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El Estante de lo Insólito

Dolores del Río. La esencia del gran cine

Tu belleza y tu talento/ como quien no quiere nada/ tiene la noche estrellada/ del agua para el sediento. Para Dolores el río/ para el río los dolores/ si ya no son sino flores/ para Dolores del Río.

Carlos Pellicer. Todo de nada.

H

ollywood se construyó como meca del cine, entre otras cosas, por sumar los talentos de los inmigrantes que aportaron en la formación artística de la nueva industria. Los mejores músicos de los centros nocturnos, los mejores histriones del teatro, los mejores coreógrafos, escenógrafos o diseñadores de vestuario fueran bienvenidos a robustecer un grupo humano multicultural que se adueñaría de la forma de entretenimiento preferida del mundo. Entre ellos estaban varios mexicanos en la formación técnica (Emilio El Indio Fernández, los hermanos Rodríguez, Fernando de Fuentes), y también figuras que encarnarían sueños de triunfo para la pantalla, como los mexicanos Ramón Novarro, Lupe Vélez y, preponderantemente, una mujer que representaría el modelo de la belleza latina por excelencia: Dolores del Río.

Bautizada como Dolores Asúnsolo López-Negrete, nació en Durango en 1905, perteneciente a una familia rica con un padre líder en el ramo bancario, Dolores fue una mujer demasiado atractiva desde su adolescencia. El estallido de la Revolución hizo que su padre se fuera a Estados Unidos, mientras Dolores y su madre se trasladaron a la ciudad de México. Después de un tiempo pudieron reunirse todos en la capital del país. Hay datos que señalan un parentesco en segundo grado de su madre, Antonia, con Francisco I. Madero, por lo que pudieron establecerse con cierta calma. Dolores tenía sólo 15 años cuando se casó con Jaime Martínez del Río, un hombre poderoso, con una estatura económica y social muy relevante. Su luna de miel se extendió por dos años en Europa, antes de volver a sus gigantescas propiedades, donde Jaime se concentró en la producción de algodón, negocio con el que esperaba mantener el nivel de vida que habían disfrutado en Europa, conociendo a la élite social y bailando en los grandes salones de España. Jaime tenía interés por la cultura y eso fue muy importante en la formación de Dolores. Ella recorría terrenos y hablaba con la gente, con un sentimiento más terrenal, menos ilusorio, de lo que su condición económica les permitía.

La otra felicidad

Pero esa imagen del confort social y la familia extendiéndose hacia el futuro se rompió como un retrato que se arroja desde el balcón. Ella sufrió un aborto y el negocio se facturó como un gran fracaso comercial. Nunca más volvería a embarazarse. Un dolor permanente entre lo que serían los grandes reflectores y su imagen de éxito.

Dolores tuvo entonces deseos de convertirse en bailarina y dedicarse al arte. En 1925 cuando conoció al director de Hollywood Edwin Carewe. Llegado a México con una exclusiva agenda social, Carewe estaba en animada tertulia en casa del escritor Salvador Novo (que se convertiría en gran amigo de la actriz) cuando le presentaron a la joven. Su impacto fue equivalente al que tendrían los espectadores cuando la vieron en la producción de Carewe que la puso por primera vez en pantalla: Joanna. No se trataba de un estelar, pero desde el primer instante fue claro que la chica tenía algo distinto, además de gran belleza. Carewe la instruyó bajo la línea modélica del naciente sistema del Star System, con manejo de los medios (se publicaron artículos donde se hablaba de la futura estrella, quien era la mujer más rica de México, equivalente femenino de la sensación del momento: Rodolfo Valentino) y una tutoría especial para que dominara el inglés (para su desenvolvimiento social, ya que el cine era silente), aprendiera técnica de actuación y pudiera manejarse con solvencia en el aguerrido medio de las figuras del cine. Apoyada por su madre y su marido, contraviniendo el comportamiento esperado de una dama de sociedad mexicana, la incipiente actriz hizo su nombre artístico con el apellido de su esposo, así se conformó el nombre que se volvería leyenda del cine mundial: Dolores del Río. Conciente de que no tendría descendencia, Dolores encontró en el set la otra felicidad.

Ave del paraíso

Los papeles pasaron de las apariciones menores a los roles secundarios y los protagónicos en muy poco tiempo. Gente que fundó los grandes estudios y conformó la forma de producción y narrativa fílmica del cine fueron sus directores e impulsores. Particularmente el cineasta Raoul Walsh, actor reconocido (desde el personaje que hizo en El nacimiento de una nación, de David W. Griffith) y cineasta de categoría con quien hizo éxitos de taquilla con reconocimiento de la crítica, pero sería una cinta de Carewe, su mentor, la que la volvió estrella imprescindible: Ramona, de 1928. Hay un hecho fundamental con esa producción, Dolores grabó el tema musical (para la compañía RCA/Víctor), que fue un gran éxito, y que además se usó de manera sincrónica para exhibiciones del filme. Se considera el primer tema compuesto para interpretación de una estrella del cine. Cuando se realizaron encuentros con distintos talentos de Hollywood de cara al reto que llegaría con el cine sonoro, el éxito de Ramona dejaba claro lo que podría esperarse en el caso de Dolores. Mientras figuras importantes del cine silente debieron retirarse con la incorporación del sonido, la mexicana crecería en la misma proporción que lo hizo la nueva época del cine. No sería de la mano de Carewe, quien la atacó cuando ella se separó de su esposo pero no quiso casarse con él. En cambio, Dolores se comprometió con Cedric Gibbons, uno de los líderes de la Metro-Goldwin-Mayer.

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▲ Ilustración Manjarrez / @Flores Manjarrez

Una buena actuación y el escándalo por su desnudo, contribuyeron al gran éxito de Ave del paraíso (1932), donde la dirigió otro de los grandes: King Vidor. Seguirían otros éxitos y momentos importantes, como aquel baile con Fred Astaire en Volando a Río (Thornton Freeland, 1933), filmación que marca un evento consignado de muchas formas, pero que parece incontrovertible como el que decidiría el futuro de la actriz, ya que conoció a un mexicano de carácter volcánico que actuaba como extra y que la llevaría a su renacimiento en el cine: Emilio El Indio Fernández. Al año siguiente, en 1934, Dolores se inscribiría en la siniestra lista de enemigos comunistas de Hollywood al negarse a la producción Viva Villa (codirigida por Howard Hawks, William A. Wellman y Jack Conway; con Wallace Berry en el papel del Centauro del Norte), por considerar que se trataba de un guion que despreciaba lo mexicano y criminalizaba la Revolución. Ese evento marca una mala época en que sus películas no funcionaron con las ventas esperadas.

En 1940 Dolores tuvo su tercer matrimonio, esta vez con el genio volátil llamado Orson Welles. Acudiría con él al estreno de su obra maestra, El Ciudadano Kane, después filmarían juntos y se separarían de modo implacable y sin siquiera verse a la cara. Con un futuro nublado para su desarrollo en Hollywood, una vida personal desecha, pero deseos de seguir en el cine, Dolores toma la decisión más difícil e importante de su vida: dejar Hollywood y volver a México. El regreso fue esplendoroso gracias a una película magnífica: Flor silvestre (1943), una historia de tragedia familiar y venganza que engrandecía los idearios de los revolucionarios perseguidos. El Indio Fernández, Gabriel Figueroa y Pedro Armendáriz cubrieron con su talento a Dolores y la impulsaron a ser la mejor actriz que podía ser. Juntos continuaron con otros dos largometrajes clásicos: María Candelaria (1943), sobre una indígena que sirve como modelo de un pintor, quien pone su rostro en un desnudo; el pueblo indignado busca lincharla sin saber que ella nunca se desnudó para posar (curiosamente Dolores mantenía amistad con artistas como Frida Khalo y Diego Rivera, quien la pintó, como lo harían Ángel Zárraga o Roberto Montenegro); la otra fue Las abandonadas (1945), probablemente la película en que mostró su mayor talento como actriz.

Las abandonadas presenta la vida de Margarita, una hermosa mujer que es embarazada por su novio, quien la abandona. Rechazada por su familia, descubriendo que el novio es un hombre casado, desesperada y triste, Margarita llega a la capital para empezar su vida, terminando como fruta codiciada en elegante casa de citas. Es entonces cuando conoce al apuesto general revolucionario Juan Gómez (Pedro Armendáriz). Él se desvive por ella, le compra lo más caro del mundo y acepta quererla sin réplica cuando descubre que le ha ocultado tener un hijo. Pero la tragedia es mayor cuando Juan resulta ser un delincuente, ella es acusada de complicidad y termina en la cárcel. Años después (la transformación de Dolores es impresionante) vuelve a la libertad, que para ella sólo puede significar la calle y la prostitución, buscando que su hijo pueda ser un gran hombre. Es un melodrama brillante que muestra a la actriz en toda su capacidad. Obtiene premios por su trabajo, pero lo más importante para ella fue sacudirse la etiqueta de estrella creada en Hollywood para ganarse el de una mujer talentosa, capaz de responder a la exigencia de cualquier papel, lo que también dignificó en el teatro mexicano, al que también conquistó. Llegó también la gran producción El fugitivo (1948) del inmenso John Ford, a quien Dolores admiraba y con quien filmaría El ocaso de los cheyennes (1964), última cinta del director.

Directores como Fernando de Fuentes, Alejandro Galindo o Roberto Gavaldón, aprovecharon el talento de Dolores en distintas producciones. Con Gavaldón hizo El niño y la niebla (1953), un reto mayor para Dolores que resolvió con gran categoría. Con Ismael Rodríguez filmaría La Cucaracha (1958), el largometraje que la reunió con María Félix, la otra gran diva del cine nacional. Dolores, la dama para la que se diseñaron atuendos, muebles y casas, volcó su conocimiento y contactos en apoyar. Impulsó eventos cinematográficos y festivales, y fue decisiva para la Asociación Nacional de Actores (ANDA), para la que fundó la Estancia Infantil.

La esencia de Dolores

Su vida queda en el cine y la leyenda. Cuando volvió a Hollywood, casi dos décadas después, para filmar Flaming Star (1960), Elvis Presley la recibió con flores y su admiración. Marcó el tono de veneración en el set para un símbolo de una época dorada del cine. Era una estrella admirada, pero ante todo, era la esencia de lo mejor de la industria.

En su poema A Dolores del Río, Alfonso Reyes escribió:

“Tu soberana presencia,
luz despide, esencia mana,
Tu presencia soberana,
mana luz, despide esencia.”