Opinión
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Aviadores de la flota académica
Q

uienes nacimos mucho antes de 1950 tenemos muy presente lo difícil que resultaba en México –máxime fuera de la capital– dedicarse profesionalmente a la investigación, cualquiera que fuese el área. Si no se disponía de recursos propios, por lo general operaba el principio aquel de cuando tengo pan no tengo tiempo y viceversa.

No fue el mío un caso excepcional, pues una vez egresado de El Colegio de México e inmerso en la vida cotidiana, que implicaba alguna boca extra que mantener, había que restarle horas al sueño y a la familia. Así se desarrolló, en efecto, la primera parte de mi carrera académica: muchas horas de clase, poco tiempo para prepararlas y menos aún para rascar papel y leer sobre los temas de interés…

En consecuencia, cuando al mediar el sexenio del tan vituperado –creo que exageradamente– Luis Echeverría y la situación dio un gran vuelco, se incrementaron notablemente los salarios y en ciertas instituciones se crearon muchas plazas para investigadores de tiempo completo, que permitían vivir como gente de mediano pasar, aquello fue como un sueño. Lo cierto es que, en este sentido, nuestro país se convirtió en un verdadero garbanzo de a libra en todo el mundo de habla española.

Lo que quizá resultó un error fue que en las instituciones beneficiadas quienes no eran considerados académicos conservaron durante mucho tiempo sus salarios de hambre, por lo que fue inevitable que los más hábiles en materia de triquiñuelas burocráticas recurrieran a todas ellas para convertirse también en académicos, aunque detestaran el rol que ello supuestamente implicaba.

De esta manera se incrustaron verdaderos aviadores en algunas instituciones, quienes igualmente se inventarían cualquier cosa para justificar su falta de producción, aparte de sabotear, para que no los exhibieran, a quienes procuraban aprovechar una situación que les permitía dedicarse a lo que reclamaba su vocación.

Enterado el secretario de Educación Jesús Reyes Heroles de esta tendencia en ciertas instituciones, decidió crear el Sistema Nacional de Investigadores (SNI), que compensaría mediante una beca, para quienes sí trabajaban, la gran reducción salarial que resultaba de la enorme inflación de aquella época. Además, se les evaluaría periódicamente para conservarla… Lo malo fue que don Jesús falleció y su inmediato sucesor tuvo miedo a que los sindicatos pudieran entorpecer las aspiraciones presidenciales que Reyes Heroles no tenía pero él sí… de manera que, además de las becas, palió la reducción del ingreso con incrementos que estaban por encima de lo establecido en los contratos laborales.

De esta manera sobrevivió el académico polizón que, por cierto, no es difícil de detectar pues, salvo excepciones muy respetables, es un investigador de tiempo completo que ni con el paso de muchos años ha logrado entrar al SNI. Hay instituciones que alcanzan a tener casi 80 por ciento de ellos, es decir, aviadores o simples holgazanes que las pasadas directivas han ido solapando para llevar la fiesta en paz, pero el despilfarro que representan es evidente y a todas luces inmoral. Tal vez sea cierto que se les acabará el avión.