Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Viernes 8 de noviembre de 2002
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Editorial
 
ONU: RASEROS DISTINTOS

sol-2El Palacio del Eliseo anunció ayer la consecución de un acuerdo entre los presidentes de Francia, Jacques Chirac, y Estados Unidos, George W. Bush, para llevar al Consejo de Seguridad un proyecto común de resolución orientado a obligar a Irak a deshacerse de sus presuntos arsenales de destrucción masiva. De acuerdo con la información francesa, el plan descarta el uso automático de la fuerza contra el país árabe y, aunque endurece las medidas de inspección de armas en territorio iraquí, otorga una nueva oportunidad a la diplomacia y a la paz. Comparada con el mandato para arrasar Irak que Washington pretendía obtener del máximo organismo internacional, la resolución referida será, de aprobarse hoy, una salida menos lesiva para el derecho internacional, para el equilibrio regional y para las numerosas vidas -de iraquíes y de soldados estadunidenses y europeos- que se cobraría una incursión militar como la que pretenden realizar Bush y sus colaboradores.

El respiro de alivio que el Consejo de Seguridad de la ONU podría obsequiarle hoy al mundo no debe hacer olvidar, sin embargo, que el empecinamiento estadunidense y europeo contra Irak es, de cualquier forma, injusto, ilegítimo y profundamente inmoral.

Aun si se deja de lado la ausencia de pruebas sobre la existencia de las presuntas armas iraquíes de destrucción masiva, cabe recordar que Bagdad, si las acusaciones fueran ciertas, no sería el primero ni el único régimen dictatorial y belicoso que las desarrolla: Israel y Pakistán, países que han dado abundantes muestras de respaldar y practicar el terrorismo, por ejemplo, se han dotado de armas nucleares y en ningún momento el Consejo de Seguridad ha adoptado, contra ellos, una resolución, así fuera tibia y obsecuente, de inspección de armas, y ni siquiera una tímida condena. Pero el Estado israelí ha sido, desde su fundación, punta de lanza de los intereses económicos, políticos y estratégicos de Washington en Medio Oriente, y Pervez Musharraf -el gobernante paquistaní, un tirano no más recomendable que Saddam Hussein- ha sido, hasta ahora, aliado de Estados Unidos en la arena regional, especialmente como pieza de contención de los intereses rusos en la zona y, más recientemente, como asistente en la destrucción del vecino Afganistán.

Si el Consejo de Seguridad actuara en forma equitativa en esos casos -y en los de India, Corea del Norte y otras naciones a las que se ha señalado, con razón o sin ella, como poseedoras de armas de destrucción masiva-, estaríamos en presencia de un derecho internacional verosímil y plausible. Pero la resolución que se cocina hoy en Nueva York no tiene por fundamento una preocupación genuina por la seguridad ni un rechazo firme y coherente a la proliferación nuclear; la mueven, más bien, los intereses de la industria armamentista de Occidente, los planes del grupo gobernante en Washington para hacerse con el control del petróleo iraquí y las fobias familiares de Bush contra el gobernante de Bagdad.
 

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