Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Domingo 24 de marzo de 2002
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Editorial
 
ITALIA: EL ¡YA BASTA! DE LOS TRABAJADORES

SOLLa manifestación más grande de toda la historia italiana reunió en Roma a más de 2 millones de personas. La misma tuvo su origen en el intento del gobierno por imponer una modificación, exigida por la confederación patronal (Confindustria), al artículo 18 del estatuto de los trabajadores para anular la cláusula que requiere una "justa causa" para los despidos y, si no la hay, establece la reposición del empleo. En una palabra, los trabajadores se oponen a dar libertad a sus empleadores para despedir a mansalva, anulando sus derechos.

Antes de la manifestación se habían producido huelgas espontá- neas masivas y manifestaciones de decenas de miles de personas en todos los centros industriales; el descontento se apoyaba en una ola creciente de protestas contra la política de un gobierno compuesto por una alianza entre el centro derecha y la ultraderecha regionalista, además de los fascistas.

Así, se suceden las ocupaciones de centros de estudio y las protestas de maestros y estudiantes contra la privatización de la enseñanza, así como por las subvenciones a la educación religiosa católica; los movimientos ciudadanos masivos que rodean los palacios de justicia y los centros de educación; la protesta al presidente de la República, hecha por destacados juristas, pidiendo la anulación de la ley que permite al primer ministro Silvio Berlusconi escapar a diversos procesos judiciales, y las marchas multitudinarias en defensa de los inmigrantes.

La izquierda política, por su parte, ha coordinado su acción parlamentaria y busca una línea mínima común, a iniciativa de Rifondazione Comunista, también muy activa en el campo sindical.

A pesar de la división de las cumbres sindicales lograda por el gobierno, que hizo que la manifestación fuera organizada sólo por la Confederación General Italiana del Trabajo (CGIL), la protesta tuvo dos veces más participantes que la que, en defensa de los jubilados y convocada entonces por las tres principales centrales, derrotó y derrocó al primer gobierno de Berlusconi.

Es más, mientras la CGIL tiene sólo 5 millones de afiliados en todo el país; en Roma, que tiene 3 millones de habitantes, reunió más de 2 millones de personas contra la patronal y contra Berlusconi; eso a pesar del intento de éste de utilizar el asesinato (muy oportuno para el gobierno y atribuido a un grupo terrorista, como las Brigadas Rojas, inactivo desde hace tiempo e infiltrado por la policía) de uno de los autores del proyecto de ley que los trabajadores repudian.

Con las manifestaciones de Barcelona, primero de 150 mil sindicalistas y después de 500 mil personas en protesta contra la política neoliberal, y con las movilizaciones autoconvocadas que hay en Italia, la marcha de Roma refleja que en el campo social el clima empieza a cambiar de modo significativo.

Berlusconi acaba de recibir un fuerte golpe que, incluso si consiguiera todavía sostenerse en las cámaras y mantener su coalición mayoritaria, hará imposible su ofensiva: lo pondrá a la defensiva, estimulará otras protestas, lo deslegitimará ante los votantes de centro, llevándolo a depender cada vez más de una ultraderecha aventurera y liberticida que no sabe medir ni la relación de fuerzas reales --no la parlamentaria-- ni sus pasos y acciones. Corre, por último, el riesgo de que una parte de la derecha, la que busca darse una base popular, asustada por la pérdida de apoyo, lo deje solo, y que una parte de los industriales, ante la radicalización obrera, deje de apoyarlo. El neoliberalismo encuentra crecientes resistencias.
 

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