Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Miércoles 13 de febrero de 2002
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Cultura

Sabina Berman

Exención y democracia cultural

Hay 36 escritores que viven de sus regalías: treinta escriben para la televisión; cinco, libros de autoayuda o superación personal, y uno, para el cine (las cifras son cálculos de la Sociedad General de Escritores de México y pueden estar errados sólo mínimamente). Entre ellos no están Carlos Monsiváis ni José Emilio Pacheco ni José Luis Borgues. Ni los otros 7 mil escritores que existen, también según datos de la Sogem, muchos de ellos personas cuya primera pasión es la escritura. Para subsistir trabajan en otras cosas. Imparten clases, trabajan en editoriales, ejercen la abogacía, practican la medicina... Yo produzco teatro... De José Luis Borgues se dice que administra una embotelladora fantasma. Y todos pagan (pagamos) impuestos sobre los ingresos de estas actividades.

Octavio Paz nunca vivió de sus regalías; no es ofensivo mencionarlo. Si además éstas se hubieran gravado, Ƒse hubiera afectado la creación de Paz? Sí, sin duda. La exención del impuesto a las regalías, que ahora el Congreso ha anulado, representó para Octavio Paz tiempo. Le compraba tiempo de otros menesteres emprendidos para completar los gastos de su vida material. Tiempo que podía dedicar a la creación. A ese largo proceso que es la creación y que implica tiempo para pensar, observar, leer; para empezar a escribir y equivocarse y recomenzar; pulir luego, rescribir más.

En México la creación, no sólo la escritura, ha tenido un reconocimiento del Estado. Alicientes como el de la exención tienen un valor práctico, como el mencionado: darle más tiempo para la escritura al escritor, pero también han propiciado un clima de aprecio a la creación, que no es la regla en todos los países. Con ellos se dice: sí, importa al país lo que haces; importa un nuevo poema, un nuevo libro de ensayos; importa el Recuento de poemas, de Jaime Sabines; reconocemos que las largas y penosas rescrituras de Pedro Páramo no esconden algún cálculo mercantil, por el contrario: ocurren a sabiendas de que la excelencia del texto no tendrá gran recompensa económica derivada de la venta de libros.

ƑCuánto pesa en el entusiasmo de un creador este reconocimiento? ƑLa atmósfera de estima a la cultura cuánto pesa? Que lo digan los creadores que han venido a México a hacer su obra. ƑY cuánto valen Pedro Páramo o Piedra de sol, el Recuento de poemas o Amor perdido, de Monsiváis, entre los contenidos de nuestra mexicanidad?

El caso es que México no es sólo un territorio. No es sólo un conglomerado humano unido por costumbres y -claro está- obligaciones fiscales. Es una cultura. Una cultura que además y gracias a no demasiados apoyos a sus creadores es cabeza cultural de Latinoamérica.

En un artículo publicado en Reforma, ''Cultura y fueros'', Carlos Elizondo apunta que los creadores en Estados Unidos y en Francia sí pagan impuestos sobre sus regalías y que por lo tanto a los de México nos debería dar vergüenza defender una exención. Qué feo regaño. Se disculpa porque viene del desconocimiento.

En Estados Unidos hay una cantidad impresionante de estímulos distintos. Una donación monetaria a la cultura es deducible de impuestos, lo que procura muy diversas becas y premios a los artistas. Abundan casas en zonas distantes de las ciudades, donde con sólo comprobar una publicación se recibe alojamiento para escribir, gratuitamente. Y si después de sus años formativos, que son de cinco a diez, un escritor quiere y logra escribir para el cine o la televisión, o logra ser publicado por una de las editoriales comerciales, pasará sin trámite de joven promesa esforzada a escritor de holgada seguridad económica. Tal es la intensidad del mercado interno de cultura en Estados Unidos, mercado interno que se derrama con enorme facilidad a la exportación: los bienes culturales (libros, música, cine...) son la mayor exportación de esa nación.

Más relevante para nosotros es el caso de Francia, país amenazado como el nuestro por la invasión de bienes culturales estadunidenses. Sí, ahí los creadores también pagan impuestos. Pero cuánto han invertido e invierten los gobiernos franceses en fortalecer su propia cultura. La campaña de las últimas décadas para convertir a cada ciudadano en lector ha sido un éxito. Cualquier domingo por la tarde la televisión dedica sus horas de mayor audiencia a la discusión de los últimos libros, obras de teatro, películas, conciertos. Si se asiste a uno de los complejos de cine, siempre podrá elegir una película nacional entre las cinco o seis películas estadunidenses que se exhiben: lo asegura el impuesto de 10 por ciento a las películas extranjeras que va a dar directamente a la producción de cine francés. El Festival de Cannes es la respuesta francesa al mayor evento promotor del mundo, los Oscar. Todavía más: en cualquier capital del planeta uno podrá ver al menos una película francesa, comprar un libro en francés o comprar una traducción de un libro francés. Esto gracias al sostenido esfuerzo gubernamental para posibilitar la exportación a sus empresarios culturales.

Los creadores franceses pagan impuestos, porque sus obras llegan a la sociedad. Ponga uno a elegir a cualquier artista entre una exención y un público y adivine qué elegirá.

Y en ese sentido creo ahora útil girar por un momento la discusión. Finalmente, cuando hablamos de cultura nacional, el tema que trasciende a los incidentes es el acceso que a ella tiene o no la sociedad.

Desde hace décadas nos preocupa a los artistas. Es una suerte de deporte de la futilidad: cada tanto los artistas nos reunimos en mesas redondas para preguntarnos cómo ampliar nuestro vínculo con el público (los diversos públicos es una expresión más exacta), anular así nuestra dependencia de las ayudas del gobierno, pero sobre todo justificar socialmente nuestro quehacer. Lo dicho: queremos que nuestro trabajo sea leído, visto, escuchado; en la raíz de la creación está el deseo de tocar a nuestros congéneres. Entonces proponemos, discutimos, sudamos en conjunto; y exhaustos regresamos a seguir pintando, danzando, componiendo, con la certeza reconfirmada de que el asunto rebasa nuestras capacidades individuales o de gremio.

Desde hace por lo menos un lustro los funcionarios culturales también lo hablaban -en privado, no en público-: el gran pendiente es democratizar la cultura. Democratizar la cultura: asegurar la oportunidad de cada ciudadano de acceder a la cultura.

No es un misterio qué debe hacerse para ello. Antedicho y sólo esbozado está el ejemplo de lo que se hace en Francia. El milagro cultural español es conocido. Pero ha faltado -perdón por la simpleza- hacerlo.

Ampliar el vínculo entre creación y sociedad lo veían nuestros funcionarios como un asunto de aumentar la difusión y la distribución de los bienes culturales. Lo empezaron a hacer, se sigue haciendo.

Ahora añaden la intención de aumentar las donaciones privadas al arte. El propósito es loable, pero sigue considerando la creación como una actividad que sólo puede depender de mecenazgos.

Pero facilitar el camino de los empresarios culturales privados ha sido un proyecto dejado a un lado. Los medios propuestos en el salinato funcionaron escasamente (las llamadas coinversiones). Y nunca se han quitado las trabas que median entre empresarios y posibles públicos. Las viejas trabas impuestas por gobiernos que se jactaban de ser el único productor cultural de peso. (El caso de los sellos editoriales lleva tiempo aireándose: en otros países las editoriales obtienen la mitad de sus ganancias de la venta de libros de texto; en México el gobierno edita los libros de texto.) Trabas que por raro que ahora parezca fueron impuestas también para deslindar el "alto arte", supuestamente el producido por el Estado con impuestos ciudadanos, de las viles pretensiones ciudadanas de hacer del arte bajo comercio. Así una telaraña de regulaciones estorba cualquier iniciativa cultural independiente, sea su mira amplia o modesta. (El caso de los teatros es menos discutido: en Inglaterra en cualquier fábrica se abre un espacio en el sótano para una compañía de teatro y se cobra la entrada; en México si unos chavos quieren hacer teatro para su colonia en el patio de su vecindad deben cumplir con requisitos de hotel de lujo. Entonces mejor piden un teatro al INBA o no hacen teatro.

Quitar trabas, desenredar la telaraña de regulaciones y procurar condiciones atractivas (si se quiere, temporalmente) para que se fortalezcan nuestros contados empresarios y surjan nuevos, es el camino para integrar lo cultural a la actividad económica normal. Más galeristas, promotores, productores, editores más fuertes, que vinculen a la sociedad con la creación, y a la larga funcionarios o mecenas menos determinantes en el destino de la cultura mexicana: eso es aún lo deseable.

Tampoco es demasiado ambicioso pensar ahora en abrir nuestras fronteras a la exportación de la cultura. España nos compraba libros y cine; hoy nos vende. Lo lograron en una década. Ante la globalización, o nos seguimos dejando arrasar por las importaciones de objetos culturales o aprovechamos la oportunidad para hacer crecer nuestra propia producción.

No es el momento de gravar regalías. Si importa una cultura mexicana a este gobierno, a este Congreso, no es el momento de anular viejas formas de apoyarla cuando a cambio no se ofrecen formas mejores.

Gravar regalías o libros, cerrar los teatros del IMSS (la única red nacional de teatros), achicar discretamente el presupuesto del CNCA, quitar exenciones a las casas editoras, desaparecer los subsidios ya acordados al cine... Esta es la cuenta de los apoyos quitados a la cultura el último año. Todo ello llevará de inmediato dinero a las arcas del gobierno -no mucho dinero, por cierto-. Pero es un viaje a la nada.

Por eso, para los que nos importa la cultura, es momento de rechazar uno a uno los golpes dados a la infraestructura cultural. Y los golpes que se preparen. Sea uno realizador de cine o espectador, escritor o lector, músico o melómano. Y por supuesto vengan los daños desde la mala fe o, más probablemente, desde la ignorancia, o la distracción. (Porque increíblemente eso alegan buena parte de los legisladores que aprobaron el impuesto a la creación: "nos la pasaron entre un montón de otras cosas...")

Destruir es rápido, construir es lento. Destruir no requiere ciencia, construir sí. Los mexicanos tardamos décadas en construir una democracia política todavía muy imperfecta. Espera su turno la democracia cultural.

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