Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Viernes 21 de diciembre de 2001
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Mundo
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Ť Piden políticos enjuiciar a De la Rúa y castigar a responsables de las muertes

Deja la represión policial 22 víctimas fatales, centenares de heridos y unos 3 mil detenidos

Ť El ex jefe de Seguridad Enrique Mathov, en los tribunales, acusado de homicidio y lesiones

Ť La jueza María Servini de Cubría interrogará al titular de la Policía Federal, Rubén Santos

STELLA CALLONI CORRESPONSAL

bue55-170349-pihBuenos Aires, 20 de diciembre. Miles de personas que protestaban contra el gobierno argentino fueron reprimidas por la policía, que también embistió contra integrantes de la organización Madres de Plaza de Mayo, en el segundo día de estallido social que terminó en la renuncia del presidente Fernando de la Rúa y que hasta esta noche había dejado 22 muertos en todo el país, centenares de heridos y más de 3 mil detenidos.

La céntrica Plaza de Mayo, frente a la ca-sa de gobierno, y sus alrededores parecían haber sido escenario de una batalla, que aún continuaba ya que en diversos puntos de la ciudad había incendios, saqueos y ataques a sucursales bancarias por parte de pequeños grupos de encapuchados, pues el grueso de los manifestantes que comenzaron a llenar desde esta madrugada los principales puntos capitalinos siempre se manifestó pacíficamente, aunque fueron igualmente reprimidos por la policía.

Un símbolo de esta jornada negra fue la imagen de la policía montada cargando contra las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, para golpearlas, que realizaban su habitual ronda en el centro por sus hijos y nietos desaparecidos en el genocidio de la última dictadura militar.

"El pueblo no se va", coreaban miles de manifestantes que se reagrupaban una y otra vez, pese a las balas, los gases lacrimógenos y los chorros de agua, las tanquetas que aplastaban las barricadas y a jóvenes arrastrados de los cabellos y golpeados por policías de uniforme y hombres de civil que actuaron impunemente.

Todo esto a pesar de los cinco muertos en la plaza, uno de ellos con un balazo en la espalda, en una batalla que nadie quería pero que tampoco nadie evitó.

Anoche, después de un día de saqueos en todo al país tras el decreto presidencial del estado de sitio, se produjo el pueblazo o por-teñazo, cuando casi al filo de la medianoche la población autoconvocada se lanzó a las calles ruidosa pero pacíficamente, y hubo un momento de esperanza.

Fue una resistencia civil espontánea que ni siquiera respondió a la brutal represión policial que comenzó en la madrugada en la Plaza de Mayo, ocupada mayoritariamente por familias con niños.

Tan pacíficamente como había llegado, la gente se retiró a manifestarse por otros puntos de la ciudad con sus cacerolas, campanas y cánticos, dejando solos a los represores. "Al fin salió la gente a las calles"Ũ, dijo una muchacha.

Pero después del mediodía, mientras el Metro y los trenes interrumpían su servicio en Buenos Aires y los alrededores, comenzaron los enfrentamientos policiales con grupos de jóvenes.

Balas de plomo y de goma, gases lacrimógenos, palos, con la policía montada que avanzaba como en los viejos tiempos del terrorismo de Estado, rompiendo la pasividad de la protesta.

La respuesta fueron piedras y fuego. Dos antiguas palmeras ardieron en la plaza, también oficinas gubernamentales como las del Ministerio de Economía.

Luego, en contraste con las manifestaciones de los cacerolazos, encapuchados destruyeron vidrieras y saquearon bancos y oficinas en la Avenida de Mayo, que va de la casa de gobierno al Congreso.

Fue una madrugada de pesadilla. En la mañana, mientras aún permanecían manifestantes ante la casa del renunciante ministro de Economía, Domingo Cavallo, todos los automóviles que pasaban por allí hacían sonar sus bocinas.

Mientras, grupos de jóvenes que lograron permanecer junto a algunas familias en la Plaza de Mayo continuaban sentados pacíficamente haciendo sonar improvisados tambores. También allí, unas 200 personas extendían una enorme bandera argentina, rasgada por el viento.

Luego llegó Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz 1980, para intentar hablar con alguien del gobierno, al igual que miembros de otros organismos de derechos humanos y las madres.

La carga abrupta de la policía contra todos no dejó lugar a dudas de que el estado de sitio decretado había resucitado los viejos ejercicios de una violencia temible.

Heridas, unas 11 integrantes de la organización Madres de Plaza de Mayo se retiraron para regresar luego a realizar su ronda de todos los jueves, la misma con que en-frentaron heroicamente a los represores de la dictadura militar. Sobre ellas cayó la carga policial despiadada.

Y desde el mediodía hasta el final de la tarde, cuando ya el renunciado presidente De la Rúa había partido de la casa gubernamental, la policía se ensañó con los jóvenes que insistían en reagruparse.

Después de que un oficial ordenó "limpiar la plaza", la orden fue cumplida a balazos, gases lacrimógenos y latigazos, incluso contra varias ancianas congregadas en el lugar. Fue, como le llamaron, "la plaza de la vergüenza nacional".

Y en los alrededores se produjeron las primeras víctimas fatales, todos jóvenes que protestaban contra el mal gobierno.

Suicidio de matrimonio de comerciantes coreanos

Desde el interior del país, en tanto, llegaban los datos de nuevos enfrentamientos y nuevas víctimas. Buscar comida se pagó para muchos con la vida, por la represión policial o por la defensa armada que hicieron algunos comerciantes.

Muchos de ellos, con negocios en la periferia de Buenos Aires, habían perdido todo, e incluso un matrimonio de comerciantes coreanos se suicidó.

En el centro de Buenos Aires una muestra de la resistencia fue que desde las ventanas y balcones de los edificios del centro, y en un gesto de solidaridad con la protesta ma-siva, los vecinos indignados por la violenta represión arrojaban agua sobre los policías.

Y entonces vino lo increíble: los policías comenzaron a arrojar granadas de gases la-crimógenos hacia las ventanas de los pisos altos, lo que provocó terror.

Al caer la tarde el panorama en el centro de Buenos Aires era desolador. Parecía una ciudad bombardeada, con el humo de los gases lacrimógenos, los incendios y los restos de destrozos.

Sin embargo, muchos manifestantes se reagrupaban, y una y otra vez asomaban las banderas argentinas que remplazaron a to-das las partidarias, en la primera acción popular de este tipo que obliga a un gobierno a renunciar.

"Que se vayan todos", "que gobiernen pa-ra la gente", decían a La Jornada algunos manifestantes. Otros, al conocer la renuncia de De la Rúa, se preguntaban: "Cómo se va a salir de esto".

Hay políticos y diputados que demandan juicio al ex presidente De la Rúa y castigo para los responsables de los muertos en la Plaza de Mayo.

A petición de la fiscalía argentina, la jueza María Servini de Cubría se presentó en la plaza para ordenar el cese de la represión policial y el estado de sitio, pero hubo desobediencia tanto del Ejecutivo como del personal de seguridad pública.

Sin embargo, el saliente secretario de Se-guridad, Enrique Mathov, ingresó esta no-che a los tribunales federales para prestar declaración como acusado de homicidios y lesiones, ante la jueza Cubría, quien también iba a interrogar al jefe de la Policía Federal, Rubén Santos.

Esta noche fuerzas de gendarmería patrullaban las calles, que en el centro estaban cortadas al tránsito, aquí y en el interior del país, al tiempo que el ejército advertía que no le corresponde actuar en estas dramáticas circunstancias.

Y los cacerolazos seguían tanto en el centro porteño como ante la residencia presidencial y el Congreso, como advertencia de que el pueblo seguirá en las calles hasta que alguien responda a sus reclamos.

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