Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Sábado 16 de marzo de 2002
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Política
Para trabajadores fueron tiempos de miseria y humillación

Fundidora Monterrey, un crudo ensayo neoliberal

Propondrán denominar Acero al ahora auditorio Coca Cola

BLANCHE PETRICH Y ROSA ELVIRA VARGAS ENVIADAS

Monterrey, NL, 15 de marzo. Las chimeneas de ladrillo de principios del siglo XX y los esqueletos gigantes de acero oxidado de lo que fue Fundidora Monterrey ?en su tiempo la planta industrial más antigua y grande de América Latina? son, para los orgullosos ex trabajadores de la acerera, símbolo del inicio del modelo económico privatizador que para ellos no representó más que la ruina, la miseria y la humillación.

A 16 años de la quiebra de la paraestatal, sus ex trabajadores se resisten a ver esas majestuosas ruinas como mera decoración del Parque Fundidora, que alberga al Centro Internacional de Negocios, la Plaza Sésamo, el circuito de la Serie Cart, el hotel Holiday Inn y el auditorio Coca Cola. Por eso, desde la tribuna del Foro Global, el líder de lo que fuera la sección sindical de esta acerera, Jesús Medellín, propone rebautizar el auditorio: que ya no lleve el nombre del refresco que mejor identifica lo más acabado del capitalismo; que recobre algo de su pasada dignidad, que se llame Acero.

Reclama también que de las 114 hectáreas, la mayoría de las cuales han sido dadas en concesión a corporaciones privadas, se rescaten al menos tres para la construcción de un pequeño museo que honre la obra y la memoria de los trabajadores de la empresa que dio perfil al Monterrey industrializado, a los hombres que fabricaron los rieles y ruedas de Ferrocarriles Nacionales, las varillas y estructuras de muchos de los puentes, rascacielos y edificaciones emblemáticas de México. Y que en 1986, por una decisión del entonces presidente Miguel de la Madrid, fueron simplemente "desechados".

Frente a los delegados que participan en el foro global por la Justa Distribución de la Riqueza, Medellín estará llamado a ser el único orador que represente en carne propia lo que se discute en textos y discursos: "nosotros, los trabajadores de Fundidora Monterrey, somos la prueba viviente de las consecuencias de la aplicación autoritaria de modelos económicos nacidos en escritorios y pizarrones de escuelas y laboratorios extranjeros".

No es un desvarío retórico del dirigente. Desde el presidium del auditorio señala hacia las antiguas chimeneas levantadas en 1905 por los primeros obreros de la naciente industria, como su abuelo Víctor González. O los esqueletos metálicos de los altos hornos de donde salieron las varillas corrugadas que fueron a dar a la Torre Latinoamericana, levantada también con el sudor de su padre, Julián Medellín.

Pero la intervención del sindicalista ya no alcanza los oídos del gobernador Fernando Canales Clariond, quien rodeado de su comitiva se levanta de la primera fila y se encamina a paso veloz hacia el estacionamiento.

Nacido entre el acero

Medellín González nació en la maternidad María Josefa, donde se atendía a los hijos de los obreros, que se encontraba dentro del mismo predio de la fundidora, lo mismo que las escuelas Adolfo Prieto. De niño vivió en la colonia Acero, una urbanización para trabajadores de apenas cuatro cuadras.

Dos de sus tíos fueron secretarios generales de la sección 67 del sindicato. El entró a trabajar a Fundidora Monterrey a los 18 años. Fue cachorro de la época de oro del sindicalismo mexicano, del nacimiento de los primeros contratos colectivos, cuando la filosofía de la ley laboral ?desarrollo armónico del capital y el trabajo? aún era un sueño vivo. Y en 1978 ?en un segundo ciclo de vida democrática de la sección? llegó a la secretaría general de ese segmento del Sindicato Nacional de Trabajadores Minero Metalúrgicos y Similares de la República Mexicana.

Cuando el 10 de mayo de 1986 el gobierno de Miguel de la Madrid decretó el cierre del gran elefante que era Fundidora Monterrey, no sólo provocó el desamparo y la miseria de 12 mil trabajadores y sus familias. Las humilló también. A base de denuestos e infundios que reproducía un sector de la prensa neoleonesa de entonces, fomentó la mala imagen de los acereros para que nadie se solidarizara con ellos y así poder regalar literalmente la industria del acero al gran capital regiomontano.

Era, en términos llanos, el inicio del repliegue estatal de las actividades productivas. La entrada al neoliberalismo. Y para que la lección se aprendiera desde un principio, Fundidora Monterrey no pasó por un proceso privatizador. Se le declaró en quiebra y un día cualquiera, cuando los trabajadores llegaron a su centro de trabajo, ya no tenían empleo.

"Marcados con pluma negra" -recuerda Anselmo Bustos, un viejo soldador que entró a la empresa en 1956, liquidado sin indemnización 30 años después- aparecían los nombres de los sindicalistas despedidos en listas que pegaban a las puertas de todas las fábricas. Ellos, sus familiares y hasta sus hijos llevaron el estigma que les imprimió la represión del dirigente sindical Napoleón Gómez Sada y el gobernador Alfonso Martínez Domínguez.

"Se nos desplomó nuestro nivel de vida y se frustraron las aspiraciones de nuestros hijos", apunta el hombre que hoy, a sus 68 años, sobrevive gracias a algunos trabajos de jardinería.

A Chuy Medellín lo acompañan varios veteranos despedidos, como Anselmo. Recuerdan los negros días de 1986, de cómo en muchos hogares de obreros que algún día habían cobrado su salario en monedas de oro, "la pobreza entró por la puerta y el amor huyó por la ventana".

En su memoria quedan nombres de acereros que se suicidaron: Moreno y El Canelo Avila, que se quitaron la vida por el rumbo de La Estancia; Mundo Ayala, que fue a esconderse a los montes de Villa Juárez para salir por la puerta falsa. A otros se los llevó la diabetes a la tumba. Y no pocas madres de familia fueron orilladas a la prostitución.

Muchas familias cambiaron de nombre para escapar del estigma de haber participado en las luchas del sindicato. Otros, incluso con carrera profesional, emigraron a Estados Unidos, como el hijo de Alberto Martínez, que de la noche a la mañana vio cerradas todas las puertas, sólo por la historia de lucha de su padre.

En los años 30 y 40, bajo el liderazgo de Juan Manuel Elizondo, el comité ejecutivo instauró el centro médico del sindicato y conquistó un plan de vivienda que se antoja imposible para las épocas que corren. Cada dos años los trabajadores recibían lotes de 250 metros cuadrados para construir casas a pagar en 15 años. Después de la quiebra muy pocos trabajadores pudieron conservar ese patrimonio.

"Desde nuestros abuelos hasta nuestra generación, vimos pasar el progreso. Primero los trabajadores llegaban en mula, luego en bicicleta. Al final nosotros llegábamos en nuestros coches."

El espíritu de combate de la sección 67 llegó con obreros que eran "grandes maestros, hombres cultivados". Chuy brinda un pedazo de la vida de otro líder histórico, Antonio García Moreno. Fue hijo de un obrero. Estudiaba en la escuela de la Fundidora Monterrey. Un día llevaron a los niños a ver trabajar a sus padres a los altos hornos. Y vio a su papá, que formaba parte de una cuadrilla de albañiles que tenían que sacar los ladrillos refractarios del horno. Entraban con trapos mojados amarrados a la cabeza. Y salían con esos mismos turbantes humeantes, algunos prendidos. "Se le van a derretir los sesos a mi apá", pensó. Y se propuso que esas condiciones de trabajo inhumanas tenían que cambiar.

Trabajar en Aceros Planos o la Fundidora Monterrey en los años 40, 50, era un orgullo. Y el salario alcanzaba. "Después de la quiebra -comparte otro veterano- apenas nos pudimos emplear de macheteros, descargando trailers".

Viejas denuncias

Para los trabajadores que en los 60 denunciaban lo mismo las prácticas autoritarias del cacique de los acereros Gómez Sada que la gestión corrupta de los administradores, que gozaba de la protección de Luis Echeverría y José López Portillo, la quiebra "que presentíamos pero no creíamos" fue la ruina.

Para los administradores no. La familia Prieto, propietaria apenas del 1 por ciento de las acciones, pudo hacerse de un banco, Polibanca Inova. Y los primos Benjamín y Fernando Canales adquirieron a precio de ganga la empresa Aceros Planos.

"Comprando la acerera ?ironiza don Chuy? les regalaron el estado".

La iniciativa de llamar Acero a un auditorio que hoy se llama Coca Cola es recibida con un cálido aplauso por la concurrencia al foro global. De inmediato se procede a un ritual ecuménico, a hacer un rebautizo simbólico. Pero se pretende que el gesto trascienda y la propuesta de cambio de nombre será enviada formalmente a la operadora del auditorio, OCESA.

Esta es apenas una de las muchas luchas que libran los veteranos sindicalistas. Durante años intentaron negociar con las autoridades estatales que se aplicara el plan de contingencia para trabajadores despedidos. Nunca lograron ni siquiera que se les pagaran las indemnizaciones a las que tenían derecho, ya que la administración de la empresa se acogió a la ley de quiebras. Al cabo de las décadas ni siquiera han logrado que el gobierno panista cumpla promesas de ayudarlos con concesiones de placas de taxis o rutas de autobuses.

?¿Por qué será que a los que tanto tienen les cuesta dar tan poco a los que fueron despojados?

?Es que todavía le tienen miedo a los fantasmas ?remata Pedro Aguilar, uno de los veteranos.

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