Opinión
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Desmoronamiento desmoralizador
E

ntre sus usuales reflexiones y aflicciones, o reflexiones o aflicciones, Clarisa Landázuri cuenta en La Voz Brava que en otra ocasión bajó de Brava a la ciudad para contratar un seguro para su teléfono celular, algo que apenas recientemente se había enterado de que era necesario hacer. Admite que de los pocos recursos tecnológicos a los que ella tiene acceso y recurre, ya sea en tanto ciudadana común o en calidad de la escritora, periodista y empresaria que es, y aunque más bien con serias limitaciones personales por lo que hace al uso de las amplias posibilidades que estos medios de comunicación ofrecen, aparte de la computadora, el teléfono celular le es cada vez más imprescindible.

Así, cuando supo lo amenazados que estaban de ser robados, comprendió y aceptó el ofrecimiento de asegurarlos por parte de las diferentes compañías telefónicas del país. La compañía en la que Clarisa había comprado el suyo y contratado su línea, aparte de ser quizá la de mayor prestigio en el país, la Zimbratimbramex, le gusta particularmente porque, en estas épocas, es la única que todavía cuenta con oficinas en las que los clientes son atendidos en persona, frente a frente, por empleados, y no a través del teléfono o, peor aún, al menos para Clarisa, por vía de la computadora, aterrada como se siente ante las extrañas indicaciones que el empleado correspondiente le transmite, mismas que siempre teme entender de la manera equivocada y ante lo cual, por lo tanto, siempre teme correr el riesgo de echar a perder por completo la alta tecnología de la máquina. En todo caso, en su columna Clarisa cuenta que en esta oportunidad, contenta cruzó el umbral de la sucursal de Zimbratimbramex más cercana a casa de su hermana, en donde se hospeda cuando baja de Brava a la ciudad, y confiada se dirigió al puesto a sacar un turno de atención.

De manera que cuando su turno llegó y fue llamada, con una sonrisa y un melodioso tono de voz, solicitó a la empleada un seguro para su teléfono celular. Tras consultar la pantalla que tenía enfrente, la empleada, de uniforme azul y blusa blanca de cuello abotonado, le informó que para Zimbratimbramex era imposible asegurar su celular. ¿Cómo dice? ¿Por qué resulta imposible para Zimbratimbramex asegurar mi teléfono celular si aquí mismo compré el aparato y contraté la línea y, para mayor exactitud, precisamente en esta misma sucursal?, preguntó Clarisa, a la vez que procuraba controlar su respiración, que se había agitado ante la respuesta de la empleada a su solicitud del seguro para el teléfono celular. Por su parte, sin sonreír y sin ni siquiera bajar la vista, la empleada le informó que Zimbratimbramex únicamente aseguraba los equipos que vendía en dos momentos, cuando el cliente lo compra y siempre que lo solicite, o cuando Zimbratimbramex le informa que su contrato se ha vencido y entonces le sugiere que, al renovarlo, cambie de equipo. En su columna en La Voz Brava, Clarisa añade que reprimió el impulso de reírse del uso que la empleada hacía del término equipo para referirse al aparato, pero transfirió a otro comentario el sarcasmo que necesitaba dedicar a la sinrazón que la empleada le había dado por respuesta. No quiero cambiar de aparato celular; sólo quiero asegurar el que tengo, empezó. Pues así, aquí no se puede, insistió la empleada. ¿Entonces debo asegurarlo con el seguro que la Secretaría de Comunicaciones ofrece a los ciudadanos?, preguntó, entre dientes, con las mandíbulas tensas. Si usted confía en él, sí; asegure su equipo con el seguro que ofrece el gobierno, contestó la empleada, ahora victoriosamente ufana, con el pecho hinchado y la cabeza en alto. Sin agradecer la atención, aunque tras despedirse, Clarisa dio la vuelta y salió de las oficinas de la sucursal de Zimbratimbramex más cercana a la casa de su hermana, donde se hospeda cuando baja de Brava a la ciudad, consciente de las causas que le provocan tanto vuelco del corazón.