Opinión
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Aquellos lejanos entremeses cervantinos
E

n 1953 fui con mi abuela, una tía y sus hijas a la ciudad de Guanajuato. Esa tía era amiga de Enrique Ruelas y el viaje lo hicimos para ir a la Plaza de San Roque a ver los incipientes Entremeses Cervantinos. Los actores eran estudiantes de la universidad y sus madres les habían confeccionado, con tela de franela, que era muy barata, los trajes de época.

Realmente la puesta en escena fue vital, divertida, amateur, ya que apenas rebasaba un festival escolar de aquellos años. La distancia entre el público y los actores era sumamente pequeña. Todos conocían a todos y todos disfrutaban a sus hijos, sobrinos, amigos interpretando historias del pasado, con expresiones del pasado que, a través de ellos, se traían al presente.

Después de la función, donde los actores y sus amigos y sus parientes y sus escasos visitantes, como mis primas y yo, nos mezclábamos gozosamente. En aquel lejano entonces, los fuereños eran contados; Guanajuato estaba convertida en una población de pasada grandeza, pero de adormilado presente. Los entremeses fueron en esos días una diversión para los propios guanajuatenses que salían de su rutina.

Supongo que nunca se le ocurrió a Ruelas, quizá lo haya soñado, que su proyecto acabaría convirtiéndose en el mundialmente famoso Festival Cervantino de ahora.

Guardo un recuerdo inolvidable, el de ir a comprar probablemente alguna fruta de la estación al hermoso edificio del mercado, construido en el porfiriato para el uso cotidiano de los moradores, es decir, era un mercado de comestibles en activo. Años después, el edificio se dedicó a la venta de artesanías. Y no es que dicho uso me parezca mal, es sólo que siento que aquello que fue diseñado para uso de la población resulta, a los ojos de quienes nos gobiernan hoy, demasiado bueno para los habitantes. Éstos pueden conformarse con una nave comercial anodina, porque un edificio como el del mercado es mejor para el turista despistado las más veces.

A finales de los años 60 fui de nuevo con mi familia a los entremeses, y no olvido que mi hijo de siete u ocho años quedó prendado de las espadas y del ritornello de un personaje que decía: Lo mismo digo, lo mismo digo. El niño se apropió, un largo tiempo, de la acotación que la parecía pertinente en cualquier diálogo.

Para ese entonces, las callejoneadas con la estudiantina eran un éxito; sin embargo, los visitantes de fuera aún no éramos muchos.

Transcurrió el tiempo, participantes y audiencias llegan de muchas partes del mundo. El paso de los entremeses al festival fue espléndido. De haberlo sabido Enrique Ruelas, no podría haber estado más satisfecho ni más feliz.