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Ver día anteriorSábado 6 de julio de 2019Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Oro y exilio español
C

uando hablo de oro español, no me refiero al que se llevaron en abundancia a España a partir del siglo XVI ni al que acarrea diariamente en la misma dirección, aunque de otra forma, la banca hispana establecida en México. En este momento tengo presente más que nada el áureo que se empleó en la Cámara de Diputados para poner en letras metálicas Exilio español en México. Ello fue una plausible iniciativa de Porfirio Muñoz Ledo, que el pasado 28 de junio reunió a unos cuantos sobrevivientes de aquella rica corriente migratoria y algunos descendientes de la misma.

Lo que no resultó precisamente un éxito fue la ausencia de muchos diputados en el recinto, además de que hubo algunos que incluso votaron en contra de la iniciativa. Se ve que no falta en el parlamento mexicano gente de la caterva que Vicente Lombardo Toledano definió alguna vez como sanguijuelas reaccionarias.

No sumaré más halagos a los muchos que se han dedicado a esa afluencia migratoria ibérica que, en conjunto, resultó muy benéfica para nuestro país –aunque se colaron en ella algunos indeseables, claro está–. Yo también me beneficié de las enseñanzas de algunos maestros, incluyendo a José Gaos, considerado por muchos como la insignia de aquel conglomerado.

Lo que sí conviene es comentar algo más de una frase que se escurrió discretamente en el texto que leí en aquella ocasión, en la que preferí subrayar la heroica gesta mexicana en Europa que hizo posible traer a muchos de aquellos refugiados que quedaron acorralados en Francia a merced de nazis y franquistas. Unos 50 mil acabaron en México entre 1937 y 1950 –más que en todos los demás países de América juntos– después de que a unos 130 mil, de una manera o de otra, se les salvó la vida.

Lo que dije, y varios me manifestaron su molestia, fue que la gratitud hacia México, manifestada de muchas maneras por aquellos asilados, me gustaría que se perpetuara en sus descendientes.

Si digo que la mula es parda es por algo… ya que me ha tocado ser testigo de diversas muestras de menosprecio hacia México y los mexicanos de parte de hijos de exiliados –y hasta de algunos de estos mismos–, en especial de grupos que se han mantenido compactos.

También es incómodo que quizá hayan enaltecido en demasía la importancia y la impronta de sus mayores en México y aun la de ellos mismos pero, sobre todo, han hecho con frecuencia abusiva ostentación de ello. Mi respuesta –que se ha repetido bastante en estos días– ha sido que México, a cambio de su magnífico legado, nada más les ofreció la vida… y la manera de ganársela decorosamente y poderse desarrollar con la mayor seguridad en nuestro país.

Finalmente, lo que se aviene a estos tiempos, podríamos agregar que sería bueno que los descendientes del exilio respetaran más las creencias de sus padres o abuelos, mismas que los llevaron a buscar refugio fuera de su patria, a quienes se salvaron de morir en ella.

Me repugnan abiertamente quienes, en aras de su muy pudiente situación, abrazan ahora las causas de quienes piensan como los declarados enemigos de sus cercanos antepasados, moviéndole el rabo incluso al neofranquismo que sobrevive y hasta domina en España. El oro moderno también ha resultado ser un enemigo del exilio español en México.