Opinión
Ver día anteriorSábado 16 de agosto de 2014Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
México SA

Refinación: ¡milagro!

Que siempre sí es negocio

La buena idea de Lozoya

L

os milagros no existen, pero de que se dan, se dan. Por ejemplo, resultó suficiente una reforma energética, con sus respectivas leyes secundarias, para que la abundante pérdida tornase en suculenta ganancia, y los errores injustificados en buenas ideas y doradas oportunidades para todos.

El hecho es que, en una de sus más recientes declaraciones, Emilio Lozoya, director general de Pemex, divulgó la buena nueva de que ese consorcio (formalmente ya empresa productiva del Estado) importaría petróleo ligero de Estados Unidos para impulsar la actividad de refinación en México, para lo cual ya estamos en negociaciones tanto con el gobierno norteamericano (gringo) y por supuesto con las empresas norteamericanas (ídem) que pudiesen administrarlo (el negocio).

Lo anterior, pues, sería no sólo una muy buena idea (Lozoya dixit), sino un verdadero prodigio, porque apenas el 22 de octubre de 2013 el mismo Lozoya advirtió, en plena cumbre de negocios en Guadalajara, que invertir hoy en día en refinación es cuestionable, ya que hay capacidad instalada en exceso a nivel mundial, o lo que es lo mismo, México se mantendría como importador neto de combustibles, porque producirlos internamente no es rentable.

Pero allí tienen que aprobadas la reforma energética y las leyes secundarias alguna intervención sobrenatural mandató transformar la mierda en oro con el fin de armar jugoso negocio para los norteamericanos, quienes no sólo aportarían el petróleo a refinar sino las instalaciones para hacerlo en territorio mexicano y, desde luego, los productos a vender para atender la demanda nacional, algo que, según decían, es cuestionable por no ser rentable. Entonces, es un milagro por donde quiera verse.

México acumula tres décadas y media sin incorporar una nueva refinería. La más joven del sistema nacional de refinación data de 1979, y como se ha documentado en este espacio los seis gobiernos neoliberales rotundamente se negaron a construir una sola, porque, pretextaron, sería una pérdida injustificada de recursos públicos y un grave error, amén de que este tipo de plantas industriales no son negocio. Y así han transcurrido 35 años, mientras años tras año crecía la importación de petrolíferos y el precio de los combustibles.

De Miguel de la Madrid a Enrique Peña Nieto, ningún gobierno movió un dedo para evitar, o cuando menos contener, la creciente dependencia externa de petrolíferos. A la urgente necesidad de construir nuevas refinerías, todos ellos respondieron con remodelaciones, actualizaciones y modernizaciones de las plantas existentes (incluso cancelaron una, la de Azcapotzalco, y no hubo remplazo), pero tardaron tanto en concluirlas que al reinaugurarlas resultaron ya obsoletas.

Y la frase machacona fue: sería un grave error construir refinerías en el país, pues no es financieramente un buen negocio, de tal suerte que si los mexicanos saben contar, pues que no cuenten con una nueva. Y cumplieron, pero a un costo verdaderamente exorbitante por las dos vías: la creciente dependencia externa y el permanente aumento de precios internos de los combustibles.

Desde luego que ello no fue un buen negocio para México y los mexicanos, pues la política adoptada por los seis gobiernos neoliberales implicó una permanente sangría económica, pero sí lo fue, y extremadamente rentable, para las refinería foráneas, porque tan sólo en los sexenios de Fox y Calderón, más el primer año y medio de Peña Nieto, de las arcas nacionales salieron cerca de 200 mil millones de dólares (80 por ciento de ese monto corresponde a la docena trágica panista) para importar petrolíferos.

Así, lo que a principios de siglo se importaba en un sexenio (el de Fox, poco más de 30 mil millones de dólares), hoy se importa en prácticamente un año (el primero de EPN, 25 mil 706 millones; ambas, cifras de Pemex), y esa catarata de dinero fue a parar a las empresas refinadoras con las que hoy negocia la dirección de Petróleos Mexicanos para que se instalen en el país, por mucho que a lo largo de tres décadas el gobierno mexicano aseguró que no es negocio construir plantas de refinación en el país (¿para quién no es negocio?).

Aquí se ha comentado que con ese río de dinero y en igual periodo fácilmente se habrían construido no menos de tres grandes refinerías del Estado, con lo que se habría detenido la importación de combustibles, la sangría económica y la dependencia externa, y todavía sobraría una buena cantidad para invertir en otras áreas. Pero con el pretexto de que no es negocio, el gobierno actuó en sentido contrario en beneficio de las trasnacionales, las mismas que ahora, como una muy buena idea (Lozoya dixit), llegarán al país para, entre otras tantas cosas, construir refinerías, producir combustibles y venderlos en territorio nacional. En síntesis, de acuerdo con la versión oficial, las refinerías propiedad del Estado son una mierda, y las refinerías privadas una inagotable veta de utilidades, amén de genial idea.

En el recuento, con Fox en Los Pinos, México (cifras de Pemex, insisto) importó petrolíferos por un total de 30 mil 254 millones de dólares, un crecimiento sexenal de 175 por ciento, Con Calderón el monto sexenal acumulado por el mismo concepto fue de alrededor de 130 mil millones de billetes verdes (más de 400 por ciento de aumento), y cerca de 40 mil millones en los primeros 18 meses de Peña Nieto. Y no construyeron una sola refinería.

Entonces, refinerías del Estado no, porque no son negocio ni son rentables, amén de que invertir en ellas sería una pérdida injustificada de recursos públicos y un grave error. Pero refinerías privadas sí, porque es una muy buena idea y le clavarán el colmillo a un negocio valuado –sólo este segmento– en alrededor de 30 mil millones de dólares anuales. El milagro privatizador lo puede todo, según sus promotores, como el converso Lozoya comprenderá.

Las rebanadas del pastel

Viva Sonora: el gobernador panista Guillermo Padrés pretende despojar millones de metros cúbicos de agua a los yaquis, a quienes hostiga y reprime, pero el mismo personaje humilde y solícitamente se agacha y se pone al servicio de Germán Larrea (el de Pasta de Conchos) y su Grupo México tras el ecocidio cometido por este corporativo en los ríos Bacanuchi y Sonora, y lo elogia, porque tiene buena voluntad para atender el problema, a pesar de que deliberadamente ocultó el derrame de 40 mil metros cúbicos de ácido sulfúrico.

Twitter: @cafevega