Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Miércoles 6 de marzo de 2002
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Política

Luis Linares Zapata

Los viejos reflejos del PRI

Las elecciones internas del PRI tuvieron un efecto por muchos esperado al tomar una fiel radiografía de su estado de salud. Y, por consiguiente, transmite también, y con puntualidad asombrosa, las maneras como se expresan ciertos contenidos de la cultura priísta que rodea y precisa su accionar político. Cultura deformada por los resabios, todavía presentes, de maneras que se creían desterradas o, al menos, ya bastante mermadas en su efectividad para dirimir las competencias por las simpatías del electorado. En la lucha por el poder, es cierto, cuenta sobremanera el triunfo final. Lograr los propósitos marcados es, en el común de los casos, la regla que jerarquiza el esfuerzo desplegado y, en muchos sentidos, el catalizador de los medios empleados. Pero no puede justificar, de forma alguna, conductas llevadas a la frontera de la norma y, menos aún, ilegalidades que la contradigan.

El real mensaje que los priístas enviaron con su elección trampeada bien puede ser expresada así: el fraude es aceptable, pero sobre todo si se monta para doblegar a un rival que pretende, eso se supone con certeza envidiable, hacer lo mismo para imponerse. Un juego de espejos engañosos en el que nadie confía ni, menos aún, se apega a las normas que ya les requiere la sociedad. La regla del juego traslúcido, sin duda alguna por los priístas, es uno donde el más sagaz, el menos inocente, el más decidido a emplear cualquier recurso prevalece. Una ética que aprecia al más cínico para formular excusas y alegar sinrazones, aunque sean por demás extravagantes, pues tal desplante le sirve para avanzar en el aprecio ciudadano, para disfrazar, ante la opinión colectiva, sus desviadas acciones. Los priístas, al oficializar lo sucedido en su elección, alegan que lo importante es la habilidad para descontar, por los mismos medios, los mandobles a las partes blandas del adversario. Así se sobrevive en la puntuación final. Aquel que se rija por los ordenamientos de legalidad estricta está, en una contienda de las características recientemente observadas a plena luz, condenado sin remedio a la derrota. No hay sitio de honor para los timoratos que se alejan de la ambición sin controles, para los que se impongan límites y se apeguen al juicio fundado en la ley. Para estos no hay lugar en los estrados de los vencedores, sino la simple conmiseración o, de plano, un altisonante desprecio para con el derrotado que clama justicia: lo que sucede es que están ardidos porque perdieron, eso es todo, dicen con juvenil furia y triunfalismo militantes de ese partido.

Pero la presidencia de R. Madrazo y la secretaría general de E. Gordillo sólo tienen la fuerza de los hechos consumados, la aclamación interesada de sus partidarios y la rendición de muchos de sus adversarios. No más allá de eso. Porque más lejos, en lo profundo de los sentimientos de sus propios sufragantes, esos 3 millones alegados, quedó el germen de la duda, de la trampa a su voluntad, del mal uso del voto, que bien les hubiera podido dar el soporte y la energía para situarse, frente a los demás partidos, en la avanzada política del país. No pudieron los priístas, al menos aquellos que participaron en la operación de la campaña, sobreponerse a sus reflejos condicionados por la larga y morbosa costumbre de trampear el veredicto de las urnas cuando éstas podían contrariarlos. Dieron rienda suelta, en especial en los estados del sureste que menos pueden defenderse de la manipulación, a sus primitivas e irresponsables conductas de mapaches irredentos. Aparecieron los Murat, con su inocultable torpeza para fingirse alejado de las tropelías que a su nombre, y con los recursos de que dispone en sus partidas "sin comprobación", hicieron los Ulises Ruiz y demás "operadores" bajo sus órdenes. Se tiene que nombrar también a los Yarrington y los Andrade, echándole todo el excesivo peso de su ansiedad a las urnas tabasqueñas para darle a su mentor un triunfo indubitable, al viejo y vencido estilo soviético. Hicieron acto de presencia malhadada los Núñez de Hidalgo o los Juárez guerrerenses, que todavía tratan de ocultar su oscura mano cuando la metieron hasta al fondo. Esos personajes de la picaresca fueron los que enredaron el asunto, los culpables de este desaguisado por el que muchos habrán de padecer. Sin embargo, pasará el tiempo y los castigos vendrán en venideras elecciones para que esa inveterada e infantil conducta pueda dar paso a esa otra, que ya se expresa entre muchos priístas, y que ha obligado, junto a la de otros agrupamientos, a la transición democrática.

Mientras, los dirigentes así electos tienen trabajos pendientes por hacer y que darán, de nueva cuenta, la medida de su incompetencia, ya bien probada, tanto en Tabasco como en el magisterio.

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