Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Domingo 10 de febrero de 2002
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Cultura

Carlos Bonfil

Intimidad

Durante dos décadas Patrice Chéreau fue el niño prodigio del teatro francés. Fue responsable durante cinco años, a finales de los setenta, de la muy controvertida escenificación de la tetralogía de Wagner, El anillo de los Nibelungos, en el festival de Bayreuth, y posteriormente de obras de Marlowe, Shakespeare, Marivaux y Koltés, así como de la memorable dirección de la ópera Lulú, de Alban Berg, con Teresa Stratas. A lado de esta actividad deslumbrante, sus incursiones en el cine siempre parecieron caprichos de un artista demasiado inquieto, del amante de la novela negra, que en 1974 adapta La carne de la orquídea, de Hadley Chase, para Charlotte Rampling; del cultivador de un esteticismo homoerótico desbordado (El hombre herido, 1981); del creador del espectáculo histórico La reina Margot, o del enigmático retrato colectivo, Quienes me quieran tomarán el tren, donde el director vuelve a manejar un gran reparto, ensayando desplazamientos coreográficos de la cámara y los actores, y combinando sus temas predilectos (el duelo, la enfermedad, la frustración amorosa) con la visión singular, a vuelo de pájaro, de la ciudad de Limoges y de su cementerio, "el más grande de Europa". Hasta ese momento el cine de Chéreau, eclipsado siempre por la celebridad del hombre de teatro, semeja un infatigable juego personal de estilización escénica. Apenas poco más que eso.

Su cinta más reciente, Intimidad (Intimacy), cambia radicalmente esa percepción. Es una experiencia más serena, mejor controlada, semejante formalmente a las anteriores, muy distinta sin embargo en su contención dramática y en la crudeza de sus imágenes -el sexo despersonalizado, explícito y parco, derriba aquí toda tentación romántica. El cineasta elige una lengua ajena, un territorio inesperado (Londres), y actores anglosajones (Kerry Kox, la formidable pelirroja de Un ángel en mi mesa, de Jane Campion, interpreta a Claire; y Jay es Mark Rylance, el explorador de Angeles e insectos, de Philip Haas), para hablar del nacimiento de una pasión amorosa, contrariada por un pacto tácito, al parecer inviolable. La pareja protagonista debe encontrarse cada miércoles únicamente para hacer el amor, desechando de entrada todo compromiso afectivo e incluso el interés por saber algo más de la otra persona. Un esquema similar al de El último tango en París o al de Una relación íntima (Une liason pornographique), un encuentro entre las obsesiones de un autor y las fantasías colectivas.

Pero lo que fue materia de escándalo en los setenta, hoy es mero registro de la erosión de un tema, el adulterio, y demostración virtuosa de las maneras de abordarlo y esquivarlo simultáneamente. Chéreau, el director de teatro, sustituye aquí la palabra por un lenguaje corporal, por la descripción sexual que no escatima detalle alguno del encuentro amoroso: la coreografía del coito, la fruición del sexo oral, la mecánica de la entrega, la incertidumbre del nuevo encuentro, la frustración que sucede al júbilo sexual, y el incorregible anhelo de su repetición adictiva. Hay también el cruce de los deseos y frustraciones periféricas -el esposo de Claire, víctima más del autoengaño que de un adulterio hasta cierto punto consentido, o el amigo y colega laboral de Jay, un joven gay que jamás expresa su apetencia por el camarada, pero cuyo deseo circula en miradas vacilantes y furtivas. Chéreau es capaz aquí de una intensidad y sobriedad dramáticas poco usuales en su cine anterior, a menudo grandilocuente. Considérense la confrontación de Jay con el marido engañado en torno a una mesa de billar, o los estupendos diálogos de Claire con una compañera (la cantante Marianne Faithfull). Asimismo el teatro es en Intimidad una variante del espacio de simulación que es la habitación del encuentro semanal; y ahí la misma protagonista sexual aparece como una actriz "sin talento" que da clases de actuación a estudiantes poco brillantes en un taller al fondo de una taberna. Chéreau maneja magistralmente los espacios cerrados (recamara, sala de billar, teatro), y a cada uno le confiere una iluminación distinta. El recorrido por las calles londinenses no es menos notable -a la luz del día se prolonga en ellas, en persecuciones frustradas, la exploración mutua de los amantes.

La historia que narra Intimidad reúne dos relatos breves del escritor Hanif Kureishi (guionista de Mi hermosa lavandería, de Stephen Frears), con un guión de Chéreau y Anne-Louise Trividic. La pista sonora, formidable, reúne a su vez a Iggy Pop y The Clash, a Nick Cave y David Bowie. Probablemente el realizador no ha renunciado todavía a una visión totalizadora de la dirección fílmica, y es improbable que algún día lo haga, pero por vez primera el resultado se antoja impecable, lacónico como su título, y de una intensidad muy poco habitual en ese territorio anglosajón que el director francés ha decidido violentar maliciosamente.

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