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El 68 a medio siglo
Los mandos estaban nerviosos
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▲ Estudiantes detenidos la noche del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco.
Foto de Manuel Gutiérrez Paredes. Archivo UNAM Cod. Ref. MGP3106
Emir Olivares Alonso
 
Periódico La Jornada
Miércoles 3 de octubre de 2018, p. 4

Los mandos estaban nerviosos. Eran casi las seis de la tarde y el Ejército rodeaba la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco. Se ordenó a la tropa colocarse en formación. Los comandantes no dejaban de ver el reloj. De pronto, unas bengalas iluminaron el cielo y una voz gritó: Paso veloz. Comenzó el trote hacia la multitud. El golpeteo de las botas contra el pavimento se escuchaba fuerte. Los soldados avanzaban con el fusil al pecho. Cuando la vanguardia estaba por llegar a la plaza se escucharon los primeros disparos. ¡Zafarrancho de combate!, gritó el comandante. Comenzó el caos.

Desconcertados, los soldados intentaban ubicar de dónde provenían los disparos. Unos se guarecieron en la planta baja del edificio Chihuahua, otros se lanzaron pecho a tierra y algunos se ocultaron tras las ruinas prehispánicas.

Era el 2 de octubre de 1968, Francisco Moisés Salcido Beltrán tenía 19 años. En febrero había causado alta en el batallón de fusileros paracaidistas del Ejército y fue de los primeros en entrar a la plaza; 50 años después, en entrevista con La Jornada, narra lo que vivió y lo que ha reflexionado de ese trágico episodio. “Vi a un compañero disparar contra la multitud. Lo detuve: ‘¿Por qué disparas, si no son criminales?’ Los tiros venían de arriba. Era un infierno.”

Considera que la Operación Galeana fue un plan concertado en las más altas esferas del poder para acabar con el movimiento estudiantil, aprovechándose del desconcierto de la tropa. El mayor responsable, dice, es el presidente Gustavo Díaz Ordaz.

Originario de Caborca, Sonora, Moisés se asume como una persona de derecha que en aquellos años escuchaba de los peligros que podrían traer al país los comunistas. Los chamacos se estaban portando mal y el rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, Javier Barros Sierra, no debió ponerse de su lado, eso le dio más auge al movimiento. En la masacre de Tlatelolco no hubo tantos muertos como la izquierda presume, ellos querían sus mártires para fundar su doctrina.

–¿Cómo fue aquel año?

–Entré al batallón en febrero de 68. Antes era más sencillo, sólo necesitabas el diploma de secundaria y medir más de 1.70 (metros). Durante el movimiento me tocaron desde los primeros momentos. El bazucazo, la toma de Ciudad Universitaria (CU) y Tlatelolco.

–¿Qué recuerda de eso?

–El día del bazucazo los estudiantes estaban en la azotea gritando puras tonterías, eran chamacos de 13 a 17 años. La orden era usurpar el lugar. No querían abrir. El coronel pidió una bazuca y les advirtió que la usaría. Hizo una cuenta regresiva y cuando llegó al cuatro, varios jóvenes salieron por el balcón, pero no eran de la preparatoria, eran alborotadores, mayores. Uno reclamó al coronel que no podía volar la puerta. Y le contestó que sí lo haría, que si estaba alguien atrás era mejor que se quitara. Ordenó fuego. Vi cómo se prendió una luz anaranjada y salió un chorro derechito a la puerta.

Fui de los primeros que entró, buscando estudiantes en la oscuridad. Vi al menos a dos reventados por la explosión. Ese día hubo muertos, pero el gobierno no dijo nada.

–¿Cómo fue la toma de CU?

–Llegamos por Copilco y esperamos una hora a que salieran miles. Cuando entramos algunos se resistían a dejar CU. El general no estaba para manifestaciones, se subió a un tanque y yo también, arrancamos y acorralamos a varios contra una pared, todos corrieron menos uno. Estaba estático del miedo (ríe al recordarlo). El general le dijo váyase a la chingada. Trató de correr pero no pudo, movía los brazos pero las piernas no le respondieron.

–¿El 2 de octubre?

–Estábamos acuartelados y los oficiales estaban muy nerviosos. Trepamos a los vehículos y nos fuimos a Tlatelolco. Ya en formación, el general no dejaba de ver el reloj; nos colocamos en San Juan de Letrán (hoy Eje Central). El general José Hernández Toledo –quien fue herido en el tiroteo– estaba muy tenso. Vimos las bengalas. Marchamos a paso veloz. De repente se escucharon disparos desde el balcón del edificio (Chihuahua). Seguimos corriendo y aumentaron los balazos. El comandante gritó: ¡Zafarrancho de combate!, que significa: listos para el combate.

“Llegué al pie del edificio, buscaba de dónde provenían los disparos. Y de pronto, atrás de mí, escuché un balazo, me di la vuelta y vi a un compañero que desesperado tiraba contra la multitud. Sujeté su arma, la levanté y le grité: ‘¿Por qué los matas si no son criminales?’ Los estudiantes estaban a unos seis metros de nosotros.”

Salcido subió al edificio, buscó a los francotiradores sin éxito. Halló a varios estudiantes escondidos en cuartos de servicio. Asegura haberles dicho que no salieran.

Con el paso de los años, el ex militar –quien, de acuerdo con archivos de la Secretaría de la Defensa Nacional tenía la matrícula 6289394 y causó baja el 16 de noviembre de 1969 por no mostrar celo en el cumplimiento de sus obligaciones militares– tiene su propia hipótesis de los hechos.

Eran demasiados disparos y muy pocos los que caían. No fueron ráfagas de ametralladoras, lanzaron algunos tiros para calentarnos y después con altavoces crearon escándalo, como si estuviéramos en guerra. ¿Crees que un francotirador se iba a asomar para recibir un balazo? Nos confundieron y crearon el caos. Los soldados entraron disparando, pero no todos lo hicieron contra la multitud.

–¿Sí dispararon?

–Detuve a uno. ¿A cuántos mató? No lo sé. No vi a más. Es mentira que haya habido cientos de muertos. Yo vi a unos 17. Se habló de soldados caídos, se dijo que 12, no vi ninguno. Hubo heridos y muchos detenidos. Es mentira que recogíamos a los muertos y los lanzábamos a camiones. A los muertos se los llevó la Cruz Verde. Los camiones militares sólo se usaron para llevarse a los detenidos.