Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Miércoles 11 de septiembre de 2002
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Carlos Montemayor

Los beneficios del 11 de septiembre

En un ensayo inicial, Carlos Aguirre Rojas me recordaba que Bush había asumido el poder como el presidente más cuestionado en los últimos cien años, y a través de una elección cuyos resultados finales no habían sido del todo convincentes. Los atentados del 11 de septiembre del año pasado le sirvieron para legitimarse y alcanzar de inmediato una popularidad enorme. También recordaba que antes el mandatario republicano cabildeaba en el Congreso para conseguir la aprobación de un incremento en el presupuesto militar destinado a un proyecto llamado eufemísticamente "escudo antimisiles"; después del 11 de septiembre logró incrementar la partida presupuestal de gastos militares en casi 20 por ciento, aproximadamente 300 mil millones de dólares. Estos fueron para él beneficios inmediatos del 11 de septiembre.

Pero lo más significativo de la alianza inicial que para invadir a Afganistán consiguió el gobernante estadunidense, por intermediación del primer ministro británico, Tony Blair, en Europa y en países centro asiáticos, fue el avance militar de Estados Unidos en Asia central, en las repúblicas que pertenecían a la órbita de la ex Unión Soviética. No era resultado de la culpabilidad de Al Qaeda ni de Osama Bin Laden en los ataques terroristas, sino de la decisión política de plantear al mundo una guerra nueva, diferente, que bajo el concepto de lucha contra el terrorismo pasara a definir los espacios, países, gobiernos, dirigentes y movimientos sociales que tendrían derecho a existir o merecerían la guerra de la potencia del momento. Este reajuste político y militar no constituía tampoco una propuesta de solución ni de mejoramiento de las condiciones sociales, económicas, políticas o militares de los pueblos que habitaban o no las zonas de-signadas como ejes del mal, sino solamente una recomposición militar de acuerdo con los intereses de Estados Unidos.

El terrorismo se convierte ahora por definición de Estado y de ejército en un difuso poder internacional que contiene algunos rasgos del antiguo y favorito enemigo estadunidense, el comunismo internacional. Como el viejo comunismo, el terrorismo se define también como fuerza del mal ubicua y capaz de actuar en cualquier mo-mento y lugar contra la integridad occidental y la democracia. Es decir, después del 11 de septiembre Estados Unidos logró crear por fin el sucedáneo de su anterior enemigo, aunque lo encontró en sus anteriores aliados en la lucha contra el comunismo (tal como ocurre en las familias de la mafia, que los mejores amigos de hoy son los grandes enemigos de mañana).

En esta lucha, el gobierno del presidente Bush logró construir también un instrumento más poderoso que el del viejo Mc-Carthy de los años 50: ya no un macartismo dentro de Estados Unidos, sino internacional. Con este macartismo cerró toda posibilidad de comprensión de ciertos procesos sociales complejos en diversas zonas del mundo. La resistencia guerrillera en cualquier continente puede ser descalificada ahora como terrorismo y desconocer de cuajo la responsabilidad social de gobiernos corruptos y dictatoriales. Las invasiones futuras, militares o económicas, en el mundo asiático, africano o latinoamericano serán, como en los mejores tiempos de la guerra fría, una lucha contra el enemigo "terrorista" y a favor de la libertad y la democracia. Como en la guerra fría, pero con un solo protagonista que define condiciones e inventa la filiación del enemigo. Estos son otros beneficios inmediatos de los ataques del 11 de septiembre.

El general vietnamita Van Tien Dung, ex ministro de Defensa y ex comandante de la campaña de Ho Chi Minh en 1975, en una entrevista con el diario Thanh Inen planteó lo siguiente en los primeros días de octubre de 2001: "Hay que saber si Estados Unidos y sus aliados buscan detener a Bin Laden y derrocar al mullah Mohamad Omar, o si su objetivo estratégico es utilizar este acontecimiento para ponerle el pie a los países de Asia central".

A una semana de iniciados los bombardeos estadunidenses sobre Afganistán, políticos y analistas rusos coincidieron en que no era necesario para Estados Unidos comprobar a plenitud los nexos de Afganistán ni de la red Al Qaeda con los atentados en Nueva York y Washington, sino asegurar el control militar, político y económico de esa región por una razón simple: Estados Unidos necesita anualmente 833 mil millones de toneladas de combustible, es decir, la cuarta parte del mercado mundial del petróleo.

Los talibanes habían firmado en julio de 1997 un acuerdo con Pakistán, Turkmenistán y Uzbekistán para construir un gasoducto que transportara el gas natural desde las orillas del Caspio hasta Pakistán. En octubre de ese mismo año varias compañías transnacionales y el gobierno de Turkmenistán formaron la sociedad Central Asia Gas Pipeline Limited a fin de construir ese gasoducto de mil 464 kilómetros desde Turkmenistán a Pakistán, con la posibilidad de ampliarlo 750 kilómetros más para llegar a India. El gasoducto podría transportar anualmente, a partir de tres años, 20 mil millones de metros cúbicos de gas. Inesperadamente, el 4 de noviembre de ese mismo año una compañía argentina dio a conocer que estaba a punto de concluir los acuerdos con el gobierno talibán para construir el gasoducto. El 5 de diciembre de 1997, sin embargo, una delegación del régimen talibán de alto nivel fue recibida por la Unocal en Sugarland, Texas, cuando gobernaba el estado el futuro presidente Bush, y en enero de 1998 los talibanes, a pesar de sus negociaciones con la empresa argentina, firmaron un acuerdo con Unocal. Uno de los principales asesores afganos de Unocal había sido Hamid Karzai, que en las últimas semanas de diciembre de 2001 se convertiría en jefe del gobierno interino afgano.

El gobierno talibán se retiró de Kabul el 13 de noviembre y se rindió en Kandahar el 6 de diciembre de 2001. Un día antes de la rendición, el 5 de diciembre, se organizó el gobierno provisional encabezado por ese antiguo asesor de la compañía petrolera estadunidense, Hamid Karzai. Con ese nombramiento el nuevo gobierno provisional pudo legitimarse en dos sentidos; primero, ante los pashtunes, etnia mayoritaria del país, que con Karzai a la cabeza no ve-rían al gobierno como una cúpula de minorías; segundo, ante Estados Unidos, porque con Karzai se aseguraba el poder re-gional de la Unocal y el reinicio de los planes de construcción del gasoducto transafgano. Esto constituyó, por supuesto, otro de los beneficios inmediatos de los acontecimientos del 11 de septiembre.

Pero con la asunción del gobierno provisional no cayeron los últimos reductos de los talibanes ni fueron detectadas las fuerzas de Al Qaeda. A más de 10 meses de iniciada la invasión a Afganistán las fuerzas militares estadunidenses siguen buscando reductos de resistencia y no han demostrado aún la culpabilidad de Osama Bin La-den en los ataques a Nueva York y Washington. Sin embargo, el gobierno del presidente Bush se propone obtener ahora más beneficios de la "lucha contra el terrorismo" en otros países y regiones, particularmente en Irak, país considerado con Irán y Corea del Norte "el eje del mal".

Desde el 6 de abril de 2002, en Crawford, Texas, Bush y Blair declararon que Saddam Hussein debía "irse". Repito: Ƒla guerra contra Irak fortalecería aún más a Estados Unidos en el centro de Asia? ƑLa toma de Afganistán, la ocupación de Cisjordania y Gaza y la invasión a Irak bastarán para modificar irreversiblemente los territorios del mundo árabe? ƑEn pos de estos nuevos y suculentos beneficios va sin freno y sin aval internacional el gobierno estadunidense? Repito: los riesgos de que Irak pueda convertirse en otro Vietnam pa-ra Estados Unidos están muy cerca. A un paso. No será fácil abatir las fronteras del mundo árabe. Pero ahora parecen importar más los beneficios que los riesgos.

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