Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Jueves 2 de enero de 2003
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Cultura

Margo Glantz

Viajando por la Antigua

Estoy en un Internet en Antigua, Guatemala, escribiendo mi colaboración quincenal para La Jornada, cerca del mercado de artesanías, donde han colocado a los vendedores en puestos limpiecitos y asépticos, bien barridos, repletos de artesanías, algunas degradadas; otras magníficas (una mirada retrospectiva, hace unos días apenas: estuve en el Centro Histórico de nuestro México, Distrito Federal, con vendedores ambulantes que exhiben su chatarra globalizada, la doble fila de coches estacionados, las bicicletas rikshó, las banquetas recién cambiadas, llenas de agujeros, las alcantarillas que huelen como debe ser, a alcantarilla, aunque hace sólo unas semanas se rehizo la tubería, en ese espléndido centro histórico, bellísimo y desmadrado, muy pronto renovado y ordenado como Nueva York): no en balde Antigua es Patrimonio de la Humanidad.

En el mercado propiamente dicho, montones de manzanas muy rojas y uvas también rojas para celebrar el año Nuevo. En las ruinas de la iglesia de la Compañía más puestos de artesanías donde se exhiben los montones de deslumbrantes pulseras de chaquira tejidas en Panajachel, fajas, huipiles, máscaras, manteles, colchas, esculturas, retacería. Es 31 de diciembre, un día asoleado y sereno; allá en el fondo, presidiendo, el Volcán de Agua, augusto (como Tito Monterroso o como mi nunca olvidado Luis Cardoza y Aragón, nativo de esta ciudad): su apacible presencia niega la historia: sus múltiples reapariciones tumultuosas que destruyeron media ciudad y obligaron a las autoridades coloniales a trasladarla al lugar que ahora ocupa la horrible Guatemala City, sí, Guatemala City, una ciudad que tiene nostalgia de los conquistadores, como pude comprobarlo fácilmente la noche en que llegamos y me alojo con mi hija Renata en un horrible hotel kitsch que se llama Conquistador Ramada y ostenta el nombre de Pedro de Alvarado, rememorado y reiterado con una estatua aún más horrenda que el hotel. Aquí se apodera de mis recuerdos el viejo y pícaro Bernal Díaz del Castillo quien escribiera en Antigua (donde fue regidor) su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España.

Cerca de donde escribo, ya en Antigua, repito, bellísima ciudad, un McDonald's, situado no demasiado cerca de la plaza central; allí están la catedral, el parque clásico con su fuente en medio, varios edificios notables, por ejemplo la misma catedral y "el Muy noble Ayuntamiento de Santiago de Goathemala que se erigió en el año de Gracia de 1743, manteniéndose airoso al través de los siglos, desafiando las iras de las conmociones terrestres". Celebro de inmediato que en Oaxaca no hayan dejado que se instale un McDonald's en pleno centro histórico. Aquí, en un valle rodeado de montañas y de vegetación, las calles están trazadas en perfecto damero, con múltiples iglesias muy hermosas, bellas mansiones, antiguos hospitales, algunos bancos y la Western Union, frente a la cual hacen cola muchos guatemaltecos, esperando con ansiedad y resignación los dólares que sus compatriotas les envían desde Estados Unidos. En una de las calles aledañas se admira el templo del Carmen, unas ruinas perfectamente devastadas como si el volcán las hubiera destruido con la misma sabiduría con la que fueron construidas.

Muchos turistas, alemanes, franceses, italianos, norteamericanos; destacan los latinoamericanos, se ven varios coches de El Salvador, de Honduras, se oye a algunos turistas colombianos cunado visito un bellísimo hotel que alguna vez fuera el convento de Santo Domingo, sede de la Inquisición guatemalteca, inmenso, imponente, también sereno y augusto. Hay varios mexicanos, asimismo; los voy reconociendo por su manera de hablar y a algunos hasta los conozco de verdad, compartimos la buena comida guatemalteca, los frijoles volteados con crema y guacamol (ojo, así se dice aquí: guacamol), el chipilín, los tamalitos, los calditos reales; admiramos edificios que, como el hotel Santo Domingo, están decorados con estofados antiguos, esas viejas esculturas de bulto tan celebradas en México durante el periodo colonial. Luego me encuentro con otros mexicanos en el desayuno en una especie de mallecito guatemalteco cuyos dueños son gringos, y más tarde, en la cooperativa de artesanías, un verdadero paraíso terrenal donde se exhiben y se venden huipiles y fajas de todas las regiones del país cuyo colorido y trazado me deja sin palabras (en la mesa de al lado del mallecito donde también comemos nosotras come una gringa alimentada en McDonald's: alrededor de su enorme cintura equipada con llantas último modelo se enrolla una bella faja de colores de San Antonio Aguascalientes).

El año pasado estuve en Antigua pasando el Año Nuevo: soy obsesiva, iba con mi hija Alina y su familia. Al caer la noche, aparecían de repente y de la nada figuras con el rostro devastado y los ojos famélicos, ocupaban con parsimonia los bancos destinados durante la época colonial a que descansaran los viajeros. A la mañana siguiente la plaza quedaba decorada de excremento y olía a orines, a pesar de lo cual el ayuntamiento seguía manteniéndose airoso y desafiaba las iras de las conmociones terrestres: numerosos policías han sido destinados este año para impedir que se logre ese objetivo. Unos cuantos indígenas han logrado colarse, sin embargo, entre los portales; ocupan los quicios de las puertas, son un mendigo con muletas y una mujercita de edad indefinida que pide limosna con voz armoniosa y la más exquisita cortesía. Varias calles siguen aún oliendo a orines.

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