellas Artes terminó el tributo a Paz

Nombras el árbol niña, y el árbol crece lento y pleno

 
Periódico La Jornada
Martes 1º de abril de 2014, p. 7

Más que construir estatuas, el homenaje que se rindió a Octavio Paz (1914-1998) los recientes días para celebrar su centenario tuvo como objetivo principal poner en contacto con su obra a las nuevas generaciones, señaló el presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), Ra-fael Tovar, al dar inicio el acto Octavio Paz: retrato coral, anoche en el Palacio de Bellas Artes.

Con esa actividad cierra el programa conmemorativo que reunió en México a amigos, colegas, poetas, autores, estudiosos del legado literario del autor de El laberinto de la soledad, entre ellos a tres Nobel: Le Clézio, Derek Walcott y Wole Soyinka.

Intentamos, añadió Tovar, ser fieles a la pasión de Paz de propiciar debate y reflexión desde una perspectiva plural y abierta.

La viuda del poeta, Marie Jo, pidió que el acto comenzara con la lectura del poema que Paz dedicó a su hija Helena, fallecida el domingo y cuyos versos inician así: Nombras el árbol niña, y el árbol crece lento y pleno.

Después de la proyección de un video en el que de viva voz el poeta narra algunos aspectos de su vida, aparecieron en el escenario del Teatro Principal del Palacio de Bellas Artes 21 amigos de Paz, quienes lo recordaron, uno a uno, desde la experiencia íntima y personal.

Decir la verdad, deber del escritor

Inició la escritora Elena Poniatowska, quien narró: “Fuimos amigos desde 1953, conocí su casa en Mixcoac en la que los muertos eran más que los vivos. En su segunda casa en la avenida Nuevo León, nos sentábamos varios amigos en una alfombra verde a jugar cadáver exquisito, hasta que llegaba Octavio y nos decía, ‘¿qué, ya están hirviendo los sesos?”

La recién galardonada con el premio Cervantes destacó que Paz solía decir a sus colegas que el escritor “no tiene la obligación de mejorar directamente la situación del país, el escritor tiene otra obligación: decir la verdad, por lo menos su verdad, aunque resulte escandalosa o desagradable.

Que alguien se atreva a sacudir a la burguesía mexicana, a los políticos en su poder, los banqueros en su dinero, los líderes en sus mentiras. Toda esa gente está sentada en la pobreza del pueblo.

Poniatowska recordó las palabras que Paz dijo a ella y otros compañeros en sus últimos días: “Nos pidió que fuéramos dignos de las nubes del Valle de México, ‘seamos dignos del sol del Valle de México’, y agradeció que el Valle de México hubiera iluminado su infancia, su madurez y su vejez”.

Su traductor Eliot Weinberger platicó que un día, comiendo con Claude Simon, quien le había confesado que no había visto la película El perro andaluz, de Luis Buñuel, Paz se mostró sorprendido y confesó que a él le gustaba todo el cine, incluso mirar televisión, y se reconoció aficionado a la serie Star trek.

Octavio tenía una memoria fotográfica. Conjunciones y configuraciones eran palabras clave para él, un gran orador y un gran escucha, añadió Weinberger.

El escritor rumano Norman Manea dijo que conoció a Paz en 1990, durante el encuentro Vuelta, “el más alto debate intelectual sobre los trágicos horrores del siglo XX, sobre sus ilusiones, sus fervores y fanatismos.

Esa extraordinaria e inolvidable reunión no trajo la justicia social a un mundo sin cesar agredido por la mentalidad mercantil y un descuido arrogante de las necesidades espirituales del hombre; sólo queda esperar a que al menos en nuestra escritura florezca la humanidad y la solaridaridad al final, que el sol beba sombra, como dijo el gran Octavio Paz.

También compartieron anécdotas en Retrato coral de Octavio Paz, Alberto Ruy Sánchez, Fabienne Bradu, Adolfo Castañón, Juan Goytisolo, Jorge Edwards, Charles Simic, Ida Vitale y Aurelio Asiain, entre otros.