Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Miércoles 2 de enero de 2002
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Política
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Francisco López Bárcenas

Los retos del movimiento indígena

El año pasado cerró un ciclo del movimiento indígena que se caracterizó por el énfasis en la construcción de la agenda de asuntos pendientes, que a la vez es su plataforma de lucha, para decirlo en términos ortodoxos. Junto con ello se desarrolló una intensa y amplia lucha porque se reconociera en la Constitución federal a los pueblos indígenas como sujetos de derechos colectivos.

La construcción de la agenda se cumplió cabalmente. Los acuerdos de San Andrés sobre derechos y cultura indígenas y los diversos resolutivos sobre defensa de los territorios, los recursos naturales y genéticos, así como el reclamo de respeto a los lugares sagrados y la participación política en los asuntos nacionales, de acuerdo con mecanismos propios, son líneas maestras que constituyen el fondo del asunto. Escarbando en ello se puede llegar a la conclusión de que hoy en día propiedad y poder constituyen los caminos por donde habrán de transitar las demandas indígenas, que son las mismas por donde el neoliberalismo se hace presente para negar los derechos.

Lo que no fue posible concretar en el ciclo que termina es el reconocimiento constitucional de los derechos de los pueblos indígenas. En ello influyeron diversos factores sobre los que es necesario reflexionar, y aquí sólo enuncio: la transición mexicana de un régimen autoritario no fue hacia la democracia sino hacia la derecha, a un gobierno de carácter empresarial; la clase política mexicana, en concreto los partidos políticos, sigue viendo los reclamos del los pueblos indígenas como un asunto de atraso económico y no como una cuestión de respeto a la igualdad en la diversidad.

El ciclo no dio para que el movimiento indígena creara sus estructuras nacionales que le permitieran influir en la vida política nacional. Este sigue siendo el asunto pendiente que debería ocupar a todas las organizaciones. Sobre el tema existen varias experiencias que pueden servir para no cometer los mismos errores. En el Partido Revolucionario Institucional persisten las viejas prácticas de esperar y no hacer olas para después subirse a algún puesto que sólo beneficie al líder en turno. Del lado del movimiento independiente podemos encontrar otras dos experiencias interesantes: por un lado la Asamblea Nacional Indígena Plural por la Autonomía (ANIPA) y su política de colocar a sus cuadros en puestos del gobierno, a través del PRD o el PAN, parece que no les ha dado muy buenos frutos. La reciente destitución del director general del INI es un ejemplo bastante claro, pero también lo es que han perdido las diputaciones federales que obtuvieron en años pasados mediante su alianza con el PRD. Por su lado la actitud del Congreso Nacional Indígena, de limitarse a dar libertad a las organizaciones que en él confluyen de decidir libremente su participación en cargos de elección popular, tampoco ha dado buenos resultados, porque al final no existe orientación de por dónde caminar. Los diversos acuerdos de fortalecer las regiones, siendo correctos, son insuficientes si carecen de una verdadera coordinación nacional.

¿Qué hacer para que el programa de lucha no quede en el papel y se vaya concretando en la práctica? La respuesta obvia es la construcción de un poder que lo haga posible. No se trata de ocupar sin más los puestos que el gobierno quiera ceder para legitimarse, sino de la construcción de un poder propio. El que algunos líderes ocupen cargos en el gobierno sólo sirve al movimiento si va acompañado de una fuerza social organizada y de objetivos específicos pactados con las propias organizaciones. Pero la fuerza organizada está en las comunidades, en los pueblos, en las regiones y, paradójicamente, también la construcción del poder. Los resolutivos del CNI son correctos pero se quedan cortos si no cuentan con una conexión regional y nacional que sea capaz de operativizarlos. Ese es un reto inmediato que requiere respuesta.

Otra tarea pendiente es la construcción de una gran alianza con la sociedad, no sólo con la que simpatiza y apoya las demandas de los pueblos indígenas. Se requiere tender puentes de comunicación también con los sectores sociales que nos atacan, los que no nos entienden, porque muchas veces son sus integrantes los que más influyen en la toma de decisiones, pero sobre todo, porque si la apuesta a largo plazo es la construcción de una sociedad multicultural, no la podrán construir sólo los pueblos indígenas y sus organizaciones, sino la sociedad civil en su conjunto. La tarea es a largo plazo y necesita de una amplia coordinación social con base en acuerdos previos.

Por último, las organizaciones indígenas deberían cuidar de no cometer los errores del pasado, en que los gobiernos hábilmente coptaron a quienes por su preparación profesional y participación política se convirtieron en voceros de las comunidades y de ahí suplantaron una representación que no tenían.

La construcción de estructuras nacionales propias, una coordinación amplia con la sociedad civil y la construcción de poderes locales que las soporten son el reto del movimiento indígena. Sin ello el programa de lucha podría convertirse en un buen discurso pero muy poco influiría para el reconocimiento de los derechos indígenas y la transformación del Estado.

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