Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Viernes 29 de marzo de 2002
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Política

El gobierno de Reagan vetó a Fidel Castro para la cumbre del Caribe, sostiene

En 1981, EU presionó para que Cuba no asistiera a Cancún, aceptó López Portillo

Es humillante para La Habana y aun para quienes quisiéramos que viniera, escribió en Mis tiempos Washington también mostró animadversión hacia el canciller Castañeda

JENARO VILLAMIL

Hace casi 21 años, el 18 de mayo de 1981, el entonces presidente José López Portillo escribió en sus apuntes personales, en vísperas de la reunión cumbre Norte-Sur:

"Ayer domingo vino Muñoz Ledo, inteligente, informado. Buenos análisis de la próxima reunión con Reagan y sus consideraciones sobre la Norte-Sur. Sólo que él tiene la misma confusión que todos respecto de la invitación a Cuba. Piensa que México no la está proponiendo. Ya le expliqué, como lo hice con el embajador cubano, que la reunión preparatoria no será cuerpo deliberante que toma decisiones y menos al respecto. Si no formalizamos la invitación a Cuba, es porque Estados Unidos y sólo Estados Unidos nos ha dicho terminantemente que si viene Cuba, Reagan no viene. Claro que es humillante para Cuba y aun para quienes quisiéramos que viniera, que la cosa sea así y tan simple. Ya les dije que el asunto no se resuelve en reuniones del Sur, sino hablando con los norteamericanos, como pienso hacerlo en el próximo viaje, con pocas esperanzas, pero lo haré."

Como estas notas, otras muchas escritas en la víspera de la reunión realizada en Cancún dan cuenta en el segundo tomo de Mis tiempos, que de mayo a agosto de 1981 José López Portillo reconoció que el principal obstáculo para la presencia de Fidel Castro en el cónclave del Caribe era el veto explícito del gobierno de Ronald Reagan.

No sólo eso, Washington también demostró su animadversión hacia el canciller mexicano, Jorge Castañeda y Alvarez de la Rosa, artífice de la reunión cumbre y de una diplomacia que comprometía alopez_portillo_zjq México con la distensión en Centroamérica y con un acercamiento a Cuba.

Las presiones de Washington hacia el gobierno de José López Portillo y, en particular, contra Jorge Castañeda, fueron descritas así:

"Castañeda tuvo ayer conversaciones con un cierto señor Anderson, encargado de Asuntos Centroamericanos. Se prepara la reunión con (Alexander) Haig, que será el 11 de julio. Por alguna conversación que Casillas tuvo con Fench, agregado de la embajada, los norteamericanos le tienen desconfianza a Castañeda y confirmo que están tremendamente prejuiciados con Castro y se niegan a distender con Cuba. Grave."

En sus reflexiones actualizadas del volumen publicado en 1988, siete años después de los sucesos, López Portillo realiza una autocrítica al calificarse de "ingenuo" frente a Estados Unidos, y subraya la animadversión de Washingon hacia Castañeda, un diplomático de carrera reconocido internacionalmente por su labor en materia de derechos del mar:

"Se acreditaba -escribe el ex mandatario-, cada vez más, mi ingenuidad al pensar que podía influir en la política norteamericana respecto de Cuba. Aquí ya salió la verdad, junto con el repudio de mi secretario de Relaciones. Esto y la fuga de capitales, parecían muy preocupantes y se conformaba un horizonte obscuro."

El testimonio de José López Portillo ilustra, a la luz del reciente desencuentro diplomático entre los gobiernos de Vicente Fox y de Fidel Castro, la delicada y paciente labor que realizó la cancillería mexicana para informar desde el principio a Cuba y para que ambos madatarios sostuvieran un encuentro paralelo en la isla de Cozumel, el 10 de agosto de 1981.

El entonces embajador cubano en México, Carlos Rafael Rodríguez, se quejó airadamente frente a López Portillo y le dio un mensaje de Castro, el 26 de junio de 1981: México está "inmolando" a Cuba con lo de Cancún (Mis tiempos, p. 1072). Previamente, el embajador mexicano en La Habana, Gonzalo Martínez Corbalá, le informó a Fidel Castro del veto estadunidense a su presencia en la reunión Norte-Sur.

Para distender la situación, Castañeda gestionó un encuentro entre Castro y López Portillo. En la labor diplomática se involucraron hasta el hijo del ex presidente, Pepe, Gustavo Iruegas y el propio embajador cubano Carlos Rafael Rodríguez. Finalmente, Castro aceptó sostener un encuentro con López Portillo en Cozumel. El ex presidente da la siguiente versión del cónclave:

"La reunión fue un éxito de comprensión y fraternidad. (Castro) es un varón inteligente y delicado. Hablamos dos horas y media en la tarde del mismo viernes, para festín, por cierto, de los jejenes. Le expliqué mi visita a Reagan, los esfuerzos hechos para lograr que asistiera a Cancún y para distender el área. Le expliqué la interpretación de la política económica de los Estados Unidos y el significado de la reunión de Ottawa y de las Bahamas entre los cancilleres de Canadá, Estados Unidos, México y Venezuela, y la pequeña puerta queda abierta para intentar la conciliación con Estados Unidos.

"Fui claro y franco, y viéndolo a los ojos le dije que era más importante la reunión de Cancún que la presencia de Cuba, y que si no iba Estados Unidos no habría reunión. Tuvo la nobleza de reconocerlo como objetivo valioso y, después de darme su interpretación de los mismos temas, muy coincidentes, me liberó de mi compromiso moral de invitarlo a Cancún" (Ibid., pp. 1094 y 1095).

López Portillo describe que, incluso, Castro arribó "tristón y apagado", pero en la noche, durante el encuentro, estuvo más animado. "Lo noté muy maduro y reflexivo. Se da clara cuenta del peligro que está viviendo Cuba; de la indiferencia soviética. Está armado hasta los dientes y resuelto a todo", anotó el ex presidente mexicano.

En sus reflexiones actualizadas López Portillo subraya que hizo "el mayor de mis esfuerzos" para que Castro acudiera, "pero los Estados Unidos estaban absolutamente cerrados".

En una acotación que da cuenta del clima de guerra fría prevaleciente al inicio de la década y con un Ronald Reagan dispuesto a armar las galaxias y acabar con el "imperio del mal" que era la Unión Soviética, López Portillo afirma que las deformaciones llegan a tal grado que para Estados Unidos "le parecía natural tratar con la URSS los problemas con Cuba y se negaba a tratar con Cuba sus propios problemas". Esta situación, como se demostró en la reciente cumbre de Monterrey, no ha variado, a pesar del fin de la guerra fría.

Resulta, además, sintomática la descripción que López Portillo hace del trabajo de su canciller, que fue "verdaderamente extraordinario por su inteligencia y oficio". En la reunión cumbre de Cancún, Castañeda, anota López Portillo, supo "cuidar el orden sin molestar, controlar sin ofender y transportar con oportunidad" (Ibid., p. 1115).

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