Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Domingo 10 de febrero de 2002
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Política

Javier Wimer

Publicidad contaminante

El anillo periférico abrió el vientre de la ciudad y dejó sus tripas al aire. Se desvaneció el paisaje que imaginamos desde la perspectiva de Reforma, Insurgentes o la Avenida Coyoacán, y quedó expuesta a la luz del día la miseria, ahora sí que entrañable, de nuestra realidad urbana. No fue necesario viajar al mundo de los olvidados. Ese mundo estaba aquí, abajo, a un lado, detrás de las avenidas arboladas y de las fuentes estilo clase media.

Para colmo de males, el aire y el cielo comenzaron a llenarse de smog de anuncios espectaculares. El smog fue alarma de moda pero la plaga de los espectaculares pasó casi inadvertida. Primero, aparecieron unos cuantos, como hongos precoces, luego se multiplicaron hasta formar desmesurados tendederos.

Ahora ya estamos acostumbrados, ya estamos curados de espanto, ya aprendimos a convivir con las columnas de concreto, las enramadas de hierro, y su complemento indispensable que son las construcciones descascaradas o incompletas. Pero esta capacidad de adaptación no es virtud o mérito, es instinto de supervivencia y en modo alguno renuncia al derecho a tener buena calidad de vida.

No soy enemigo de la publicidad exterior, pero resulta inaceptable cuando es nociva, cuando se apodera caóticamente de un espacio visual y lo convierte en cárcel del espectador. Es una forma de contaminación cuya gravedad depende, como las otras, de la virulencia y el volumen del contaminante. Y en el caso que nos ocupa, también de su falta de orden y concierto.

La mayor parte de estos materiales son banales o deleznables. Entre muchos destaca uno, emblemático, donde una vieja desdentada ofrece su prótesis bucal como garantía de crédito. Algo así no combina con nada pero, de todas formas, a pocos preocupa la apariencia del conjunto. Por eso los espectaculares se distribuyen, solitarios o en grupo, por cuenta del azar.

En España, en cambio, el famoso toro que anuncia el brandy Osborne se salvó de ser expulsado de la campiña ibérica gracias a la sobriedad de su diseño y a su natural adecuación al paisaje. Esta fue una excepción a la norma destinada a preservar la limpieza visual del campo.

Aquí se combinan el agravio estético y el agravio jurídico, pues son muchos los anuncios que han sido implantados ilegalmente. Flores de asfalto, pues, de la incuria, del valemadrismo y, sobre todo, de la corrupción de las autoridades responsables del bienestar colectivo.

Destaco, por último, que la permanencia de estas instalaciones detiene la rehabilitación de las zonas degradadas debido a que agrega un valor ficticio a predios vacíos y a construcciones en mal estado. Los dueños de este tipo de propiedades o son pobres de solemnidad que necesitan alquilar su aire o son terratenientes que también quieren sacarle provecho.

Existen razones de todo género para eliminar, hasta donde sea posible, los anuncios espectaculares. Por eso ha sido bien recibida la campaña del jefe de gobierno y de algunos delegados del Distrito Federal para regularizar y limitar la instalación de los espectaculares.

Sin embargo, es necesario ir más lejos. Debe reformarse el Código Financiero y el Reglamento de Anuncios para restringir la expedición de licencias y permisos que regulan este tipo de publicidad y debe, sobre todo, fortalecerse la conciencia social que existe sobre el problema mediante una información apropiada y mediante la creación de un órgano administrativo independiente que sea responsable de fijar la política en esta materia, de establecer zonas protegidas y de autorizar cada una de las instalaciones de carácter permanente.

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