Opinión
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Mar de Historias

De corazón a corazón

C

uando me preguntan: ¿Qué fue lo mejor entre ustedes?, no dudo en responder: Las conversaciones. Consciente de que pertenecemos a mundos distintos y hablamos idiomas incomunicables, me bastó con verlo para adivinar que Lucas y yo llegaríamos a ser grandes amigos.

I

Siempre que pienso en nuestro primer encuentro lo relaciono con algo que vi hace muchos años en la tele. Era una de esas películas sin estrellas, bobas, mal subtituladas que se transmiten los domingos y sólo pueden tolerar personas hartas de los periódicos y que ya sin fuerzas para sostener un libro se acomodan frente a la televisión para que las voces de los actores las adormezcan.

Aquella cinta se refería a un hombre que hablaba ruso y una muchacha angloparlante. Inquilinos en el mismo edificio, él vivía en el departamento 703 y ella en el 603. Mediaba entre los dos un pasillo tenebroso y algo más: idiomas y culturas distintas. En camiseta y pantalón, él comía arenques y pan negro con vasitos de vodka mientras que ella devoraba hamburguesas con mostaza, pepinillos agrios y ensaladas mustias. Indiferentes al placer de los sabores, ambos comían a toda velocidad y de pie en cocinas atestadas de platos sucios, sartenes curtidas en cochambre y tazas con restos de café.

Un día ambos coincidieron en el elevador del edifico y a partir de ese momento se mantuvieron en contacto. Primero bajo motivos clásicos expresados a base de señas tan eficaces que a él no le hacía falta saber inglés para enterarse de que la joven le estaba pidiendo prestados una taza de azúcar o un fusible. La protagonista tampoco necesitaba nociones de ruso para aceptar las disculpas de su vecino por carecer de azúcar o un tapón extra.

II

En la película el electricista se convirtió en una especie de cupido involuntario. No pasó mucho tiempo antes de que el ruso tocara a las puertas del 603 para decir, a base de señas (subtituladas, por supuesto) que su lavadora había causado un cortocircuito en su departamento y requería de un electricista. Ella superó su desconocimiento del idioma ruso y se ofreció a llamar a su técnico de confianza. No conforme con eso, estuvo presente durante los minutos que al operario le tomó iluminar el 703.

La luz eléctrica bañó los pocos muebles, los carteles y fotos que tapizaban las paredes de un clásico departamento de soltero. A la inquilina del 603 no le costó trabajo identificar en una foto a los padres de su vecino. El brillo en los ojos de él le confirmó que no estaba equivocada y que ese muchacho de espaldas amplias y poderosas se sentía atraído por ella.

Satisfecha de su buena acción, la ocupante del 603 hizo un movimiento amplio con su brazo para abarcar los focos encendidos, sonrió como diciendo aquí ya no soy necesaria y se dirigió a la puerta. Él levantó ambas manos para impedir que su vecina saliera, se acercó al refrigerador, sacó una botella de vodka y la asentó en la mesa.

Ella, evidentemente sorprendida (y supongo que algo sonrojada) por la obvia invitación, mostró su reloj de pulsera en señal de que era tarde (o tal vez demasiado temprano para beber). Entonces él, suplicante, unió sus manos a la altura de su pecho y dijo frases incomprensibles a las que ella respondió con otras tantas igualmente indescifrables y entrecortadas por una risa que él interpretó como aceptación. Para celebrarlo, despejó la mesa y puso los dos vasitos de cristal que antes había mirado a trasluz a fin de cerciorarse de que estuvieran limpios.

El brindis era inevitable. Bebieron. Ella tosió y él, divertido, le sirvió unas gotas más de vodka. A partir de ese momento entablaron una conversación en sus respectivos idiomas y auxiliados por un lenguaje corporal que involucraba todos sus músculos. La escena era tan bonita y cálida que olvidé los subtítulos y me concentré en las magníficas actuaciones de dos actores cuyos nombres desconozco tanto como ellos el estrellato.

Nunca he vuelto a verlos en ninguna película. Ignoro si continuaron su carrera cinematográfica y si han tenido nuevas oportunidades de trabajar juntos. No lo creo; pero si estoy en un error dudo que le hayan dado vida a personajes como los de aquella cinta que vi un domingo para huir de la realidad. ¿Cómo escaparán ellos de la suya? Tal vez recordando la película que a mí me dejó una enseñanza maravillosa: sin importar el idioma, es posible la auténtica comunicación. Eso fue lo que hubo entre Lucas y yo.

III

Lucas era mi gato. Llegó por la ventana y por allí se fue. Si un día se le antoja volver encontrará su plato, su caja de arena, la toalla con la que inventaba fantasmas o compañeros y sus juguetes: una rata de estambre, un pajarito desplumado, un móvil con mariposas que lo inspiraban a saltar y una lagartija de goma que le devolvía su instinto de cazador.

Conservo también la pelota verde que yo rebotaba por todas partes para obligar a Lucas a salir de sus escondites. Nunca pude localizarlos pero él los abandonaba cuando al fin había tomado suficiente venganza por mis ausencias de ocho o diez horas, según las exigencias de mi trabajo, los congestionamientos de tránsito o la necesidad de hacer un alto en el supermercado.

Hace cuatro meses que Lucas se fue. Tal vez un día vuelva a entrar por la ventana. En vistas de esa posibilidad, la mantengo entreabierta. También dejo encendido el radio que tengo en la cocina porque a Lucas le encantaba escucharlo. Debí retratarlo cuando se tendía junto al aparato como si en realidad lo tuvieran hechizados la música, las discusiones de panelistas sabios, los noticieros y los consejos para ser sanos y felices.

No le tomé esa foto ni ninguna otra. Lo lamento. Podría valerme de ella para salir, mostrárselas a los viandantes y preguntarles si de casualidad habían visto a Lucas. En caso de encontrarlo, me lo traería cargado en brazos haciéndole amorosos reproches (Lucas malo, Lucas feo: ¿por qué siempre te vas si sabes que me preocupo tanto?) y promesas de nuevos juguetes.

En cuanto llegáramos al departamento me iría directo a la cocina para que él me siguiera hasta donde están el pocillo de agua y su plato con croquetas de salmón. Mientras él las devorara me pondría a contarle mis cosas, mis problemas, mis sueños. A él se las dije siempre con sinceridad, sin temor. Sus gruñidos, sus ronroneos, a veces nada más su mirada tan tenaz y tan verde equivalían a comentarios y respuestas: una conversación.

Eso es lo que más extraño de Lucas, aunque viéndolo bien también echo de menos sus carreritas, sus maullidos, su forma de saltar, el pleito con su cola esponjada, sus ronroneos, su manera de perseguir el humo o su método de comunicación conmigo.

Lucas huyó por la ventana. Espero que por allí vuelva, aunque con los gatos nunca se sabe.