Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Sábado 9 de febrero de 2002
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Política
Gonzalo Martínez Corbalá

La Doctrina Estrada y la seguridad nacional

La seguridad nacional de México no es -en la actualidad- de naturaleza esencialmente militar; su objetivo final debe ser la solidez en el presente y la estabilidad en el futuro inmediato, y, a corto plazo, de la independencia y la soberanía del Estado. "La libertad de sus ciudadanos para desarrollarse económica y socialmente"; es decir, lo que genéricamente se llama desarrollo.

La seguridad nacional, de esta manera, puede estar fincada, en mayor medida, en la política de desarrollo social en su sentido más amplio, que en otras esferas del poder público que aparentemente hubieran sido, en otros momentos de nuestra historia, la base de nuestra seguridad nacional.

Hay amenazas a la seguridad de los Estados, que se puede afirmar no son militares, como podrían ser las reducciones a las perspectivas de crecimiento económico, el deterioro ecológico, la escasez de recursos en el campo del desarrollo de la energía y el crecimiento de la población mundial, en otro orden de cosas.

El balance de las fuerzas políticas internas y externas determina en la práctica cuáles de las áreas de gobierno -del poder público- predominan sobre las demás coyunturalmente. Pueden, por ejemplo, ser determinantes ?como sucede en la actualidad realmente? la de comunicaciones y la de energéticos, las que a su vez se ven condicionadas por el entorno mundial. Es decir, por las presiones políticas del exterior, en su origen de naturaleza económica, pero que se transforman en acciones políticas y diplomáticas con mucha facilidad. Se podría afirmar que tienen estas fuerzas económicas, por su dimensión trasnacional, vocación diplomática, ya trasladadas al ejercicio del poder en el escenario de la realidad.

La cancillería mexicana tiene, por estas razones, un papel de suma importancia. Es la institución receptora de las presiones exteriores. En ocasiones se reciben con suavidad y tienen efectos a plazo largo, y en otras son de mayor impacto y hay que darles un curso determinado en lo inmediato, e impedir que se hagan luego irremediables, como lo decía Maquiavelo en El Príncipe, comparándolo con los síntomas del tifo que era mortal en su tiempo si se dejaba avanzar, pero curable en el principio, cuando todavía aquellos no eran visibles.

Las relaciones exteriores están hechas de eso, de acciones directas y sutiles muchas veces, y otras de tal naturaleza que en la difusión misma reside el alcance del mensaje. De su oportunidad depende el obtener un resultado cualquiera, o que se produzca el efecto contrario, generalmente, no deseado y mucho menos buscado.

Un recurso muy efectivo en el terreno de la política, para preservar nuestra propia seguridad nacional, en este juego tan dinámico y tan complejo de las fuerzas internacionales, fue durante muchos años la Doctrina Estrada. Al regreso de México hacia Santiago de Chile, en un momento muy delicado el 12 de septiembre de 1973, con casi 500 asilados protegidos en las instalaciones de la embajada de México en Chile, en la escala obligada de Lima, en el aeropuerto, fui requerido por los numerosos corresponsales de la prensa internacional, para aclarar si nuestro país rompería las relaciones diplomáticas con la junta militar que dio el golpe de Estado, unas horas antes, al presidente Allende.

La respuesta fue escueta: "México aplica la Doctrina Estrada y no califica gobiernos; mantiene o no las relaciones diplomáticas, lisa y llanamente: Soy el embajador de México en Chile y voy de regreso a Santiago". El contenido era obvio, aunque no explícito, y las conclusiones obligadamente precisas, pero sirvieron de mucho para que la junta militar tuviera el suficiente interés para facilitarnos la salida, con el salvoconducto correspondiente, de muchos chilenos que vinieron a México a encontrar la libertad y la vida.

Por otra parte, al no ejercer en nuestras relaciones exteriores el recurso fácil de la calificación a otros gobiernos, evitamos que pudiera intentarse calificar al nuestro, y de esta manera se le da una vía de desfogue a ciertas presiones que puedan ser amenazantes para nuestra propia soberanía. Esta es la sabiduría que encierra la breve, pero concisa Doctrina Estrada.

Los principios fundamentales de nuestras relaciones exteriores, llevados durante décadas a la práctica por nuestra cancillería y por una verdadera pléyade de embajadores mexicanos, entre quienes figuraron muy destacadamente Luis Padilla Nervo, Manuel Tello, Rafael de la Colina, Jorge Castañeda y un premio Nobel, el canciller Alfonso García Robles.

Precisamente fue Padilla Nervo quien en la Asamblea de la ONU, en la que Krushov golpeó la mesa con su zapato, hizo una propuesta muy breve, pero que fue un gran planteamiento: hacer una tregua de silencio, que evitó que las tensiones -muy graves?-en ese momento se exacerbaran y se salieran de control. La oportunidad y la mesura lo hicieron todo.

Lo dicho: hay en las relaciones exteriores muchos factores imponderables e imprevisibles que requieren tomar iniciativas y dar respuestas tan claras como firmes; sobrias y discretas, y siempre oportunas, sin adelantos riesgosos ni retrasos estériles. De ello dependen en gran medida la soberanía y la seguridad nacional.

Recordemos una vez más a Luis Padilla Nervo; démonos una tregua de silencio.

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